Un sendero de pálidas estrellas | Aforismos 2018



Un sendero de pálidas estrellas


Lo que no deja la mañana sobre el mantel, Rosalía, ahí está, se ve con solo mirarlo.
[1]

La hojarasca cruje al ser pisada por los ojos que la contemplan desde la ventana.
[2]

Se muestra irritado hoy el camino. Insidiosos guijarros, maleza, nubarrones. Aunque le hable con delicadeza, responde con ingratitud.
[3]


Traquetea el carro entre las piedras. El mulo gime. El mulero impreca. Aguardo a que pase para que el temblor de la fronda reanude su sinfonía para solitarios.
[4]

La maleta arrumbada en el vestíbulo. Sin doblar, la gabardina. El sombrero. Los zapatos  junto a la cama. En una silla, las ropas del viajero. Enfrente, una ventana sin memoria. 
[5]

Arroyo de montaña cuya impaciencia le ha impedido hasta hoy aprender a dibujar con un mínimo de exactitud. Lo suyo es solo acabar cuanto antes. 
[6]

Cuando levante el vuelo el mirlo habrá desaparecido una sombra en el bosque.
[7]

El estrépito con el que llega, el silencio que deja cuando ha partido. El mozo de equipajes lía un cigarro en un extremo y en el otro, frente al pozo, la guardesa se limpia las manos en el delantal.
[8]

Asciende por la flor la vida que trae el aire. El mismo que alimenta los pensamientos, aquellos que nunca acaban, sin embargo, en el simple goce del color.
[9]

Azorado, el sacristán recoge en un cesto, uno a uno, los pedazos de barro que han volado por el pavimento contra el que acaba de estallar la venerada imagen. 
[10]

Baja el verano por la senda que atraviesa la ladera. Canta tonadillas populares, va alegre y disperso. Deja su mano un instante sobre las matas de lavanda y luego aspira el aroma. Camina sin prisa, como si tuviera toda la vida por delante. Da gusto verlo desaparecer.
[11]

Cariñosa el agua se arremolina alrededor del pilar del puente. Con picardía le salpica y se ríe cuando parte hacia el mar sin darse la vuelta para ver el estremecimiento que deja.
[12]

Un jaleo de pensamientos ronda por la plaza. Sobre todo frente a la taberna. Parece un volumen de metafísica desencuadernado cuyas páginas cada amanecer retira con indiferencia alguien que barre.
[13]

Bajo la umbría,  por esconderme del sol, me detengo un instante. Y el cielo se nubla.
[14]

No supe ver, tantas veces como pasé por aquella vereda al otro lado del Sar, lo hermoso que desde allí se alzaba el paisaje hasta que no la recorrí una tarde, enamorada.
[15]

Luciérnagas, los pensamientos. Pero uno oye crepitar mis pasos a lo lejos y de golpe se convierten en ladridos de la jauría.
[16]

Solo hay algo más torpe que el desconocimiento. No es la indiferencia lo que les mueve a aceptar el intercambio.  Aunque nada haya tan tosco como el deseo.
[17]

Lo que suba la marea y transforme la arena en humedal, se lo devolverá al sol para que lo seque cuando se vaya.
[18]

Erguida como una veleta que atiende a un solo viento, el ave sobre el tejado del cobertizo.
[19]

Se ha quedado una duda sin enterrar, sobre la hierba, olvidada. Se van contentos calle abajo, igual que las cucarachas, que empiezan a salir de sus agujeros.
[20]

Cuando empieza a hablar el fuego desde la hoguera que han encendido los leñadores en un claro, ninguna otra conversación prevalece.
[21]

La luz en el encinar parece triste. Una mujer con velo negro que sale cada tarde del cementerio. Pero no es que sea triste, es que ahonda.
[22]

No abandona nunca el Sar su infancia. Le basta una roca para saltar, una rama caída le invita a jugar a romanos. Un guijarro lanzado al azar le hace sonreír.
[23]

Aunque dejaran de ver los ojos, el escozor que produce lo que veo seguiría punzante.
[24]

Siempre anda pensativo el roble. El hijo de dorados rizos sobre la frente que un día se levantó, se echó a la espalda el petate y dejó en el lugar donde dormía una sombra.
[25]

Cómo le cuesta a la fuente reclinarse en una de sus orillas, tomar en la mano un cuenco del agua que de ella mana y saciar su sed.
[26]

Ha estado un tiempo impreciso señoreando. Mueve su enorme volumen blanco tan despacio que parece quietud o costumbre, pero cuando me aficiono se despeja el cielo.
[27]

Solo se mantiene el fuego si consume por completo los troncos que lo sostienen y alimentan. ¿Será por eso que lo creen apasionado?
[28]

Expresiones secas de las ramas entre la niebla. La tersa blancura de lo nevado. El viento que empuja hacia la nada. Elegía de la quietud.
[29]

Deja que ese grumo de insatisfacción flote sobre la alegría del momento. Cuando se haya evaporado el resto, será lo que permanezca contigo.
[30]

Apilan los troncos talados en el patio del aserradero. Bosque horizontal, realidad tumbada, camposanto. 
[31]

Nombre de varón, cincelado en una piedra, que no se sabe de quién fue.
[32]

Han recorrido la calle gritando sus proclamas de victoria. Y cuando han doblado la esquina, asoma cauteloso un gorrión entre las hojas de la enredadera.
[33]

Allí donde todos quieren ir van las vías del ferrocarril, los caminos de polvo, las rutas marítimas. Como el Sar, su corriente solo lleva una dirección.
[34]

Somos tres siempre en el recuerdo. Él, yo y el nombre que un almirante le da a la plaza donde nos besamos por primera vez.
[35]

Ya solo se acerca a la fuente, aunque sepa que hace años que no mana, quien aquí un día bebió.
[36]

A veces se han quedado cerradas las puertas que se dejan abiertas.
[37]

Llegan por el oeste, desde el océano, nubes en racimo, cejijuntas como en un enfado. Todo lo tiznan con su aflicción.
[38]

Por la senda que zigzaguea hacia la colina, de vez en cuando, al pie de un roble, me siento a verme pasar, mujer solitaria que cuando alcance la cima va a volver por donde ha subido.
[39]

Y antes de entrar en la aldea se darse vuelta un momento y buscar en la lejanía del camino la sombra que pueda convertirse en un regreso.
[40]

Al brote recién verdecido dan ganas de acunarlo meciendo la rama.
[41]

Al darme la media vuelta para irme con el impulso del enfado la doy entera y de nuevo estoy dentro.
[42]

Dejo la mirada en el lugar de donde quería apartarla y la aparto de donde quería dejarla.
[43]

Esta mañana ha estado revoloteando entre las flores y al  poco, por más que la buscara, no he conseguido volver a ver la mariposa.
[44]

Una moneda de plata abandona sobre las losas del pórtico la luna algunas noches para que intente despegarla de la piedra.
[45]

¿Es la noche quien está enamorada del día, o es el día quien persigue infructuosamente el lecho nocturno?
[46]

Cuando vea sobre la pared cómo mi sombra mueve el brazo que mantengo quieto descansaré.
[47]

Cada mañana el invierno coloca mi ventana en su caballete, se sienta delante, y practica el sfumato sobre la desnudez de los árboles.
[48]

Deslizó el amor una carta por debajo de la puerta y qué engatusadores ojos hubieran salido del sobre de haberla abierto.
[49]

Le ha puesto una cortina a la ventana de sus palabras y por más veces que pasee por delante solo escucho el mismo silencio.
[50]

Sé que un día ha de bajarse en esta estación, aguardar carruaje junto a la farola e, inconcreto, descubrir una pregunta entre sus certezas. Tal vez, la tarde en la que yo no haya decidido aún regresar.
[51]

Fue la tropelía de unos jóvenes que una vez dentro no entendieron la razón de los suelos desgastados, de las rozaduras en la madera, del mantel deshilado. La pesada atmósfera en las estancias del asilo.
[52]

Y después de haber tropezado, con los pantalones llenos de barro y un jirón en la camisa, se yergue y trata recomponerse ajustándose el cinturón.
[53]

Sobre la mesa deja el vaso vacío y mientras busca la damajuana con la vista se descubre a sí mismo en el espejo del fondo. Pero no le da al hecho ninguna importancia.
[54]

Dicen que pasa, pero no es cierto. Todas las edades permanecen en uno, vivas. Candentes, añade el anciano.
[55]

Descuida un pensamiento cuando se ha sentado sobre el murete de piedra a descansar. Al día siguiente lo echa en falta y al ir a buscarlo encuentra que ha prendido en el lugar una mata de florecillas rojas.
[56]

Hay que encender el candil en pleno día al tiempo que se recoge deprisa el ganado y en el patio se ocultan las herramientas. Ante el enfado de la tormenta de nada sirven las razones para apaciguarla. 
[57]

Sobre el cauce del Ulla en ocasiones abandono una hoja otoñal y me consuela verla partir si al poco, simbólica, desaparece.
[58]

Hay quien sueña con los brazos que le aquieten contra el pecho en los brazos que le calman.
[59]

La canción de las voces invade las calles, seductora. E insaciable.
[60]

Mármol de Carrara, pan de oro, togas de terciopelo, pelucas de seda. ¿Cómo cumplirá su jornada así vestida la verdad?
[61]

El coleccionista se regala frente a la vitrina con sus instantes de gozo cristalizados, ajeno al grillo que tararea al otro lado de la ventana.
[62]

Dar un rodeo para no pasar por delante de la taberna se comprende; mirarla con ojos ofendidos no es necesario. La vida disfruta de la veda que le proporciona.
[63]

Las orquídeas más hermosas prenden en parajes solitarios. Poco durarían en el camino por donde van los carreteros.
[64]

Cada vez que en el paseo llego a una encrucijada me detengo a dudar si he de seguir por uno u otro camino. Sé cuál es el mío, pero si esa certeza me obligara a separarme, qué haría.
[65]

Con las campanas, el valle de Bastabales en pleno clama a muerto. Como una escolar que hace los deberes, me he sentado en la mesa de piedra a resolver un problema del libro de un curso superior.
[66]

Con su orquesta de crujidos sube la cuesta un carro lleno de desechos y me da por pensar en los amores que lleva a enterrar.
[67]

Sobre una piedra, la caja de acuarelas. Un vaso de agua turbia en el suelo. En una mano el pincel, en la otra el cuaderno. En cada hoja, azules y verdes y el color del papel para los pétalos de una margarita.
[68]

La flor de la acacia alfombra la senda. Hay que pasar de puntillas.
[69]

Un campanario que anuncie cada hora con doce campanadas: el sueño de tantos.
[70]

Nadie más camina por el campo invernal. Pero al cruzarnos, ha de pasar a la fuerza por mi vereda. Si no me aparto, por encima de mí.
[71]

Las voces de la fiesta saltan por la ventana, trastabillan en la hierba y van a tumbarse, beodas, entre los setos. 
[72]

Vagan los ojos tras el rumbo caprichoso de la mosca que zumba alrededor cuando me siento a descansar. ¿Por qué se parecerá tanto al devenir del pensamiento?
[73]


Menuda, pero dicharachera, la flor del mirto, cuando brota, imparte una breve lección de filosofía idealista.
[74]

Aquello que se pierde en el instante de ser encontrado. Pero inmediatamente se vuelve a buscar.
[75]

En el pedestal de la estatua del prócer, junto a sus pies de la misma piedra que la sandalia que calzan, hay un breve espacio que se puede aprovechar para sentarse si se soporta una pregunta, ¿le huelen?
[76]

De un día que la tuve, he guardado en este cofre un pedacito de felicidad. Para cuando la necesite. Aunque no me atrevo a abrirlo, no sea que salga volando.
[77]

No es bosque, aunque haya umbría. Ofrece calzadas, no sendas. Sonidos, también, entre los que no canta ni un pájaro. Sobre las baldosas, los pasos extravían los sentidos.
[78]

Me busco por las calles, tantas veces, sin encontrarme. Como si cualquiera que al pasar a mi lado en un descuido se hubiera llevado mi interior dentro del bolsillo de la gabardina.
[79]

Humea la chimenea de la fábrica. Las nubes la contemplan perplejas. Nadie les ha hablado de que pudieran nacer del centro de la tierra.
[80]

Chirría la puerta de la basílica que, tras el retumbo de cerrarse, ahoga todos los sonidos. Hasta que empiece a caminar.
[81]

Si hay cielo o no en el cielo solo lo sabe el río, que concienzudamente lo estudia. Un saber que siempre se está yendo.
[82]

En el mismo baúl, cuando lo abro para buscar algo, encuentro doblada la ropa que un día usé entre los vestidos que solo disfruté en sueños. Y no es que los confunda, es que no los distingo.
[83]

Me ha apenado ver congelada la fuente, las plantas secas, los pájaros ausentes. Les he dicho que la vida volverá pronto, pero me han mirado incrédulos, como si fuera una predicadora lunática.
[84]

En el colmado de tiempo lo venden por lonchas. De ahí la desilusión al salir con un paquete insignificante en la mano. Asar de la sardina solo la cola.
[85]

Las cuerdas desorientadas sobre el mástil partido de la guitarra en el vertedero. Dan ganas de tensarlas con la mano para escuchar una postrera nota. La que no pronunciarán.
[86]
Es el destino quien ha dejado que la ola venga hasta mis pies, los cubra y abandone en el mismo gesto. El destino, una suerte de cobrador de recibos impagados por otros.
[87]

Cuando vi que no estaba, lo seguí buscando por todas partes. En los rincones, dentro de los cuartos cerrados, tras la tapia del huerto. Una manera de encontrarlo cuando hallarlo no es ya posible.
[88]

Aquel que se sentó delante del auditorio, el único que encaraba la puerta de salida, al hablar lo hizo como si ignorase que luego tendríamos que abandonar la sala.
[89]

Una noche salí al patio con el alma en carne viva. El croar de las ranas, al alzar la vista, parecía llegar de las estrellas. Aquella sonrisa empezó a curarme.
[90]

Por las ventanas del conservatorio al pasar oigo un inusual jaleo de voces. En la puerta veo fumar despreocupado al director del coro.
[91]

Mientras el vagabundo se venda los pies con unas telas que ha encontrado piensa en los botines que resonarán sobre las losas del palacio.
[92]

El visionario había cerrado los ojos para ver más adentro de lo real. En el hospital lo trataron de ceguera.
[93]

En estas piedras, de idéntico color que la noche, puedo haber tropezado, pero por donde camino continúan alumbrándome las estrellas.
[94]

Tantos conocidos, tantos comensales en las fiestas nunca me despertaron el mínimo interés. En una playa otoñal quedan sobre la arena, poco tiempo, vestigios de un único paseante.
[95]

Niñas que oigo cantar mientras juegan en el jardín. No envejecen con nosotras las canciones que jamás olvidamos. Solo nos abandonan.
[96]

No me desagrada ver que la maleza se ha apoderado del huerto durante los días de ausencia. Me saluda, agradecida, antes de que la azada la invite a partir.
[97]

Las voces últimas se han apagado. Sobre el mantel, cubiertos sucios, platos en montón, mar de migas, copas derramadas, viandas a medio morder. No se ha ido a otra parte la vida, sigue estando aquí. Conmigo.
[98]

Anciana costurera que va hilando almas en su tejido de hielo. De joven creí, ingenua, que se llamaba Invierno.
[99]

Cuando leí en público los versos que había escrito con mayor intensidad en la sala solo quedaban dos personas, el ordenanza y yo.
[100]

 (25 junio-4 noviembre, 2018)