Azul de azules



1. El agua tiene el hábito de huir. Ahonda caminos en la arena para irse y cuando aumentan se les llama corriente. También aparece, por sorpresa, con la lluvia. Y se divierte, traviesa criatura, entre dobleces del impermeable. El estanque tiene por costumbre, al contrario, quedarse. Ambos son impulsos que permiten que la vida respire: lo que se va, lo que se queda. Existen partidarios de una o de otra opción, yo prefiero ser devoto de ambas. De aquello que el río tiene de permanente en su cauce, y de lo que la alberca posee de fugaz, cuando se ha crecido.


2. Una pintora que se equivoca a propósito con los colores, la madrugada. Sobre la línea de abedules vierte el cubo de añil que reverbera en el iris de quien se ha asomado a una ventana sin motivo y de repente le asusta desconocer la naturaleza de lo que intuye incomprensible. La distorsión de los significados es la saeta que ha salido del arco y cuyo rumbo la mirada no acierta a distinguir. Aguarda a que se clave en el tronco de un árbol o tropiece con un talud. Será el instante, entonces, de empezar a entender. O que le alcance.


3. La combustión del tiempo produce llamas azules cuyo propósito no es iluminar más allá del instante, pese a que se desviva la mirada por salir de los ojos y asistir a lo que no ha llegado. O a lo que no ha de regresar. Es una llama menuda, rápida, opaca, en la justa medida de materia inflamable y oxígeno. Un equilibrio que cualquier acontecimiento se esfuerza en desequilibrar. Las brasas o el amarillo de las llamas marcan la extensión de lo que no existe, aunque también se consuma. Un humo cuyo tizne parece emparentado con la tinta. Cuanto se canta.


4. El barbecho, azulado por la niebla, saluda con su rostro más opaco. Despeinada maleza, pedregal, discordia. El zorro lo recorre con la cabeza encorvada. La liebre se petrifica en la madriguera. Son las únicas historias que sabría contar el abandonado. Los surcos que, asimétricos, aún permanecen aquí o allá, son muecas de nostalgia por las botas que no lo huellan, reja de arado que no lo araña con la escritura cierta. Las avispas anidan en los huecos, solo el desfile de las hormigas traza líneas geométricas en el erial. Los repelidos, los únicos pobladores. Libro que nadie retira del estante.


5. No parecen nada por sí mismos sin que haya quien los piense, ese espejismo. También fluye, vuela, arde, acoge lo que no es contemplado, pero la contemplación existe. La desatención con la que el maestro, mano bajo la mejilla, atiende la lección que conoce de memoria. Pero la lección está ahí. Sobrevuela. Una partitura deficiente para una melodía que la excede en grandiosidad y matices. Pero es partitura. Permanece. El conjunto de espejismos concluye en cero. O quizá no. Solo que sea una brizna mayor, suma. Ese cansancio que ordena las mercancías después de una jornada de rebajas, la conciencia.


6. Un reflejo que la ventana abierta para ventilar vierte sobre la pista de baile. Que reproducen las gotas, fugadas del cubo al transportarlo, en el suelo antes de que lo friegue. Que ilumina la mano enrojecida de quien nunca ha bailado sobre el entablado que por las mañanas limpia. Lo que no aparece, como tampoco ninguna de las complicidades, los sueños, las promesas. Un reflejo que el polvo transita en su camino de descenso. Que los recuerdos recorren con su melodía cuando se elevan. Taciturno tarareo. Una cosecha de nadas. El tiempo. El movimiento, que no cesa, de la quietud.


7. Deja la lluvia, cuando amaina, otra lluvia imprecisa. Desde cornisas, aleros, canalones. Un goteo que cae sobre el pavimento mojado hasta que el agua residual se seca. Y cuando desaparece, su desaparición aún rezuma en cavidades, huecos, regueros. La posibilidad de su desagüe. Lo que no existiendo forma parte del oráculo, también del desconocido. Una lluvia en tiempo seco y cielos despejados, la que podría arreciar sobre los tejados y azoteas para amenazar el caudal del río. Lo que no ocurre mientras no ocurra. Y cuando se cumpla, seguirá abriendo puertas y puertas en el corredor, hasta que atraviese una.