Mondaduras (Adenda 03)

ÉTICA


La pureza es un helado de limón en la mano de una niña que corre calle abajo en busca de un amigo con quien compartirlo. Es el amigo que se da la vuelta al oír su nombre y en el gesto de aburrimiento dibuja de repente una sonrisa capaz de derretir todo un iceberg. Es el iceberg del polo sur que el cambio climático empuja a la deriva de los vientos, una montaña de fulgor blanco que añora el continente helado que lo vio partir. Es el helado de limón que los dos han compartido una vida en la memoria.


MORALIDADES


Lo que se dice dentro nada tiene que ver con lo que se oye fuera. Fuera está el ruido, la feria, tiovivo de las sensaciones que arrastra toda quietud hacia un destino incierto. Se une al griterío de la intemperie, a su sordera. La que otorga razones para abrir los ojos y querer oír el matiz de un sonido en la nube que se dibuja en el cielo. Lo que se oye fuera nada tiene que ver con lo que se ha dicho dentro. Dentro, el pecho alienta la pureza con la que las palabras son pronunciadas. Su cauta entrega.


METAFÍSICA


A veces, entre horarios exigentes y tiempos idénticos en metros y autobuses, durante días de una semana como cualquier semana en la laboriosa ciudad, a veces solo aportan novedad, mudanza, invención, sorpresa las palabras. Solo las palabras. Las que vuelan con las hojas en las calles donde sopla el viento. Las que uno se dice a sí mismo cuando se sueña. Las que quedan escritas en la servilleta de un restaurante tras salir por la puerta sin siquiera recordarlas. Las que susurra el atardecer desde las cañerías y el cableado telefónico que cruza las fachadas de los edificios, a veces.


FENOMENOLOGÍA


La escritura de la madrugada filtra una hebra de luz entre las consonantes; y las vocales, aún por despertar, se mueven inquietas en el pensamiento. El reflejo de las flores silvestres, que desde el sábado habitan un jarrón sobre la cómoda, avanza por el aire todavía en pijama. La ropa me espera engalanando una silla, que se mira en el espejo del armario y se ve como le gustaría aparentar siempre. Las aves continúan desaparecidas en el incógnito lugar donde pasan las noches y en un lejano hangar un conductor arranca el autobús de línea al que he de subir.


ESTÉTICA


El pianista multiplica sus dedos sobre las teclas y las notas dibujadas por solo dos manos ocupan en un instante detenido el hueco del teatro con mínimos gusanos luminosos. Ni un solo rincón queda sin la luz sonora de la música. Y una vez ensanchado el espacio, una vez vaciado el espacio de mero espacio, llaga la voz. Su temblor al vestir cada palabra. La inflexión que pide una consonante, las vocales. La dicción se tumba sobre la hierba de los oídos a contemplar el cielo de los significados incomprensibles. La voz, túnica que cubre el cuerpo de las palabras.

[Julio, 2018]

Hopperiana


01
El ademán administrativo de la farola encendida tramita con insectos el movimiento de la salamandra. Ufano de su geometría, el enladrillado de la tapia mal iluminada descredita la libertina idea de laberinto. En el círculo de maleza que se dibuja al pie, un roedor con mono de camuflaje juega al solitario y de vez en cuando lanza una carta con mohín irritado, sin que nadie sepa cómo le va la partida. A lo lejos, un perro le ladra a la luna. La oscuridad urde, aunque sin propósito. Nada existe más ajeno a la experiencia del vigilante nocturno que lo inesperado.

02
A sí misma se contempla en el reflejo de los cristales, larga melena. Con destellos de oro. Cuajada de grano. En la ladera bascula a capricho de la brisa. Se gusta, marea amarilla. Don. Cuarteada por el espejo de los vanos donde se mira, incapaces de captar su extensión, que es también la vastedad del verano. Hay gritos de chiquillería alrededor del estanque y una larga mesa con el mantel anudado a las cuatro esquinas. A sí misma se mima, sin descubrir por qué las ventanas permanecen cerradas. Ni por qué un rumor mecánico ahoga el canto de los pájaros.

03
Al levantarse de la silla frente al caballete, artista maduro y posiblemente impedido, el tiempo le habrá dado un codazo al bote de los morados derramando sobre el cielo el color que lo inflama. Cada día un poco más torpe, reflexiona, al alzar los ojos por encima de la alameda antes de echar la llave a la primera bomba de gasolina. Cada día un poco más qué, piensa frente a la segunda. Y ante la tercera se detiene. No han parado suficientes vehículos. Uno que ahora llenara el depósito compensaría la jornada. Aguarda, la vista en la carretera. Silencio. Oscurece.

04
El guante que se corresponde con la mano que sujeta el asa de la tacita de café no está sobre la mesa. Ni apretado en la mano izquierda, que permanece enguantada. En la cristalera la realidad se resume en el reflejo de la hilera de lámparas que iluminan el local. Un radiador de pared, junto a la puerta, se ve cuestionado al comprobar cómo la joven no se ha quitado el abrigo ni la pamela. El camarero, al otro lado del salón, la mira decepcionado. La muchacha observa la noche en su taza. Cuando la haya bebido, seguirá la noche.

05
Luz para insomnes, dicen. Tantos palés de ladrillos, la hormigonera sin descanso y la pericia de los albañiles para ir trazando un círculo que ascendiera al cielo. En la biblioteca pedí un volumen de arte babilónico. En verano colocan un ventilador delante de los anaqueles con los libros que nadie lee. Las páginas corren solas. Es como leer en un avión mientras me informaba sobre las grandes torres de babel. La nuestra, una vez alzada, se ha quedado muda. Solo la iluminan para los noctámbulos, que desde lejos no ven el farolillo que dejo encendido en el porche mientras duermo.

06
El oleaje quieto del terciopelo azul del telón y los flecos tan verdes como hieráticos observan. Mientras el operario no baje la palanca que oscurezca la sala y alce la que libera el escenario, la luz excesiva de la platea la convierte en involuntario teatro. Por los corredores avanzan actrices y actores a pesar suyo, concentrados en memorizar un número de asiento que conocen de memoria, empeñados en contrastarlo con la realidad, estudiosos del programa de mano. Personajes cabizbajos ante los ojos de las lámparas y el ojo del cíclope que ha de conmutar su pena durante hora y media.

07
Hay un violín oculto en el silencio de la noche dentro del pasaje subterráneo. Crepitan los tubos de calefacción al enfriarse. Un temblor metálico de persianas bajadas cruje cuando las roza una corriente. Nada oye quien camina, ensordecido por el eco de los pasos al golpear el pavimento. Suena un violín encubierto en el laconismo con el que el camarero del turno de noche vierte en el vaso con hielo un licor. Tampoco se percibe, ahogado por la plegaria que rezan, acodados en la barra, los escasos clientes. Una melodía que se olvida en el cenicero, junto a las colillas.

08
Farmacia de guardia en la avenida, un forúnculo de luz que irrita la piel de la noche. Ante su desvelo se arremolinan en la acera los indolentes que aborrecen el día y beben para que no amanezca nunca y los ansiosos que empuñan el buril de las horas hasta hendir otra muesca detrás de la puerta del tiempo. Los conductores disminuyen la velocidad al pasar frente a mujeres que les gritan las palabras de amor que solo conocen por las películas. El pintor insomne se aleja por una travesía lateral y en el cuaderno de hojas blancas escribe «Silbers Pharmacy».

[Julio, 2018]

Novi Sad Literatura Festival



Dietario de sensaciones 04



41
El invierno dedica sus noches a la fabricación del blanco. En pleno dominio del negro nocturno, teje una sábana de blancura sobre el paisaje. Y cuando llega por fin la luz, su paleta de colores le resulta inútil. Ni puede pintar los árboles, que amanecen blancos; ni los campos, que se extienden blancos; ni los tejados, que lucen blancos. Solo se le permite gastar unas gotitas de marrón mezclado con una pizca de amarillo sobre los pájaros que sobrevuelan la blancura. La insistencia de la luz, sin embargo, con las horas, acaba imponiéndose y devuelve los colores a la costumbre.

42
Todas las palabras son mágicas. O mejor será decir que son magos. Extraen del sombrero de unos sonidos la paloma blanca de un significado. Nada por aquí, nada por allá, dicen las palabras, y de repente sale de la nada una ristra de pañuelos anudados. Son las frases que descubren lo que existe. Que le dan sentido. Se mira a veces sin saber qué se ve, son las palabras las que le explican qué está viendo a la mirada. Uno va por la calle despistado y de pronto le dicen algo, sonríe y la piel de la realidad se estremece.

43
La visita del viento estremece la superficie sosegada del cauce. Su fluir cotidiano, un ir yendo por los días ensimismado, tiembla de repente, se agita. Siente. El tiempo abandona su condición de túnel y la corriente, sin remedio, olvida su destino. Cuando la mano del viento roza su piel. Se remueve en el lecho. Vibra, se desorienta. Se daría la vuelta y regresaría a las fuentes para tumbarse en los prados de montaña a percibir el aliento de los bosques. Basta que el viento lo acaricie. La longitud se alza en una inflamación vertical que convierte el río en géiser.

44
Hay un instante en el que la calma desciende sobre los cuerpos para abrigarlos y bajo su manto, mientras el sudor se funde con el sueño y las respiraciones se acompasan con el balanceo de dos actores camino del fundido final de la película, la noche susurra sonidos que parecen un bordado en la sábana del silencio. El sapo que croa en el estanque próximo. Una lechuza ulula en la nada. El ladrido enigmático de un perro. Son quizá palabras pronunciadas durante el día en un lugar lejano que llegan con atraso a los oídos, y cuyo significado desvela incógnitas.

45
Se palpa los bolsillos por encima de la gabardina oscura, con la mirada revisa los lugares donde se suelen dejar los objetos —las llaves, el monedero, un pañuelo de seda— para asegurarse de que no se lleva nada consigo. Comprueba los cierres de la maleta donde ha guardado las telas negras con las que acostumbra a cubrir la realidad durante un tiempo. Ya está a punto para partir. Lo hará en el instante en el que una niña pizpireta entre dando saltos por la ventana y lo llene todo de color; todo, menos las pertenencias que sombría arrastra escaleras abajo.

46
Un carro de heno detenido junto a las puertas del pajar. Los andares de realeza de un pavo que contempla escéptico la escena. El mugido interesado de la vaca al ver su enormidad. El vuelo ágil y asustado de los gorriones que picoteaban por la grupa. El paso filosófico del caballo hacia la valla donde se ha quedado el forraje. Revuelo de moscas alrededor de las ideas en movimiento. Ella, vestida con camisa de leñador y botas de montar; él, con chaleco de cuero y pantalón ajustado. El cielo azul de un set de rodaje. El Tiempo de las Baladas.

47
Solo a través del frío el agua cobra forma. El calor, por el contrario, la anima a desaparecer, y desaparece. Las palabras son como el agua. La distancia las aquieta. Las ajusta a un molde. Enmudecen con el alejamiento. Y con el calor del abrazo de bienvenida se diluyen. Se evaporan. El cauce de las palabras es la conversación. Igual que el agua crea una corriente que aprovecha los desniveles para ir de un lugar a otro, las palabras, para viajar, utilizan a quienes charlan. Les acompañan. Pero agua y palabras aún tienen otro aspecto en común. Sacian la sed.

48
Tierra que ampara. Oscura, húmeda. Las manos la han moldeado, no para cántaro. Para que cobije solo. Para que alimente. Sin nada más. Para que sea tierra, ella misma lo que ha sido siempre, ahora en el alféizar de una ventana. Quien le ha enseñado a la tierra lo que la tierra siempre ha sabido: a acoger. Los dos brotes han llegado deslucidos. Famélicos tal vez. Allí donde habían nacido, entre piedras, paseantes, tráfico, no llegarían lejos. Pero han tomado un autobús. Han caminado. Han subido escaleras. Un sueño. Y ahora se acuestan en la tierra que les han preparado.

49
Las metáforas nacen en la piel. De la brisa húmeda que la ventana cuela. De una imagen que estremece recordar. De una caricia que se sintió durante un sueño. La piel da sentido a muchas palabras que prenden en las sensaciones del tacto. A otras que la cubren, en cantidad durante el invierno, con liviandad durante los días calurosos del verano. Y aun a términos que la explican, que la nutren, que la vivifican. Tantas palabras brotan de la fuente incesante de sensaciones que es la piel. Pero las decisivas, las que revive con mayor intensidad son, siempre, las metáforas.

50
La niebla oculta un horizonte de montañas, las azoteas, las calles. El cielo nublado ha convertido el sol en la piedra que cae al fondo de un río de aguas agitadas. Losas con las que cubren la arena de la plaza donde antes la chiquillería jugaba a pelota. Lo que no deja ver aquello que se sabe que está debajo. Ni oler, ni tocar, ni presentir. Está ahí, con una presencia ida. Con la voz ahora muda. Una noche que se ha quedado a vivir en horas diurnas. La ausencia. Un globo que se escapa de la mano del niño.

Jorge Gomes Miranda sobre «Antologia» en Público, de Oporto





Carlos Bessa sobre «Antologia» en el Expresso



José Luis García Martín sobre «Salobre» en El Cultural




«Lugares indómitos», de Fermín Herrero. Sobre «El pabellón dorado»

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[2]


Elías Moro Cuéllar sobre «Vitrina de charcos» en El Mundo


Jesús Aguado sobre «Lunáticos» en Clarín

CLARÍN nº 128, abril 2017