La Casa de Niebla


Sur Cultural, 18-07-1987

Un sendero de pálidas estrellas | Aforismos 2018



Un sendero de pálidas estrellas


Lo que no deja la mañana sobre el mantel, Rosalía, ahí está, se ve con solo mirarlo.
[1]

La hojarasca cruje al ser pisada por los ojos que la contemplan desde la ventana.
[2]

Se muestra irritado hoy el camino. Insidiosos guijarros, maleza, nubarrones. Aunque le hable con delicadeza, responde con ingratitud.
[3]


Traquetea el carro entre las piedras. El mulo gime. El mulero impreca. Aguardo a que pase para que el temblor de la fronda reanude su sinfonía para solitarios.
[4]

La maleta arrumbada en el vestíbulo. Sin doblar, la gabardina. El sombrero. Los zapatos  junto a la cama. En una silla, las ropas del viajero. Enfrente, una ventana sin memoria. 
[5]

Arroyo de montaña cuya impaciencia le ha impedido hasta hoy aprender a dibujar con un mínimo de exactitud. Lo suyo es solo acabar cuanto antes. 
[6]

Cuando levante el vuelo el mirlo habrá desaparecido una sombra en el bosque.
[7]

El estrépito con el que llega, el silencio que deja cuando ha partido. El mozo de equipajes lía un cigarro en un extremo y en el otro, frente al pozo, la guardesa se limpia las manos en el delantal.
[8]

Asciende por la flor la vida que trae el aire. El mismo que alimenta los pensamientos, aquellos que nunca acaban, sin embargo, en el simple goce del color.
[9]

Azorado, el sacristán recoge en un cesto, uno a uno, los pedazos de barro que han volado por el pavimento contra el que acaba de estallar la venerada imagen. 
[10]

Baja el verano por la senda que atraviesa la ladera. Canta tonadillas populares, va alegre y disperso. Deja su mano un instante sobre las matas de lavanda y luego aspira el aroma. Camina sin prisa, como si tuviera toda la vida por delante. Da gusto verlo desaparecer.
[11]

Cariñosa el agua se arremolina alrededor del pilar del puente. Con picardía le salpica y se ríe cuando parte hacia el mar sin darse la vuelta para ver el estremecimiento que deja.
[12]

Un jaleo de pensamientos ronda por la plaza. Sobre todo frente a la taberna. Parece un volumen de metafísica desencuadernado cuyas páginas cada amanecer retira con indiferencia alguien que barre.
[13]

Bajo la umbría,  por esconderme del sol, me detengo un instante. Y el cielo se nubla.
[14]

No supe ver, tantas veces como pasé por aquella vereda al otro lado del Sar, lo hermoso que desde allí se alzaba el paisaje hasta que no la recorrí una tarde, enamorada.
[15]

Luciérnagas, los pensamientos. Pero uno oye crepitar mis pasos a lo lejos y de golpe se convierten en ladridos de la jauría.
[16]

Solo hay algo más torpe que el desconocimiento. No es la indiferencia lo que les mueve a aceptar el intercambio.  Aunque nada haya tan tosco como el deseo.
[17]

Lo que suba la marea y transforme la arena en humedal, se lo devolverá al sol para que lo seque cuando se vaya.
[18]

Erguida como una veleta que atiende a un solo viento, el ave sobre el tejado del cobertizo.
[19]

Se ha quedado una duda sin enterrar, sobre la hierba, olvidada. Se van contentos calle abajo, igual que las cucarachas, que empiezan a salir de sus agujeros.
[20]

Cuando empieza a hablar el fuego desde la hoguera que han encendido los leñadores en un claro, ninguna otra conversación prevalece.
[21]

La luz en el encinar parece triste. Una mujer con velo negro que sale cada tarde del cementerio. Pero no es que sea triste, es que ahonda.
[22]

No abandona nunca el Sar su infancia. Le basta una roca para saltar, una rama caída le invita a jugar a romanos. Un guijarro lanzado al azar le hace sonreír.
[23]

Aunque dejaran de ver los ojos, el escozor que produce lo que veo seguiría punzante.
[24]

Siempre anda pensativo el roble. El hijo de dorados rizos sobre la frente que un día se levantó, se echó a la espalda el petate y dejó en el lugar donde dormía una sombra.
[25]

Cómo le cuesta a la fuente reclinarse en una de sus orillas, tomar en la mano un cuenco del agua que de ella mana y saciar su sed.
[26]

Ha estado un tiempo impreciso señoreando. Mueve su enorme volumen blanco tan despacio que parece quietud o costumbre, pero cuando me aficiono se despeja el cielo.
[27]

Solo se mantiene el fuego si consume por completo los troncos que lo sostienen y alimentan. ¿Será por eso que lo creen apasionado?
[28]

Expresiones secas de las ramas entre la niebla. La tersa blancura de lo nevado. El viento que empuja hacia la nada. Elegía de la quietud.
[29]

Deja que ese grumo de insatisfacción flote sobre la alegría del momento. Cuando se haya evaporado el resto, será lo que permanezca contigo.
[30]

Apilan los troncos talados en el patio del aserradero. Bosque horizontal, realidad tumbada, camposanto. 
[31]

Nombre de varón, cincelado en una piedra, que no se sabe de quién fue.
[32]

Han recorrido la calle gritando sus proclamas de victoria. Y cuando han doblado la esquina, asoma cauteloso un gorrión entre las hojas de la enredadera.
[33]

Allí donde todos quieren ir van las vías del ferrocarril, los caminos de polvo, las rutas marítimas. Como el Sar, su corriente solo lleva una dirección.
[34]

Somos tres siempre en el recuerdo. Él, yo y el nombre que un almirante le da a la plaza donde nos besamos por primera vez.
[35]

Ya solo se acerca a la fuente, aunque sepa que hace años que no mana, quien aquí un día bebió.
[36]

A veces se han quedado cerradas las puertas que se dejan abiertas.
[37]

Llegan por el oeste, desde el océano, nubes en racimo, cejijuntas como en un enfado. Todo lo tiznan con su aflicción.
[38]

Por la senda que zigzaguea hacia la colina, de vez en cuando, al pie de un roble, me siento a verme pasar, mujer solitaria que cuando alcance la cima va a volver por donde ha subido.
[39]

Y antes de entrar en la aldea se darse vuelta un momento y buscar en la lejanía del camino la sombra que pueda convertirse en un regreso.
[40]

Al brote recién verdecido dan ganas de acunarlo meciendo la rama.
[41]

Al darme la media vuelta para irme con el impulso del enfado la doy entera y de nuevo estoy dentro.
[42]

Dejo la mirada en el lugar de donde quería apartarla y la aparto de donde quería dejarla.
[43]

Esta mañana ha estado revoloteando entre las flores y al  poco, por más que la buscara, no he conseguido volver a ver la mariposa.
[44]

Una moneda de plata abandona sobre las losas del pórtico la luna algunas noches para que intente despegarla de la piedra.
[45]

¿Es la noche quien está enamorada del día, o es el día quien persigue infructuosamente el lecho nocturno?
[46]

Cuando vea sobre la pared cómo mi sombra mueve el brazo que mantengo quieto descansaré.
[47]

Cada mañana el invierno coloca mi ventana en su caballete, se sienta delante, y practica el sfumato sobre la desnudez de los árboles.
[48]

Deslizó el amor una carta por debajo de la puerta y qué engatusadores ojos hubieran salido del sobre de haberla abierto.
[49]

Le ha puesto una cortina a la ventana de sus palabras y por más veces que pasee por delante solo escucho el mismo silencio.
[50]

Sé que un día ha de bajarse en esta estación, aguardar carruaje junto a la farola e, inconcreto, descubrir una pregunta entre sus certezas. Tal vez, la tarde en la que yo no haya decidido aún regresar.
[51]

Fue la tropelía de unos jóvenes que una vez dentro no entendieron la razón de los suelos desgastados, de las rozaduras en la madera, del mantel deshilado. La pesada atmósfera en las estancias del asilo.
[52]

Y después de haber tropezado, con los pantalones llenos de barro y un jirón en la camisa, se yergue y trata recomponerse ajustándose el cinturón.
[53]

Sobre la mesa deja el vaso vacío y mientras busca la damajuana con la vista se descubre a sí mismo en el espejo del fondo. Pero no le da al hecho ninguna importancia.
[54]

Dicen que pasa, pero no es cierto. Todas las edades permanecen en uno, vivas. Candentes, añade el anciano.
[55]

Descuida un pensamiento cuando se ha sentado sobre el murete de piedra a descansar. Al día siguiente lo echa en falta y al ir a buscarlo encuentra que ha prendido en el lugar una mata de florecillas rojas.
[56]

Hay que encender el candil en pleno día al tiempo que se recoge deprisa el ganado y en el patio se ocultan las herramientas. Ante el enfado de la tormenta de nada sirven las razones para apaciguarla. 
[57]

Sobre el cauce del Ulla en ocasiones abandono una hoja otoñal y me consuela verla partir si al poco, simbólica, desaparece.
[58]

Hay quien sueña con los brazos que le aquieten contra el pecho en los brazos que le calman.
[59]

La canción de las voces invade las calles, seductora. E insaciable.
[60]

Mármol de Carrara, pan de oro, togas de terciopelo, pelucas de seda. ¿Cómo cumplirá su jornada así vestida la verdad?
[61]

El coleccionista se regala frente a la vitrina con sus instantes de gozo cristalizados, ajeno al grillo que tararea al otro lado de la ventana.
[62]

Dar un rodeo para no pasar por delante de la taberna se comprende; mirarla con ojos ofendidos no es necesario. La vida disfruta de la veda que le proporciona.
[63]

Las orquídeas más hermosas prenden en parajes solitarios. Poco durarían en el camino por donde van los carreteros.
[64]

Cada vez que en el paseo llego a una encrucijada me detengo a dudar si he de seguir por uno u otro camino. Sé cuál es el mío, pero si esa certeza me obligara a separarme, qué haría.
[65]

Con las campanas, el valle de Bastabales en pleno clama a muerto. Como una escolar que hace los deberes, me he sentado en la mesa de piedra a resolver un problema del libro de un curso superior.
[66]

Con su orquesta de crujidos sube la cuesta un carro lleno de desechos y me da por pensar en los amores que lleva a enterrar.
[67]

Sobre una piedra, la caja de acuarelas. Un vaso de agua turbia en el suelo. En una mano el pincel, en la otra el cuaderno. En cada hoja, azules y verdes y el color del papel para los pétalos de una margarita.
[68]

La flor de la acacia alfombra la senda. Hay que pasar de puntillas.
[69]

Un campanario que anuncie cada hora con doce campanadas: el sueño de tantos.
[70]

Nadie más camina por el campo invernal. Pero al cruzarnos, ha de pasar a la fuerza por mi vereda. Si no me aparto, por encima de mí.
[71]

Las voces de la fiesta saltan por la ventana, trastabillan en la hierba y van a tumbarse, beodas, entre los setos. 
[72]

Vagan los ojos tras el rumbo caprichoso de la mosca que zumba alrededor cuando me siento a descansar. ¿Por qué se parecerá tanto al devenir del pensamiento?
[73]


Menuda, pero dicharachera, la flor del mirto, cuando brota, imparte una breve lección de filosofía idealista.
[74]

Aquello que se pierde en el instante de ser encontrado. Pero inmediatamente se vuelve a buscar.
[75]

En el pedestal de la estatua del prócer, junto a sus pies de la misma piedra que la sandalia que calzan, hay un breve espacio que se puede aprovechar para sentarse si se soporta una pregunta, ¿le huelen?
[76]

De un día que la tuve, he guardado en este cofre un pedacito de felicidad. Para cuando la necesite. Aunque no me atrevo a abrirlo, no sea que salga volando.
[77]

No es bosque, aunque haya umbría. Ofrece calzadas, no sendas. Sonidos, también, entre los que no canta ni un pájaro. Sobre las baldosas, los pasos extravían los sentidos.
[78]

Me busco por las calles, tantas veces, sin encontrarme. Como si cualquiera que al pasar a mi lado en un descuido se hubiera llevado mi interior dentro del bolsillo de la gabardina.
[79]

Humea la chimenea de la fábrica. Las nubes la contemplan perplejas. Nadie les ha hablado de que pudieran nacer del centro de la tierra.
[80]

Chirría la puerta de la basílica que, tras el retumbo de cerrarse, ahoga todos los sonidos. Hasta que empiece a caminar.
[81]

Si hay cielo o no en el cielo solo lo sabe el río, que concienzudamente lo estudia. Un saber que siempre se está yendo.
[82]

En el mismo baúl, cuando lo abro para buscar algo, encuentro doblada la ropa que un día usé entre los vestidos que solo disfruté en sueños. Y no es que los confunda, es que no los distingo.
[83]

Me ha apenado ver congelada la fuente, las plantas secas, los pájaros ausentes. Les he dicho que la vida volverá pronto, pero me han mirado incrédulos, como si fuera una predicadora lunática.
[84]

En el colmado de tiempo lo venden por lonchas. De ahí la desilusión al salir con un paquete insignificante en la mano. Asar de la sardina solo la cola.
[85]

Las cuerdas desorientadas sobre el mástil partido de la guitarra en el vertedero. Dan ganas de tensarlas con la mano para escuchar una postrera nota. La que no pronunciarán.
[86]
Es el destino quien ha dejado que la ola venga hasta mis pies, los cubra y abandone en el mismo gesto. El destino, una suerte de cobrador de recibos impagados por otros.
[87]

Cuando vi que no estaba, lo seguí buscando por todas partes. En los rincones, dentro de los cuartos cerrados, tras la tapia del huerto. Una manera de encontrarlo cuando hallarlo no es ya posible.
[88]

Aquel que se sentó delante del auditorio, el único que encaraba la puerta de salida, al hablar lo hizo como si ignorase que luego tendríamos que abandonar la sala.
[89]

Una noche salí al patio con el alma en carne viva. El croar de las ranas, al alzar la vista, parecía llegar de las estrellas. Aquella sonrisa empezó a curarme.
[90]

Por las ventanas del conservatorio al pasar oigo un inusual jaleo de voces. En la puerta veo fumar despreocupado al director del coro.
[91]

Mientras el vagabundo se venda los pies con unas telas que ha encontrado piensa en los botines que resonarán sobre las losas del palacio.
[92]

El visionario había cerrado los ojos para ver más adentro de lo real. En el hospital lo trataron de ceguera.
[93]

En estas piedras, de idéntico color que la noche, puedo haber tropezado, pero por donde camino continúan alumbrándome las estrellas.
[94]

Tantos conocidos, tantos comensales en las fiestas nunca me despertaron el mínimo interés. En una playa otoñal quedan sobre la arena, poco tiempo, vestigios de un único paseante.
[95]

Niñas que oigo cantar mientras juegan en el jardín. No envejecen con nosotras las canciones que jamás olvidamos. Solo nos abandonan.
[96]

No me desagrada ver que la maleza se ha apoderado del huerto durante los días de ausencia. Me saluda, agradecida, antes de que la azada la invite a partir.
[97]

Las voces últimas se han apagado. Sobre el mantel, cubiertos sucios, platos en montón, mar de migas, copas derramadas, viandas a medio morder. No se ha ido a otra parte la vida, sigue estando aquí. Conmigo.
[98]

Anciana costurera que va hilando almas en su tejido de hielo. De joven creí, ingenua, que se llamaba Invierno.
[99]

Cuando leí en público los versos que había escrito con mayor intensidad en la sala solo quedaban dos personas, el ordenanza y yo.
[100]

 (25 junio-4 noviembre, 2018)








Teoría de la brevedad



1
Y me dejo fotografiar. Sentada, con la taza de café en la mano y una sonrisa compuesta en los labios. La tarde se disfraza de compañía de titiriteros que anuncia su espectáculo por toda la plaza. Nada parece ocurrir más allá de sus cantos interrumpidos por exclamaciones de alegría. Visten de naranja. He tenido que sostener el gesto mientras encuadraba y después agradecer su guiño de agradecimiento. No entiendo qué más ha ocurrido. El oleaje de la multitud se lo ha llevado con su cámara. De este lugar quedará un instante que no ha existido cuya existencia se podrá demostrar.

2
El ojo que no pestañea, ¿no ve cuando nos está mirando? El ojo quieto sobre el trípode. Mudo, aunque registre el sonido. ¿Nos estará escuchando cuando nos oiga? No hay nadie dentro ni fuera de la cámara; ella, ciega que ve y muda que oye. ¿Ojos, oídos de quién? La has colocado donde nadie nos ve. No te he dicho nada. Pero me he preguntado si es la misma soledad que sin ella. ¿Es la misma intimidad? Has dicho que sí. Lo argumentas: es como un circuito cerrado. No entiendo, he musitado. La intensidad no se pierde, continúa sin nosotros.

[Agosto, 2017]

Lorenzo Oliván sobre «Maleza» en ABC



José Carlos Rosales sobre «Maleza» en Hélice



Juan Carlos Mestre sobre «Maleza» en Poesía, Por Ejemplo









Antonio Garrido Moraga sobre «Maleza» en El Laberinto de Zinc (1996)



El cuaderno de páginas de azogue

01


Hay objetos que hoy parecen triviales, pero hace cuarenta años no lo eran tanto. En un rincón cualquiera de mi primera adolescencia encontré —es el verbo que más se acerca a la difusa memoria— una libretita en octavo con las hojas en blanco. Completamente en blanco. Es decir, un libro sin ninguna letra. Aún. La ilusión con la que empecé a llenar las páginas es quizá el único recuerdo fiable. Había escrito antes algún diario escolar, sin vértigo, y no sabía muy bien qué era una novela, pero tenía claro lo que quería escribir: todo cuanto no me había ocurrido.

02



No creo, dije, que el presente sea el destinatario de lo que escribo. Publicar, que ya fue sinónimo de aparecer, cada vez más lo es de enterrar. Cuando ya no se le puede dar más vueltas a un escrito, se le deja en paz sobre el sudario de las páginas de un libro o en la pantalla de efímera perennidad. Pessoa, que era un optimista enmascarado, decía que sus lectores estaban en el futuro. Pero no acertó, porque no hay vida en el futuro. Me queda una única opción, aventuré, escribir solo para el pasado. Para que Pessoa me lea.

03



Entre las pilas y cajones de libros viejos del mercado anticuario en ocasiones creo reconocerme. Rara vez doy con mi nombre, y si aparezco hago como que no me veo. Para que sea otro quien pueda reconocerse en él igual que entre cientos de títulos ajenos, tantos como rostros en las avenidas de la ciudad, me fijo en un libro, a veces maltrecho por los años de andar de un almacén a otro. Solo con asomarme a sus páginas advierto cómo se convierten en agua que dibuja cuanto la contempla. Y colocándolo en un estante, lo salvo de la sequía.

04


Hubo un tiempo en el que disfrutaba con las voces. En transparencia creía verlas bajo los recursos expresivos que este o aquel vertía sobre su decir. Lo contemporáneo me dejaba boquiabierto bajo el cielo incendiado la noche de los fuegos artificiales. Deseaba estudiarlo, también. Lo peor del tiempo es que continúa a pesar del brillo de cualquier presente. Y ahora, aquel fulgor solo lo descubro en lo más remoto. Donde ni siquiera existe la noción de tropo y la poesía emerge directa no se sabe de dónde. Y en especial, en esas veladuras que son los fragmentos perdidos para siempre.

05


Publicar ahí (o sea, aquí) es como cantar en el metro, dice. Ya quisiera, respondo pensando en un sombrero hasta arriba de monedas. De todas formas, matizo, hay una diferencia. Grandes estrellas del rock se vanaglorian de haber empezado tocando en la calle. Eso no me dice nada. Mi maestro fue Nino Mallorca. A finales de los ochenta actuaba a diario en la Avenida Gaudí con la orquesta dentro del radiocassette. A veces desplegaba delante páginas de diarios de los años 60 con grandes fotos y entrevistas. Unas cuantas. De nada vale empezar en la intemperie, hay que acabar ahí.

06


Ya no sé bien qué es un libro. Si lo que era o lo que es ahora. Lo malo del tiempo no es que le envejezca a uno, eso resulta fácilmente soportable desde una vivencia del presente, de hecho, no hay mejor edad que aquella que se disfruta en cada momento, pues las contiene todas. Lo insoportable del tiempo es que cambia la condición de cuanto existe. Aquello en lo que uno creía como sustancial no es ahora más que un pasatiempo. Así los libros. Aprendí en su carencia a necesitarlos. Los imprescindibles. En su provocativa inanidad no sé despreciarlos.

07


En tardes de verano, viendo tejer a mi abuela junto al balcón, empecé a escribir versos. A su lado o cerca, tal vez yo estuviera sentado afuera. Pero aprendía también de ella, que contaba los nudos, las vueltas y el lugar por donde deslizar la aguja. Así, mis dedos numeraban las sílabas y distribuían los acentos. Y mientras mi abuela avanzaba en el jersey que le tejía a mi hermana menor, mis poemas se extendían por la hoja del cuaderno como un entramado de nudos y vueltas. Si me preguntan para qué sirve, aún sigo diciendo que un poema abriga.


08


¿Has traído un libro?, me pregunta mientras alzo los remos, los coloco dentro de la barca y dejo que sea la tarde quien la gobierne. Sí, respondo. ¿Vas a ponerte ahora a leer?, me insiste. Claro que no —digo—, esta luz, esta calma, tu conversación, ¿crees que puedo abstraerme del momento? ¿Y entonces, por qué has traído un libro?, inquiere. La verdad, no lo sé. Creo que no sabría salir de casa sin un libro bajo el brazo. No por mí, sino por el libro, para que se tranquilice al saber que cuando no estoy leyendo también sé vivir.

Teatrillo I [2007-2009]


Pequeña odisea
 —Por favor, me puede indicar dónde encuentro un ejemplar de La Odisea.
—¿Quién es el autor? —pregunta el joven dependiente con gran naturalidad.
—Homero.
—Homero… —repite y se inclina servicial sobre el ordenador. Teclea. Medita. Vuelve a teclear. Se rasca la cabeza. Levanta la vista de la pantalla— Pero, ¿ese nombre va con hache o sin hache?
—¿Homero? Va con hache.
—Ajá, aquí está —exclama con júbilo, se da la vuelta encarando el otro extremo de la librería y vocea a grito pelado— Julia, guapa, búscame el libro de un tal Homero, que está por tu sección. Va con hache.


 El amor, ah, el amor
El senador y candidato se reclina sobre la página. El asesor le abraza.
—Son unos canallas.
Era tan bonita. Me acuerdo de la cena donde tomaron esta foto, tan puñeteramente bonita, estaba preciosa con ese vestido, tan jodidamente bonita.
—No le dé más vueltas, senador.
Tan…
—Ya tiene listo el comunicado.
Tanto. Nos divertíamos tanto. ¿El comunicado? Y por la noche en el hotel.
—Su mujer y sus hijos preparan otro en su apoyo.
Su piel, tan blanca… ¿comunicado?
—Dejará claro que no mantuvieron relaciones sexuales.
Su boca… su cuerpo: un delfín entrando en el agua, mi cuerpo ¿relaciones? ¡Jamás!


 Diálogo del diálogo
—Sería conveniente que hablásemos.
—Es verdad. El diálogo es conveniente.
—Siempre hay que hablar.
—Opino lo mismo. Soy un hombre dialogante. Soy un político dialogante. Un diputado electo dialogante. Soy un diputado. Soy.
—Hemos de hablar, sí.
—Perfecto. Tengo talante dialogante. Tengo acta de diputado. Y talante. Y dialogante.
—Esta vez hablaremos claro.
—Claro que hablaremos. Dialogaremos. Con talante, claro que sí.
—Esta vez no dejaremos nada por hablar.
—Ni dejaremos nada por dejar. Ni hablaremos nada por hablar.
—En esta ocasión.
—Nada hay mejor que ser dialogante. Con talante, sin enfado. Con acta de diputado.
—Hablaremos claro.
—Claro, hablaremos.


 La instancia
—Esta es la instancia, señor.
—¿…?
—La del pistolero que apostamos hace cuatro años junto a la cárcel por el tema del mafioso, ¿recuerda?
—¿Sigue ahí?
—El tipo se protege bien. Siempre camina rodeado de esbirros.
—¿Y…?
—No es el trato que hicimos con el director. Un cadáver sí, más no.
—Vaya contrariedad. Y el mafioso, ¿nunca hace de vientre?
—Las ventanas son demasiado altas.
—¿Y cómo se sube los pantalones?
—En cuclillas.
—¿Así? (El ministro hace el gesto de subirse los pantalones en cuclillas) ¡Difícil! ¿Y qué pide en la instancia el pistolero inútil?
—Nada, que le reconozcamos el trienio.


 Innovación
—Se acabó la desnudez.
—El sudor. La grasa.
—Pero…
—Se acabaron las dietas.
—Los sueños. Nunca más soñar con el cuerpo de otra.
—Pero… ¿No es muy caro?
—Muerte al envejecimiento, ¿tiene eso precio?
—Cristal líquido, una capa finísima que recubre la piel. ¿Puede ser eso barato?
—Y…
—Se acabaron las preocupaciones.
—La envidia. Los ansiolíticos.
—No sé… ¿Y funciona con…?
—Una pila de energía injertada en la piel. Microscópica.
—Seleccione un modelo en la pantalla. El cristal líquido lo convierte instantáneamente en su auténtico cuerpo, no el de carne y hueso.
—¿Y no hay un modelo más… más… económico?


Cuestiones de retórica
—¿No te preocupan esas chicas tan monas? ¿Cómo va a sentirse una bien si ellas existen? Ayer descubrí el antídoto, cuando explicaron la metonimia. ¿Recuerdas?
—Vagamente
—Mi error estaba en compararme con esas chicas monas de una manera absoluta cuando la belleza es metonímica. Lo que nos enamora de una persona es algo concreto.
—Los ojos.
—Y ese algo concreto permite afirmar que soy igual de bella.
—No te entiendo.
—Me puse a buscar en qué era yo más guapa que esas niñas. Y lo descubrí.
—¿En qué?
—En mi flequillo. Tengo el flequillo más gracioso y atractivo del mundo.


Escenas de la vida de Joaquim Maria Machado de Assis
—¿No vamos a salir nunca de São Cristóvão?
—Ya ha amanecido.
—Nos echarán.
—Un poco de paciencia caballeros. El motor flojea; zarpamos en cuanto lo arranquen.
—¿Y por qué no compran una barca nueva?
—Esperan que naufraguemos.
—Ya está, en marcha. Nos vamos. El Cais dos Franceses nos aguarda.
—Hace rato.
—Y ese mulato, ¿por qué no protesta? ¿No tiene sangre en las venas?
—Lee.
—Lee a la ida y lee a la vuelta. ¿Para qué lee tanto?
—Querrá ser alguien.
—¿Leyendo?
—Igual sólo aprende, es tartamudo.
—He oído que trabaja en una imprenta.
—¡Ah! Seguro que roba los libros.

Fábula pasada de moda
—No te entiendo, Polifemo, tu fealdad me produce náuseas. ¿Cómo te atreves a insinuar que lo inteligente es amarte?
—Eres tan bonita, Galatea, también cuando te enfadas. Pero si lo miras con calma verás que lo único pertinente es rendirte a mis brazos.
—¿Tus brazos llenos de pelos tiesos como los de un jabalí junto mi piel blanquísima? Son incompatibles.
—Te quiero, Galatea.
—Tu ojo lloriqueando sobre mis cabelles me repugna.
—Te adoro, Galatea. A diferencia de tu piel y de tus cabellos, que el viento arrastrará en breve, mi sentimiento será lo único eterno que la vida te ofrezca.


El asesor
—Proclamo... (¿Puedo lanzar ahora la proclama, verdad?)
—Claro, presidente. Es el momento.
—Proclamo la necesidad de un gobierno unido junto al pueblo que lo sostiene con su clamor unánime, sin disonancias, con el espíritu único del amor al bien y a la verdad, con la armonía del obelisco.
—(Chist, presidente, presidente.)
—(¿Qué?)
—(La proclama. Que le está saliendo un poco... digamos, no demasiado democrática.)
—(¿Ha de ser más democrática, cree?)
—(Tengo la impresión.)
—(Gracias. Empiezo de nuevo). Proclamo la necesitad de un gobierno unido con el pueblo que lo sostiene con el fruto unánime de las urnas, con el voto...


Luciérnaga
—No tengo paciencia ni edad para aprender a escribir todas las palabras, con la cantidad que hay; enséñame sólo las importantes.
—La escritura no funciona así, Xênia.
—No te rías, pánfila; aunque analfabeta, también yo fui jovencita y garbosa, ¿o es que crees que siempre anduve tan vieja?
—Es que se enseñan las letras, no las palabras.
—¿Y para qué sirven las letras si no es para escribir palabras?
—Pesada.
—Además, enseguida llegará un cliente y me dejarás a verlas venir; eres la preferida de la casa.
—Te haré caso. Empecemos: ¿cuáles es para ti la palabra más importante?
Pirilampo.



1985
 —Por favor, me da un cupón que acabe en 85.
—¿Ha de ser en 85?
—Sí, que acabe en 85.
—85... A ver qué encuentro. Aquí sale uno en 58 con olor a premio, ¿sirve?
—¡Qué gracioso! Nací ese año. El 58.
—Una buena razón.
—Prefiero que acabe en 85.
—Eso quiere decir que su razón es mejor.
—Bueno, es posible.
—¿Una razón mejor que la de haber nacido? ¿Puede existir?
—No creo que haya ninguna.
—¿Entonces? ¿58?
—Entonces: ¡85!
—¿Mejor que nacer?
—Nacer otra vez.
—¿Otra vez?
—No otra, la primera vez.
—Ahora lo entiendo. Pero en 85... nada.

Palestina
—Buen caballo. Y buen día, amigo.
—Trae las patas lastimadas. Este pedregal. Salud. Mañana calurosa.
—Como todas.
—¿Y sus cabras?
—Por ahí andan. Secas.
—¿No pacen bien?
—Lo que pueden. Cardos. La que tiene más suerte descubre una mata bajo las piedras.
—Mala tierra.
—No lo es. Es tierra del Señor.
—Abandonada.
—Vivimos de ella. Mi mujer. Cuatro hijos.
—Poca agua, mucho sol.
—¿Es eso lo que ve?
—¿Usted ve otra cosa cundo mira este montón de piedras?
—Va con los días. Unos imagino campos llenos de ovejas, caballos, árboles.
—¿Los otros?
—Un montón de huesos esparcidos por el arenal.

De lo trivial que no erosiona el olvido o “Tengo esa conversación clavada en la cabeza”
—¿Lorena? ¿Hablo con Lorena?
—Sí... Soy yo...
—No me conoces. Bueno, tal vez sí.
—¿Quién me llama?
—A quien conoces... A quien conoces bien es a mi marido.
—A mí no tienes que llamarme.
—¿Por qué no? ¿No compartimos algo últimamente?
—No tiene derecho a llamarme.
—¿Ah, no? ¿Y tú tienes derecho a hacer lo que haces?
—Por favor, basta ya. Voy a colgar.
—Eso mismo es lo que tenías que haber hecho antes. Antes de abrir las sábanas.
—Esta conversación no tiene sentido.
—¿Ah, no tiene sentido? ¿Y sí lo tiene que mandes a la mierda una familia?
—Cuelgo.


[2007-2009]