Eva Muñoz comenta «Ventana ciega»



LEYENDO VENTANA CIEGA, DE J. A. CILLERUELO

Una ventana ciega es una ventana que ha perdido su función. Que haya perdido su función no significa que haya perdido toda función. Porque al haber perdido la transparencia ya no muestra el exterior desde el interior sino que adquiere la cualidad de pantalla en la que proyectar lo que vemos sin ver, lo que imaginamos, lo que un día vimos o veremos; y a aquellas otras, Emily, Rosalía o Edith en quienes José Ángel Cilleruelo, tras conversar largo con ellas, al fin se encuentra, como en el agua, en las nubes o en el cielo. Una ventana ciega también es, claro, la poesía. Porque cuando leo «Se inclina hacia el caño de la fuente y bebe. Luego se incorpora y se seca los labios con un pañuelo. Es cuanto sé de él». lo verdaderamente importante y trascendente es que yo, como la que lo escribe y como el propio José Ángel, ya amo a ese desconocido en ese preciso instante en que se moja los labios. Ventana ciega es un libro lleno de fluidez, de cosas que discurren o aletean, pero no hay prisa sino mucha quietud también; está lleno habitaciones y lleno de campo. Ventana ciega es un libro de aforismos silvestres o asilvestrados que, como las fresas, son los mejores.

Eva Muñoz
12 de mayo, 2024

Presentación de «Ventana ciega» | 9 de mayo de 2024


Librería NOLLEGIU

Poblenou

9 de mayo de 2024, jueves

Presenta

ELIA QUIÑONES

*

Presentación de Ventana ciega

enlace a la grabación




23 de abril. Día del libro

 

 

 

 

 

Selección de textos de JAC y fotografías de Gema Borrachero en Facebook, 23 de abril de 2019.

Gema Borrachero describe «La mirada»



Gema Borrachero

Fbk |  22 de abril de 2019

 

Los textos de José Ángel Cilleruelo están construidos con una distancia, una contención y una delicadeza inusitadas. El lector aprende a acercarse a ellos con prudencia y lentitud, recorriendo a conciencia el trayecto que van construyendo los signos.

Podría comparar la lectura con un paseo del que nos detenemos para recoger del suelo algo abandonado: ni grande, ni llamativo, ni brillante, ni atractivo, pero sí meticulosamente envuelto. Lo desenvolvemos despacio, con cuidado, pliegue a pliegue, y encontramos un objeto descontextualizado (no en el espacio o en el tiempo, sino en su significado), que va a llenarse de sentido al verlo siguiendo la guía que la mirada del texto sugiere. Así sucede con lugares mil veces transitados, objetos invisibles de tan cotidianos, sonidos, colores, hábitos o acciones nimias y casi universales. Es difícil compendiar los elementos sobre los que Cilleruelo pone la mirada (que no los ojos): son innumerables, aunque unificados en su doble tratamiento de análisis descriptivo y referencial a la par que intimista y reflexivo. Resulta paradójico y despierta un agradecido asombro cómo la observación intensa y detenida de lo real ilumina la comprensión del yo, logrando situar a este en el presente. El lenguaje poético (conocimiento y magia a la vez) es el nexo de unión entre el afuera y el adentro.

Este anclaje no da lugar a euforias ni cataclismos, sino a una melancolía sostenida; a una tristeza a veces agradecida y sonriente; otras, resignada, neblinosa, de brazos caídos.

Conocía la obra de José Ángel Cilleruelo a través de los blogs en los que generosamente ofrece parte de su producción. Leer esta antología (un objeto precioso: por la paginación, la calidad del papel, las guardas azules...) no ha hecho más que confirmar mi devoción por su escritura cabal, honda y de una orfebrería exquisita.

 


Cuentos del hada jubilada T8


(septuagésimo octavo)


Creí que era un viaje, pero veo que accede a la autopista con la ilusión del niño que enseña el mundo que le descubrió su abuelo. «Por allí —señala en una dirección hacia la que no mira—está el melocotonero del que te hablé. El huerto es un prodigio de olores. Y sonidos. El del agua, cuando se riega; el de los pájaros, enloquecidos al atardecer. Abría un libro y así se quedaba mientras mis ojos no paraban quietos». Trato de vislumbrar algo entre el muro de camiones y furgonetas que va adelantando, pero solo veo la línea discontinua del asfalto.

(septuagésimo noveno)


No he parado hasta conseguir una pecera. Una bola de cristal llena de agua con un pez anaranjado dentro. La mía la dejo llena de aire, y ni siquiera he colocado un pajarito. Solo me sirve para contemplar el vacío. Ahora que no cumplo horario de hada ni acudo a reuniones del sindicato de magos, he decidido convertirme en arúspice. Desvelar el porvenir en hígados de vaca me parece algo fascinante, aunque no tengo paciencia para limpiar la sangre de las vísceras que compre en el mercado. Así que leeré el futuro en la nada que encierra mi nueva pecera.

(octogésimo)


Cualquier cosa era siempre más alta que yo. Para elegir la fruta que va a comprar, mi madre abandona la mano que me daba y al instante siento cómo mi cuerpo se desdibuja ante la madera del mostrador, un muro que mis ojos no consiguen rebasar, rodeado por una penumbra no menos densa. El vendedor es una voz que llega desde el otro lado e informa de precios entre silencios. Mi madre también calla, con lo que disfruta hablando. A través de la cortina de filamentos metálicos contemplo la luz de la calle como una salvación. ¿Qué me estaba perdiendo?

(octogésimo primero)


Anoche olvidé llevar al punto de residuos orgánicos los restos de la cena, entre los que había un huevo que se me había roto al tratar de abrirlo. Para colmo, tampoco cerré, como acostumbro, la puerta de la cocina que comunica con el patio. La tormenta perfecta. Así que esta mañana he tenido que enfrentarme a una invasión de hormigas en toda regla. Estaba con la guardia baja porque no habían asomado desde hacía mucho tiempo. El hormiguero habitual había desaparecido. Estas han llegado de otro, más distante. ¿Cómo se han enterado las hormigas de que ayer cometí tantos errores?

(octogésimo segundo)


No conozco a nadie que se sienta inmune ante el misterio de las costureras. Ni hada, ni duende. Cerca de los cuarenta años, Velázquez pintó una que fija el semblante que las convierte en enigmáticas. Las manos, capaces de lidiar con lo nimio y restaurar el daño que parecía irreversible. La ausente mirada, cautiva de la tarea, que impide a quien la contempla entrar en contacto con su ser, en cuya apariencia discreta nada desentona. Velázquez, incapaz de resolver el arcano, no ocultó hacia dónde huía su mirada: toda la luz de su paleta baña el escote de la costurera.

(octogésimo tercero)


En las películas de piratas me inquietaba, de niña, el contraste perpetuo en el que se desarrollaba la vida de los marineros. Un lugar tan pequeño para poder moverse, dentro de una inmensidad alrededor tan inútil para dar un paseo. Luego, de joven, la inquietud no dejó de crecer y empezaron a preocuparme los efectos que debía de producir el olor en la convivencia, el de los cuerpos encerrados y el de los espacios interiores del barco, sobre todo después de que descubriera la palabra «sentina». Hay vidas que, quizá por parecer inviables, me hacían soñar con otra vida diferente.

(octogésimo cuarto)


Colecciono personas de las que desconozco el nombre. Inicié la recopilación cuando di por concluido el repertorio de aquellas cuyo nombre podía recordar. Al inicio no sabía a qué me enfrentaba. De hecho, cualquier ser humano vivo podría formar parte de mis preocupaciones; propósito que me asustaba, no porque no me interesara, sino por el abultado número de elementos del grupo. Con el tiempo he conseguido encauzar las dimensiones de mi nueva colección, que ya no me abruma, en absoluto. La forman las mismas personas que integraban la anterior, solo que ahora ya no me acuerdo de cómo se llaman.

(octogésimo quinto)


Nada hay que deje un poso tan agridulce como la jornada de hoy. Una no se acostumbra a que llegue como un día sin más, por sorpresa. Aunque parezca abultado el número, nunca parece suficiente. Por sortearlo me escondería en un tren de los que cruzan planicies inabarcables para la mirada. Me sentaría, luego, en una piedra, junto a una finca de cultivo, a contemplar las maniobras del tractor y aplaudiría después al labriego. Si lo hace bien, claro. Juzgaría el mundo por lo que ocurre en su esquina más remota, y tal vez saliera así indemne de esta fecha.

(octogésimo sexto)


Uno de los artistas plásticos que más aprecio es el humo. No todos los humos, claro. Me obnubila el de los cigarrillos rubios. Tan estilizado e hialino cuando emerge directo del tabaco, quieto sobre un cenicero. Es un lenguaje puro. En una época incluso estuve estudiándolo. Cómo sería la lengua que hablamos si los órganos de fonación pudieran emitirla desasistida de cualquier semántica. Una columna de sonido, parecida a la del humo, ascendería desde las bocas con idéntica inocencia. Lo malo es que enseguida el fumador retoma el cigarrillo, aspira y devuelve un humo lleno de significados pérfidos y egocéntricos.

(octogésimo séptimo)


El vecino ha instalado una chimenea de metal brillante junto a la vieja, que era de teja. Cuando regreso veo humear la reciente y contemplo la antigua silenciosa. Me pregunto por qué el no lanzar humo a la atmósfera lo identifico con no hablar. Podría haber dicho improductiva o estropeada. Sin embargo, la columna que emborrona el azul del cielo me ha parecido locuacidad y mudez la inútil. Me inquieta qué hay detrás de metáforas tan simples. Que me identifique con la que está llena de grietas antes que con la que reluce no es significativo; que prefiera callar, quizá.

(octogésimo octavo)


Entre las citas poéticas que habré leído en mi vida sobre las rosas, me quedo con el verso de William Blake: “¡Oh, rosa, estás enferma!”. La primera vez que lo leí pensé en Heráclito, aunque no estoy segura de que el clima de Éfeso sea propicio para los jardines. Resulta frecuente que, siendo hada, a una la relacionen con símbolos de la belleza. Es verdad que las rosas combinan sus pétalos con elegancia y saturan muy bien el color en las fotografías. Y nadie piensa en gusanos cuando perciben su fragancia. Excepto yo, que las aprecio solo cuando se marchitan.


Pablo Llanos resucita «El ausente» tres años después

 

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De Pablo Llanos  En Poesía

El ausente Cilleruelo


Construcción de una reseña sobre “El ausente” de José Ángel Cilleruelo

No puedo decir que «El Ausente: Cien autorretratos» de José Ángel Cilleruelo sea una obra maestra. La expresión “una obra maestra” encuentra su hábitat natural en las fajas que encorsetan los libros con sobrepeso. Así que no, no es una obra maestra. Pero sí es una obra literaria, con todo el peso de la palabra literatura. Un peso, además, perfectamente repartido. Cilleruelo es un obrero maestro, un trabajador de la construcción poética que edifica en «El ausente» un poemario no solo enorme, sino perfectamente cimentado, la conjunción perfecta entre un arquitecto y un técnico de estructuras ejerciendo de aparejadores de versos.

He de decir que para el análisis de este libro he contado con los comentarios de un conjunto de poetas que leyeron el libro al mismo tiempo que yo. Supongo que a un grupo de lectores se les sincroniza la subjetividad, quizás un crítico siempre debería asistir a un club de lectura para retratarse o autorretratarse o verse ausente de su labor de crítico. Pero dejemos esto a parte.


Vamos a ponernos manos a la obra:

El trabajo de Cilleruelo en El ausente está muy bien cimentado sobre varios pilares y vigas maestras. 

1er Cimiento: Autorretratos de Gerard Richter

El punto de partida es el libro del pintor Alemán Gerhard Richter “100 autorretratos” que recoge cien variaciones en forma de autorretrato. La constante experimentación es el principal rasgo de la pintura de Richter, convencido de que abstracción y figuración son lenguajes igualmente necesarios.

En realidad, el libro de Richter no contiene autorretratos sino versiones de una fotografía suya de perfil, es un observarse a sí mismo. Siempre él mismo, pero siempre diferente, marcando su propia incomprensión. José Ángel Cilleruelo se sustenta en esta idea escribiendo en su obra cien poemas como cien autorretratos. El mismo poema que cada día sea diferente. Al ritmo que le marcan los dibujos de Richter.

El resultado es El ausente, una interlocución permanente con el libro de Richter, aunque funcione por sí mismo.

«Soy, de perfil, una nariz inacabada. Desde atrás, un círculo de alopecia. El tiempo que erosiona la roca, qué no hará con el rostro. De ojos cerrados es como mejor me veo mirarme, pero no siempre los cierro ante el espejo, que ha aprendido, en la academia de la técnica, a fijar el trazo y la precisión en los colores.»

2º Cimiento: Cien poemas 

El propio Richter le va a dar la medida de la longitud del poemario. Cien poemas, como los cien autorretratos. Sumergirse en la lectura de estos cien poemas en prosa que apenas ocupan media página puede parecer una tarea fácil. Pero, sin embargo, resulta agitadora gracias a la tensión narrativa que se percibe en todos y cada uno de ellos. Ninguno de los fragmentos destaca sobre los demás, no hay un momento de brillo exagerado en la escritura. La sensación es que han sido creados uno tras otro sin descanso. Una intensidad en la conexión con la escritura que se transmite al lector y que produce un fluir de la prosa poética sin altibajos y alcanza un nivel de expresividad notablemente alto. Y este número, cien, no es azaroso, si no una especie de medida áurea sobre la que va a elevarse también otro de los cimientos de esta construcción.


3er Cimiento: Cien palabras, un soneto derretido.

Cuando uno lleva cinco o seis poemas leídos empieza a percibir que todos tienen una longitud similar. Resulta fácil caer en la tentación de contar las palabras y averiguar que todos los fragmentos se componen por el mismo número de palabras. Cilleruelo ha utilizado una métrica para sus poemas en prosa, cien palabras.

No es la primera vez que experimenta con esta métrica. En el prólogo de su libro de 2011 Vitrina de Charcos, Cilleruelo habla sobre el interés de escribir poemas en prosa de cien palabras, lo que queda de un soneto derretido:

«La mayoría de los poemas que se escribieron en el Siglo de Oro estaban compuestos exactamente por 154 sílabas. […] Desde el Siglo de Oro la escritura ha sufrido la erosión que siempre impone el paso del tiempo. Y cada poeta interpreta esas pérdidas a su manera. Durante años —y tres libros— creí ver en el soneto blanco la manera de mantener en pie el sueño de las 154 sílabas. Una mañana, al abrir la nevera de la tradición, con pasmo descubrí en el fondo un charquito de palabras. Las 154 sílabas se me habían descongelado. […] Al descongelarse las 154 sílabas de un soneto, como el líquido ocupa más espacio que el sólido, comprobé que el charco que quedaba tenía exactamente cien palabras.»

Esta obra no tiene pinta que se vaya a tambalear, pero, por si las dudas, el autor ha dejado justo en la mitad, en el poema 51, unas instrucciones de uso de su métrica:

«Soy cien trazos. La métrica de un instante. Una mirada en el momento de cerrar los ojos y pensarse frente a lo que ha visto. Pero cuando los abro, desconozco las líneas en las que me había reconocido y que solo puedo reproducir a ciegas. Únicamente sin verme hablo de mí en las frases que hilvanan imágenes del cesto que al volcarse esparció los frutos por las losas. Cien rayas. Un cuadrilátero. Donde se revuelven y se zarandean unas a otras, se tachan. Lo escrito raspan, lo certero aturden. Dos púgiles, cada uno frente a su propia violencia. Cien palabras.»


4º cimiento: El campo semántico

Parece haber una capa de veladura por todo el texto que uniforma los poemas que hace que ningún brillo no deseado haga que la vista se vaya detrás de alguno de los fragmentos en concreto. ¿Es quizás, todo el libro un solo poema en el que cada fragmento de 100 palabras en uno de sus versos? ¿Un poema de 100 versos de 100 palabras? La causa es el campo semántico elegido. Sombra, luz. Mucha presencia de los pictórico. El autor parece no querer esconder que ha partido de la obra de Richter y no quiere perder el punto de vista que le proporciona el autorretrato y la serie. Porque un autorretrato es sobre todo eso, un punto de vista. Al léxico propio de las artes plástica le acompaña un desbordamiento de imágenes asentadas en objetos y lugares pequeños o sencillos. Los autorretratos de Richter también tiran hacia lo sencillo. Hacia el carboncillo, el blanco y negro, el bosquejo. Los poemas de El ausente diluyen el yo en el buey, en el cuerpo, en la brizna, en el andén. Unas imágenes que son una manera de significar más que discursiva.

Una viga maestra: El poema número cien. 

Los cuatro cimientos de esta obra están cruzados y asegurados por una viga maestra. El último poema. El cien. En la lectura es fácil percibir que, aunque los fragmentos van numerados en vez de titulados la primera frase de cada uno de ellos actúa a modo de título. (Ayuda también la tipografía en cursiva). Esa primera frase está compuesta por una sola palabra. Esto lleva al lector (probablemente con anticipación a leer el último poema, el número cien y comprobar que, efectivamente está compuesto por las 99 palabras en orden de los fragmentos que le precedente más (de forma lógica) la primera palabra de nuevo.

100

«Soy yo. Tachadura solo, hemorragia, desplome. Desconcertada sombra. Soy. Yo solo. Argucia, reloj, tránsito. Embriagado lugar. Soy yo. Solo. Nadie, espejo, diezmo. Desdibujada luz cualquiera. Soy yo. Solo deseo, borbotón, lluvia. Inocuo cauce. Soy. Yo solo. Canción, carta, estridencia. Umbría desarbolada. Soy yo. Solo. Espejismo, pálpito, desinencia. Áptera sombra. Nadie. Soy yo. Dictado solo, techumbre, intemperie. Taciturna espera. Soy. Yo solo. Veladura, espasmo, grieta. Temblor sombrío. Soy yo solo. Cuaderno, maraña, niebla. Destemplado cuerpo. Cautivo. Soy yo. Soledad, solo penumbra, duelo. Extenuada luz. Soy. Yo ensimismado. Lluvia, ocaso, vértebra. Somnolienta espera. Soy. Brizna. Yo. Arenisca solo. Árboles azules. Yo soy.»

Según cuenta el autor, el proceso comenzó escribiendo tres autorretratos, pensando que la idea que se la había ocurrido no va a ser posible llevarla a cabo. A los pocos poemas se da cuenta de que, sin premeditarlo, ha empezado todos los poemas con una frase que es solo una palabra y es entonces cuando decide hacer el último poema, que desde ese momento le va a servir de línea de vida, de viga maestra para conducir el resto de la creación del poemario.

El contenido presente en el ausente

Quizás tanto hablar de la forma nos haga desviarnos del contenido ¿De que ha llenado José Ángel Cilleruelo esta edificación?   La ha llenado de ausencia. De la ausencia de sí mismo. Una ausencia que es reflejo del yo dentro del mundo, de la sociedad en la que se encuentra. En la que se ve, pero no se refleja. De esta forma, como señala la poeta Elia Quiñones, los pasajes están lleno de lugares vacíos, estaciones de tren con los rótulos de información apagados, playas sin bañistas, "a esa suma de intérpretes se le denomina silencio.”

El ausente indaga sobre el espacio y el lenguaje que deja el yo. Se trata de una composición imaginativa entre escenas cotidianas y la disolución en las cosas. Al principio del libro se cita al escultor Juan Muñoz: “La única manera de llegar a las cosas es la ausencia”. O que las cosas hablen a través de ti. Y este es quizás el gran valor del libro. Una indagación profunda en el ser, el yo y la relación física y política con lo que le rodea asentado en unos cimientos literarios firmes y convincentes.

Muy acertadamente, la poeta Lola Irún recuerda el epílogo de El Hacedor de Borges. 

«Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.» Epílogo de El Hacedor de Borges.

José Ángel Cilleruelo hace justo lo contrario: llena el libro de continentes, montañas, campos, estaciones, insectos, etc. para ausentarse, para deshacerse. Llena el papel de universos para desdibujarse.

Es posible que el objetivo fundamental de un crítico o reseñista honesto en estos tiempos digitalmente ruidosos sea el de localizar el talento literario y mostrárselo a los lectores. Antes de redactar este texto, he buscado sin éxito reseñas de la novela en las páginas literarias de internet. No he encontrado ninguna. Las menciones en perfiles de redes sociales de librerías y otros escritores de El Ausente son mínimas. (Apenas un vídeo hablando sobre esta obra del librero y poeta vasco Juan Manuel Uría y poco más). Así que el objetivo de esta reseña es el de enmendar la ausencia de este mayúsculo poemario en la prensa cultural.


Artículo de Pablo Llanos

Escritor, poeta y colaborador en publicaciones literarias. Ha publicado el poemario “Manual de Modelado de Corazones para Hombres de Hojalata” (Ed. Cuadranta, 2022). Sus relatos han sido publicados en revistas como Orsai, Librújuja, Pluma Fanzine, Madera Berlín o Pappenfuss. Cocreador del magazine Irredimibles.


ENLACE AL ORIGINAL



Fernando Sanmartín: «Diarios, una forma de reflejar lo cotidiano»


Fernando Sanmartín.
HERALDO DE ARAGÓN, Artes & Letras. 6 de enero de 2004 [fragmento]

Dionisia García escribe sobre «De la mano» en El Ciervo

 

 EL CIERVO nº 802, Noviembre-diciembre, 2023



Federico Abad lee «De la mano» en Letras 21

 

POESÍA

Territorio independiente | Sobre De la mano, de José Ángel Cilleruelo

 LETRAS 21

15 DE DICIEMBRE DE 2023, 9:54

Poesía | FEDERICO ABAD


La poesía de Cilleruelo es esencialmente situacional, si bien encierra la paradoja de ser al mismo tiempo profundamente argumental. Donde otros poetas mayores o menores se detienen en la mera contemplación de la escena, nuestro autor barcelonés la narra de forma sucinta y al mismo tiempo –nueva paradoja– de manera exhaustiva. Es un arte de difícil consecución para el que se sirve de dos recursos: la prosopopeya y una elipsis del grueso del contexto en favor del detalle que le otorga significación. Para su feliz logro explota al máximo la síntesis del discurso mediante el empleo del asíndeton.

He comenzado mencionando las principales figuras retóricas que hallamos en el equipaje literario de Cilleruelo, cuyo versolibrismo se sitúa en las antípodas de la arbitrariedad del poeta inspirado. Su blog El visir de Abisinia pronto cumplirá dieciséis años, y todas sus entradas, a razón de siete o catorce mensuales, son de cien palabras. Hay en él, por tanto, una voluntad de formalizar el rigor de la estructura, y en esta nueva entrega todos los poemas son de catorce versos, variaciones del soneto en diversas combinaciones estróficas que van desde el verso-estrofa al poema-estrofa, transitando por estrofas de dos hasta trece versos. Pero es más: el volumen, que reúne sesenta poemas, se divide en tres partes, de las cuales la tercera comprende treinta, la mitad, veinte la primera y diez la segunda, con lo cual estas dos suman la otra mitad.

Si estuviéramos hablando de un compositor, cabría decir que la forma musical predilecta de Cilleruelo para su obra poética es la de las variaciones. No en vano, el autor viene concibiendo sus títulos a modo de catálogos en torno al tema elegido para dichas variaciones. Este es, por ejemplo, el lugar en Almacén (2014), o el sujeto en Lunáticos (2017) y en El ausente (2021), todos ellos escritos en prosa poética de distinta formulación. Cada poema de Pájaros extraviados (2019) interpreta una imagen distinta de la naturaleza, y cada uno de los del libro que ahora nos ocupa lo hace sobre las manos, una extremidad de poderosa carga simbólica, por lo que la elección no podría haber sido más acertada.

En el primer capítulo, los veinte poemas aparecen titulados con conceptos abstractos. Así, La presencia hace referencia al brazo ausente de una víctima de la talidomida, El orden a las manos de los músicos antes de iniciarse el concierto, y La mitología a las de una joven lectora que huye del café ante el abordaje de un ejecutivo ligón. En el segundo capítulo, bajo el título general de Azul de azules se presentan diez postales sin título que interpretan la desolación causada al yo poético por el paso del tiempo, y que alcanzan el punto álgido de su crudeza en los versos «Cada día quien mira / solo palpa con los ojos cerrados / las cicatrices de un boxeador».

De la mano es el nombre que reúne los treinta poemas del último capítulo, los cuales, al contrario de los del primero, aparecen titulados en su mayoría con nombres concretos. Si el punto de vista del segundo capítulo era el del yo y el primero el del ellos, el tercero es el del nosotros. El poeta expresa la experiencia de observar un universo vivo de la mano de su pareja. Este ciclo deviene así en la celebración del amor sosegado, con versos felices como cuando en Ráfagas, al referirse a la ropa tendida, dice «A mí me gusta que le guste al viento / moverse con tus ropas puestas», o los de El silencio, donde la visión de un gorrión que picotea en una calle acaba así: «Pero en el pensamiento se quedó / instalado el gorrión. Te lo conté. / Hablar yo solo es siempre hablar contigo», o incluso los de Desplazamientos, en los que se describen los susurros de la feliz pareja en el autobús: «Lo que me cuentas nos sitúa / fuera de cuanto ocurre. Narración / paralela. Que nace desde dentro. / Te susurro al oído. Y me sonríes.»

La fuerte presencia de la naturaleza en este capítulo denota, a mi entender, cierta vinculación con el bucolismo de Pájaros extraviados. Al mismo tiempo, y por cerrar el círculo abierto al principio sobre retórica, no podemos pasar por alto el extraordinario empleo que hace Cilleruelo del encabalgamiento en esta nueva entrega de su poesía, lo que le otorga una admirable riqueza rítmica al verso. Estamos ante un poeta cuya larga trayectoria se ha caracterizado siempre por la independencia de su voz y por el interés en explorar palmo a palmo sus territorios literarios. Ojalá las nuevas generaciones sean capaces de acogerse a su magisterio.



De la mano. Autor: José Ángel Cilleruelo. Editorial: Prensas de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 2023

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Safo | Lecciones



He visto que algunas de vosotras madrugáis el día que sigue a una noche de galerna. Tras una caminata entre las nieblas de la mañana os dirigís hacia la playa más occidental de la isla. Reconoced lo que buscáis en la arena húmeda cuando es abandonada por la ola, mezclado con los cantos que el agua alisa. Hasta remangáis la túnica en el regazo para depositar los pequeños hallazgos. Conchas nacaradas, caparazones que brillan, valvas que cobijaron alguna perla. Sé que anheláis reunir una colección que adorne vuestro poema. Pero debéis devolverlo todo al mar. No son las palabras certeras.


Qué escaso interés tiene malgastar el pensamiento en la percepción de lo indeseable. No a las lluvias torrenciales, no al sol de la canícula, no al viento enervado, no al oleaje sobre las tablas del barco, no a los ladridos estridentes del perro. ¿Qué dios os escucha que pueda complacer tantos deseos? Estáis cerrando los ojos para mirar, ¿qué veréis entonces? Un no gigantesco que amuralla los campos, el monte, el mar, vuestros vecinos, algún familiar. Los envuelve y os envuelve, alejadas del instante en la melodía de la existencia, aquel que, bien templado, ha de sonar en la cítara.


Un día húmedo, sofocante. Lo estáis sintiendo. Las nieblas se comen una parte de la isla. El mar comparece como amenaza. El viento que expulsa maltrata los arbustos que han prendido en las ranuras entre las piedras. Los pájaros no vuelan, agazapados en su escondite anuncian presagios funestos. Ni sé por qué os habéis aventurado a salir de Ereso en una mañana tan desapacible. Vuestros cuerpos, bañados en sudor, afean con manchas el brillo de las túnicas. No me hubiera extrañado nada haberme encontrado hoy aquí en soledad, puesto que tenía previsto abordar los nadires del encuentro con la belleza.


No son albañiles, fijaos, los que construyen esta casa, sino orfebres de paciencia. Sus manos perfeccionan los adobes con la medida exacta de barro y paja. Las horas ciertas de sol los endurecen, la cuerda señala su lugar equilibrado en el muro. De cada ladrillo y de cada piedra depende la solidez del conjunto. Y al otro lado observad el trabajo de los ebanistas. Con qué destreza tratan la áspera madera hasta que pueda ser acariciada por las manos de un niño. No solo hay que estudiar música y caligrafía para desempeñar el oficio de fijar canciones en las tablillas.


Hablemos de las palabras, ¿es lo que os gustaría que hiciéramos ahora? Ya veo que sí. También me aparece. Las palabras. Veamos qué se puede decir de ellas. Ayudadme. Imaginad que salís al campo después de un día de lluvia. Aspiráis el aroma de la hierba mojada, de los árboles, de la tierra húmeda. De repente, os detiene un charco en el que os emboba, como si fuera un espejo, el cielo. Os encaramáis sobre él y ¿qué veis? Exacto. Os veis a vosotras reflejadas. Pues bien, es lo mismo que contemplar los vocablos ahí detenidos en lugar de usarlos.


Levantad los ojos de la tablilla donde andáis peleándoos con las palabras. La cítara debéis acomodar a los pies de una columna, en el peristilo. Salid del atrio y es conveniente que busquéis una altura desde donde contemplar la puesta de sol sobre la línea del horizonte marino. Admirad intensas, con fruición, los colores que iluminan la oscuridad de vuestras pupilas. Disfrutad. No os digo más. Gritad, si la soledad os lo permite, que es lo más hermoso que habéis visto nunca. Y luego, de vuelta al olvido, empuñad el cálamo de junco como si no hubiera llegado la noche.


Me preguntáis por qué no os acompaño en el paseo que emprendéis cada atardecer hacia el jardín por el sendero de las hortensias. Os preguntáis también por qué, a la vuelta, califico los versos que habéis escrito como superficiales y las correcciones que os propongo, sin haber ido, os parecen que ahondan en lo que deseáis expresar y no habéis sabido cómo. Qué interesante esta cuestión. La respuesta, como todas, es sencilla. Cada anochecer, cuando os vais, me adentro en el jardín con la azada y una tinaja de agua fresca y limpio y riego cada una de las plantas.