Biblioteca de huecos


01
No era el lugar, sino que cualquier sitio puede serlo. Basta con hacer lo que hizo. Cavar una brecha. Un palmo, donde apenas entra un reloj. O un anillo. Dijo que abandonáramos un beso. En un hueco menor hubiera cabido. Lo cubrió con hojarasca. Nos reímos de la ocurrencia. Era un tiempo incierto, los dos pensábamos en vidas diferentes a las que llevábamos. Supe poco más de él. Hoy he rebuscado aquella grieta en el parque. Con los años, cuanto parece idéntico resulta otro. Sé que no habrá nada donde solo existió presencia, pero necesito contármelo para que algo ocurra.

02


Le escribo un mensaje atropellado a mi hermana: «Lo he encontrado». Y ella, que tenía más tiempo para perderlo ante la pantalla del teléfono, me responde: «Anda, como yo el otro día, que encontré aquel pendiente de oro que había perdido. Estaba entre los cojines del sofá y yo como loca todo este tiempo». No era eso lo que había extraviado. Estuvimos hablando toda la tarde en un Café. Tuvimos que pedir tres consumiciones para no impacientar a los camareros. Cuando llegó la noche nos despedimos. «¿Y?», inquiere mi hermana. Le escribo: «Como si hubieras vuelto a perder el pendiente».

03


Cuando me rebasó en el bulevar con atlética zancada, de repente se dio la vuelta y su sonrisa, esplendorosa, me saludó en una lengua que no supe identificar. Quise estar a su altura, pero tropecé en el sonido de la palabra que iba a pronunciar, balbucí y hasta creo que me puse como un tomate. Volvió a mirar al frente, desapareció. Y para que no desapareciera el momento, me lo cuento cada noche al acostarme. Oración que le rezo al dios de lo que permanece. Como cada noche le añado un detalle al acontecimiento, el extranjero pronto pedirá mi mano.

04


En el Diario de los días que no he vivido el reportero de guerra e irredento aventurero Clemente Casín relata con detalle cómo despierta con las noticias de la radio, enrosca la cafetera, tuesta el pan, hace la cama. Evoca la conversación con el conserje sobre el tiempo previsto para la semana siguiente. Describe el paseo hasta el parque, donde se sienta bajo los tilos a ver transcurrir la mañana. Enseguida se percibe que se trata de un libro de ficción, porque ocupa siempre el mismo banco; algo absurdo, pues la sombra que gusta en verano el invierno la desaconseja.

05

Al salir me atropella. «Por favor —elevo la voz al decirlo—, un poco más de cuidado, que hay personas». Le veo azorarse. Eso no lo espero. Me dispongo a participar en una disputa dialéctica rápida, enseguida preparo una buena respuesta a su presumible gesto de desprecio. La bronca de baja intensidad es el sistema de cortesía ciudadano. Sin embargo, le veo enrojecer. Lo lamenta con voz entrecortada. Se culpa por su impresentable prisa. Más vulnerable él que yo vulnerada. Qué hermosa anécdota —un rayo cruza mi pensamiento— para evocarla en cada cena de aniversario. Repite las disculpas. Se va.

06


Si no lo digo es como si no existiera el pensamiento al que le doy valor de mío por haber nacido dentro y formar parte del recinto que denomino intimidad. Esas columnas de hormigón que ocultan los albañiles cuando alzan el edificio de la experiencia. Y si lo digo, al decirlo, cuando lo propio se desvela convertido en algo pensado, deja de ser exclusivamente mío y queda ubicado en oídos ajenos, como quien ha vendido una propiedad y ya no puede decidir el color del que quiere pintar las ventanas. Si hablo me vacío y si callo siento el vacío.

07


Una tarde de mi infancia habíamos vuelto de compras en metro. Se abandonaba la estación por un estrecho corredor que flanqueaba el andén vallado y una pared de ladrillo. Contra ese muro aplastó un empujón a mi madre cuando procuraba sujetarme la mano con más fuerza. Los dos oímos un temible chasquido en la bolsa donde transportaba un jarrón enorme por el que mi madre había quedado fascinada. En casa comprobamos un costado astillado, que dio en agujero. Lo colocó de cara al lado opuesto y ahí lució durante años, aunque cada vez que lo miraba veía la invisible rotura.

08


Colecciono fechas. Mías, de los demás, de nadie. Como etiquetas que cuelgan de un hilo de la prenda con el precio en los comercios, en el pensamiento anudo a cada experiencia, conocido, lectura, acontecimiento un día, un mes, un año. A veces, incluso una hora. Con el dato la defino. Manejar el volumen de este diccionario es, para mí, pensar. Huyo de cronologías. En lo que fue antes o después, me pierdo. Es como un baile donde un catorce de enero saca a bailar a un veintiséis de mayo. Unas se entienden entre ellas, otras no se pueden ni ver.

09


Le digo que lo he escuchado por ahí, sin recordar dónde ni quién lo explica. Insisto en que no es cosa mía, sino de oídas. Por mi parte, nunca se me hubiera ocurrido algo parecido, de eso puede estar seguro. No soy yo quien habla en esas afirmaciones, que me limito a repetir como quien canta el estribillo de una canción que suena mucho en la radio. Es otro, o mejor, son otros quienes lo cuentan, conversaciones que circulan sin que algo concreto las haya provocado y, de repente, se atan cabos. Nada personal hay en lo que te diga.

10


No ha pasado todavía nadie por el camino esta mañana o al menos con la niebla no he sido capaz de verlo. Se han dejado las luces del patio encendidas toda la noche. Creo que están de vacaciones, pero no sé cuándo vuelven. Suele regresar a la hora en la que salen los niños del colegio. El piso está vacío desde que hace años falleció su propietaria, creo que tenía un hijo, pero nunca lo he visto. Bajan con frecuencia desde aquel barrio a comprar en la panadería, que les gusta más que la suya. Como anochece aquí tan pronto.

11


Cuando llego antes de hora a la sala de clase, a veces me atrevo a subir a la tarima y me acerco al atril de pie para contemplar las sillas donde nos sentamos a escuchar. Lo que ahora es nadie, poco a poco se irá llenando con identidades diluidas y gestos desdibujados entre los que el profesor distinguirá una u otra cara conocida. Solo quien mira al conjunto tiene la palabra. Y el día en el que destacó algunos trabajos quedé sin nombrar. Y al salir, si alguien me lo hubiera preguntado, no acertaría a decir cuál era mi apellido.

12


Durante dos semanas de verano llevé, como si estuviéramos en enero, un pañuelo anudado al cuello. «La garganta», decía, e incrédulas mis amigas aguzaban la vista por descubrir cómo escapaba de la censura el borde amoratado de un chupetón. Ya no quedaba nada de la tarde en la que ocurrió, ni del chico que lo produjo, que no había vuelto por el pueblo, ni de la música que bailamos en la fiesta. Aquel raro vestigio, prueba que se presenta ante el juez para demostrar un hecho, era lo único que permanecía de lo que había sido, pero ya no era.

13


Lo que une a los granos —cientos, miles, millones— en un conjunto que se concibe unitario, como arena, es también aquello que impide su unidad. Lo que separa a cada uno de los granos de sus semejantes confirma la unión. La oposición de ambos conceptos es posible porque se da con carácter simultáneo. Los granos al mismo tiempo que están juntos permanecen separados. O, dicho de otro modo, su separación es lo que los reúne. Si un filamento de vacío les otorgara identidad, podrían crecer individualmente, pero no serían un único concepto, sino una pluralidad, como piedras. Y tendrían historia.

14


No es verdad que en las fotos las personas permanezcan tal como las retrataron, o no es cierto del todo. Cuando se fue a otra ciudad, en otro país tan lejano, hace tanto tiempo, dejó sobre la cómoda, en un marco de madera, su imagen de entonces. Ahí le vi sonreír, igual que sonríe, mientras mantuvo la juventud, pero con el tiempo se le fue apagando el rostro; la piel, como la mía, ha perdido lozanía; las primeras canas brillan donde ya tengo el pelo blanco y los ojos tristes con los que miro la fotografía son también los suyos.