Sexto libro de odas


(1)


Con frecuencia he oído hablar de sacerdotes sin fe y de médicos que pierden la aptitud. No sé si mi caso resulta en algo similar. Soy orfebre. O lo fui durante años. Tuve un pequeño taller con una tienda minúscula. Pero un día aborrecí el oro. Sentía disgusto ante la plata. El lapislázuli ya no me encandilaba. Y tuve que abandonarlo porque los materiales que he empezado a utilizar para mis joyas —madera, pizarra, avellanas— carecen de prestigio. Ahora extiendo un trapo en el suelo y ordeno las piezas que nadie mira. Quizá sean los compradores quienes carezcan de vocación.

(2)


Hay un momento de la larga tarde del verano en el que la luz entristece. Aunque, por mi parte, me alegro. La mula, que ha pasado el rato rebañando hierbas entre arena reseca, comparte sentimientos con la claridad del aire. El carro, quieto bajo una sombra, sin embargo, está a punto de confirmar mis impresiones. Engancho el animal y solo con sus movimientos de ajuste los cascabeles empiezan a cantar. El camino de regreso a la aldea desoye cualquier pensamiento. Por más honda que asome la noche tras los montes por donde el sol se oculta, nada queda por decir.

(3)


Entre las piedras que trazan la circunferencia del pozo han prendido algunas matas que crecen muy finas y se estiran tratando de alcanzar el brocal, donde aún llega un ápice de luz. Cuando subo un cubo de agua, a veces su vaivén arranca una hoja que la humedad pega al zinc. Al alcanzar la altura de la polea, su verdor se ilumina con un rayo justo antes de que mis dedos la arranquen y la dejen caer al suelo, donde llega mariposeando como quien va donde no quiere ir. No puedo decir que no sepa que es mi exacto retrato.

(4)


Zumba el viento en la vela y la proa no teme a las olas que va cortando decidida con su impulso. Bajo el toldo que me cubre el cuerpo, mantengo aferrado el timón y miro a lo lejos la costa, indiferente, sin atender a nada en concreto. Los dos remos permanecen acosados en un lateral, ociosos como mis brazos. Ignoro qué pesca se dará hoy. De vez en cuando, el agua salpica sobre la madera como si tarareara una canción de juventud, de esas que se quedan en la cabeza sin que uno ni siquiera supiera que le habían gustado.

(5)


Mi padre trabajó en una estación que queda alejada de la ciudad que le da nombre. Ahí teníamos nuestra vivienda. Toda la gente que vi durante mi infancia estaba en tránsito. O esperaba para irse, o regresaba, también yéndose de inmediato. O se asomaba a la ventanilla para pedir que le llenara la cantimplora en el grifo del andén. Eran unos minutos efervescentes. Estruendo de locomotoras, precipitación de personas, voces, bultos, confusión. Después, la nada. Me hice una idea extraña de la vida de los demás, que solo duraba unos instantes. Nacían para esa vorágine y desaparecían después para siempre.

(6)


Llevo un tiempo discutiendo con él a diario. Se empeña en decirme, a cualquier hora en la que nos crucemos, que soy yo ese. Y me señala con el dedo, como hacían en la escuela los niños maleducados. Si lo sabré, que no soy yo quien se empeña en indicar. Le da lo mismo lo que le diga. Las pruebas que deje encima de la mesa. Aquellas pilas de fotografías en papel que lo demuestran. Ni las mira. Incluso algún recorte de periódico donde salgo especialmente favorecido. Nada, lo desprecia igual. Me desespera tanto su empecinamiento; ah, este maligno espejo.

(7)


Es quien deja la pelliza sobre el respaldo de la primera silla que encuentra al entrar, se despreocupa y corre a sentarse en la mesa que hay al fondo. Sonríe y baraja los naipes con la vista alzada mientras encara el rostro de quienes aún permanecen en pie, a su lado, dudando. Una lámpara industrial, que cuelga desde el techo hasta situarse justo encima del tapete verde, ilumina sus manos diestras y ágiles al mezclar las cartas, el resto de la habitación permanece en penumbra, no existe. La realidad se va reduciendo a una sola dimensión y un único instante.