(1)
El coro de ancianos, en las mesas últimas del café, junto a los lavabos, interpreta con los chasquidos de las fichas de dominó sobre la falsa resina de la fórmica una pieza para percusión y suspiros. La escucho como partitura del libreto escrito con las noticias de la víspera que trae el periódico de ayer que leo. Me siento junto a la cristalera que da al paseo, pero no queda lejos la época en la que tendré que aprender juegos de mesa para sobrevivir. De niño me aburrían solemnemente. También recuerdo el propósito de irme lo antes posible de aquí.
(2)
He soñado que llamabas desde la puerta de la calle golpeando la aldaba dos veces primero, por el piso, y una tercera, separada, por la puerta de mi hogar. Y me atropellaba a mí mismo por no olvidar abrigo, sombrero y paraguas, y al mismo tiempo bajar los escalones lo más rápido posible. Y cuando lo logro, en el portal no encuentro a nadie, porque nadie ha pulsado mi interfono. Son mínimas alucinaciones por haber pasado la noche leyendo los poemas que escribiste hace cien años. Tan próximos los siento en la lectura que espero tu visita para comentarlos juntos.
(3)
El arco es silencioso. Cuando el cazador lo levanta del suelo donde reposa, el rutinario piar que habita en las copas de los árboles continúa como si en el bosque no existiera ninguna amenaza. Mientras un brazo lo sostiene en el aire, el otro retira una flecha del carcaj, que sale con un casi inexistente rumor. La coloca en su punto, perpendicular a la cuerda, con un gesto sutil. Despacio, templa el arma. La dirige hacia un bulto que el arquero distingue entre los troncos. Una danza callada parece el movimiento que realiza. Apunta. Tensa. Casi simultáneos, suenan dos chasquidos.
(4)
La ciencia llegó también un día a estos montes, próximos a la frontera, donde crecen desparejados brotes de cereal de antiguas siembras y los frutales se convierten en intrincados arbustos. Hay quien le pone número a los fallecidos y quien da cuenta de los excesos bélicos. Se atribuye el abandono de los caseríos a la dureza del clima y a la obstinación del viento. Estos parajes, tan repletos de explicaciones como de sombras, se han convertido en un hueco. Aquí he elegido vivir desde que me echaron de la fábrica. Donde descubro sus restos, mantengo extensos diálogos con los manes.
(5)
Sueño con el leve crujido de hojas secas extendidas sobre el camino como una alfombra dorada. De ahí, el tacto de los pies al caminar me traslada al interior de una jaima en una arenosa llanura. La luz de la luna llena sobre las dunas ilumina la mirada que extiendo sobre las montañas sentado, con los pies al aire, en una almena de la torre señera en un antiguo castillo que vi una vez ilustrando un anuncio, en una revista, lo recorté y aquí está colgado en la pared junto al resto de fotografías con las que a diario sueño.
(6)
Nadie la recuerda. A algunos les suena, o por piedad hacia mí dicen que les suena. La compuse cuando era tan joven que ni siquiera supe que aquel tiempo que vivía no era eterno. Con esa convicción llegó a mi silencio su melodía, sobre la que las palabras que había escrito en un cuaderno escolar encajaban con asombroso acierto. La canción se ganó un éxito inmediato. La gente pedía escucharla una y otra vez, en bucle. He pasado la vida cantándola. Ahora ya solo actúo en bares de carretera, pero ya nadie me la pide. Mientras la interpreto, continúan charlando.
(7)
En el estante donde los coloco por orden alfabético, mis libros forman un cauce. Más que un río, pienso en un arroyo de montaña. Unos son más altos, a otros les basta para expresarse la encuadernación en octavo. Esta irregularidad significa ímpetu, igual que baja el agua de los torrentes. También los lomos son diversos. Los de piel lucen más oscuros; los de cartón recurren, como las flores, a cualquier gama de color. A veces pienso que el anaquel de los libros es un bosque. Entre si me arrastra o me adensa, no me decido. Quizá solo sea un espejo.






