POÉTICA


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Una poética empieza por tres palabras —La poesía es— seguidas de otras cualesquiera. Quizá fuera mejor cerrar este inicio con un punto y aparte. Es decir, convertir la anodina cópula «es» en un verbo con significado: «existe». Así se utiliza en ámbitos religiosos, para hablar de la divinidad. Poesía y religión comparten el axioma como definición. Su importancia no deriva de que sea una cosa u otra, sino del hecho de que exista. Pero no por fuera, sino dentro de las concepciones propias del ser. Lo relevante de la poesía es que ha acompañado siempre el desarrollo del pensamiento humano.

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Los juegos de palabras no son la poesía. La frase ingeniosa, los sonidos entrelazados, la comparación extravagante, el orden inverosímil, el calambre irónico tampoco. No constituyen poesía los buenos sentimientos, la aflicción menos llevadera, las ideas más apasionadas, ni siquiera las apasionantes. La verdad no es su esencia, la emoción no forma parte de sus propósitos. Ni el lenguaje suntuario ni el coloquialismo la caracterizan. No le es necesaria la perfección, no persigue una práctica espiritual, no ha de servir como ejemplo. Entonces, ¿qué es poesía? Quizá lo que quede en la página después de olvidar lo que no es.

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Que la poesía requiere una forma es una obviedad que deja de serlo conforme se perciba su desmedida exigencia. Como los esqueletos que sostienen las especies animales, lo hay externos e internos. Un soneto convencional posee exoesqueleto, igual que un texto en verso libre, porque los hay óseos y cartilaginosos. Para que un poema muestre una constitución interna necesita un hallazgo formal, sea un soneto o sea escritura contemporánea. Exige un descubrimiento en la manera de sostener la dicción. Una identidad, o su contrario, una impropiedad. Aquello que sea capaz de imponer mayor tensión entre las palabras que se anudan.

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La forma, sea convencional, innovadora o personal, en contra de lo que suele pensarse, no define lo poético. Su papel es el de permitir que aparezca; es decir, que brote de su cultivo un significado. La forma, por sí misma, no autentifica la poesía, aunque sin ella no existe la posibilidad de que surja un pensamiento poético. O solo de una manera devaluada. Una forma débil suele complacerse con significados débiles, y ambos forman parte de una decoración verbal, que es una suerte de sedimento que deja el paso de la poesía por el tiempo. La repetición es solo ornamento.

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Tras reconocer la dificultad que tiene el significado para ser capturado en una red de pesca académica; el poético se puede definir, sin excesiva convicción de acierto, como la asimetría de expectativas entre quien escribe y quien lo lee, que parte de una asimetría previa en el autor entre lo que anhela significar y los medios que utiliza para conseguirlo. Cabría sentenciar que la simetría entre deseo y escritura, y entre autor y lector, es decir, el modelo de escritura convencional más extendido, alienta la mayor parte de subgéneros que se redactan en prosa, desde una crónica hasta un tratado.

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El modelo de la prosa concibe el significado como un acompañamiento de las formas unidireccional. Igual que el tiempo pauta la vida: con precisión (eran las 14:23), imprecisión (era mediodía), de modo genérico (durante el día) o como falsedad (eran las 15:23). El significado de la poesía —que ha seguido este modelo en muchas épocas históricas, fiando su esencia a las formas, y en concreto, a las rimas— se funda, sobre todo, en el espacio. Tiempo y espacio caminaron siempre de la mano en las civilizaciones antiguas, pero desde Cicerón aquel adquirió consistencia de tema, este se convirtió en circunstancia.

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El modo de significar de la poesía es espacial. Arraiga en las visiones del lugar. Ante una panorámica, lo convencional es contemplarla. Es lo que se desentraña en ese espacio. Pero un adolescente, observa una lagartija sobre el pretil; y un joven se da la vuelta para contemplar la muchacha que vende refrescos detrás. La poesía es el significado que admite cualquier asimetría: un grado codificado, como el temporal (la panorámica); un interés específico (la lagartija), una mirada opuesta (la muchacha), y aún una cuarta opción, la de quien cierra los ojos. Sin que exista jerarquía ni orientación entre visiones.

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Alain Badiou aconseja a las artes acercarse a la poesía «Porque el centro hoy de la búsqueda de una excepción está del lado de la poesía, porque es la búsqueda de la excepción de la posibilidad del lenguaje, de crear en el lenguaje algo como una excepción de lo que el lenguaje es capaz de decir». El poema, en efecto, empieza siempre a ser escrito a partir de lo que el lenguaje aún no ha pronunciado, aunque una lectura superficial de este principio posiblemente conduzca a una escritura del disparate. Cabría matizar: de lo que nunca quien escribe ha dicho.

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Afirma también Alain Badiou: «los poetas son aquellos que tratan de hacer que un lenguaje diga lo que parece incapaz de decir». Si se intercambian los sujetos de esta frase, quizá se obtenga una poética más exacta: la poesía es aquel lenguaje que trata de conseguir que un poeta diga lo que parece incapaz de decir. De modo que aquello que el poeta exprese desde el dominio absoluto de lo que pretende decir podrá ser prosa excelente, pero no el balbuceo de significados que apenas se consiguen vislumbrar que exige la poesía para hablar de sí misma desde una definición.

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Espíritu y materia, en el cuerpo que piensa, son divisibles para razonamientos que pretenden dar sentido a lo que entienden. Los giros de los derviches, la levitación de los místicos les contradicen. Significado y significante no conviven solos en el signo lingüístico, o únicamente en el ideal de la computación. El conocimiento de la poesía precede a estas categorizaciones filosóficas o científicas. O, dicho de otro modo, las divisiones analíticas trabajan con la comprensibilidad del mundo para proporcionar significados certeros por un tiempo, pero no es la voluntad poética, que solo consigue desarrollar su propósito en contacto con lo incomprensible.

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Nada hay tan ajeno a la poesía como considerarla un género literario, ni tan extraño como la simetría en la concepción del signo lingüístico: una forma que se corresponde con un significado. Si lo primero es una suerte de obituario, lo segundo es directamente un veneno. Pero no quiere decir que en la poesía la forma no sea su esencia ni que el significado sea su propósito. Cuanto más asimétrica sea la división, más cómodo el poema, cuya forma exige al mismo tiempo una vecindad con el vacío (no con la nada), y un haz —si mayor, mejor— de significados.