Teatrillo I [2007-2009]


Pequeña odisea
 —Por favor, me puede indicar dónde encuentro un ejemplar de La Odisea.
—¿Quién es el autor? —pregunta el joven dependiente con gran naturalidad.
—Homero.
—Homero… —repite y se inclina servicial sobre el ordenador. Teclea. Medita. Vuelve a teclear. Se rasca la cabeza. Levanta la vista de la pantalla— Pero, ¿ese nombre va con hache o sin hache?
—¿Homero? Va con hache.
—Ajá, aquí está —exclama con júbilo, se da la vuelta encarando el otro extremo de la librería y vocea a grito pelado— Julia, guapa, búscame el libro de un tal Homero, que está por tu sección. Va con hache.


 El amor, ah, el amor
El senador y candidato se reclina sobre la página. El asesor le abraza.
—Son unos canallas.
Era tan bonita. Me acuerdo de la cena donde tomaron esta foto, tan puñeteramente bonita, estaba preciosa con ese vestido, tan jodidamente bonita.
—No le dé más vueltas, senador.
Tan…
—Ya tiene listo el comunicado.
Tanto. Nos divertíamos tanto. ¿El comunicado? Y por la noche en el hotel.
—Su mujer y sus hijos preparan otro en su apoyo.
Su piel, tan blanca… ¿comunicado?
—Dejará claro que no mantuvieron relaciones sexuales.
Su boca… su cuerpo: un delfín entrando en el agua, mi cuerpo ¿relaciones? ¡Jamás!


 Diálogo del diálogo
—Sería conveniente que hablásemos.
—Es verdad. El diálogo es conveniente.
—Siempre hay que hablar.
—Opino lo mismo. Soy un hombre dialogante. Soy un político dialogante. Un diputado electo dialogante. Soy un diputado. Soy.
—Hemos de hablar, sí.
—Perfecto. Tengo talante dialogante. Tengo acta de diputado. Y talante. Y dialogante.
—Esta vez hablaremos claro.
—Claro que hablaremos. Dialogaremos. Con talante, claro que sí.
—Esta vez no dejaremos nada por hablar.
—Ni dejaremos nada por dejar. Ni hablaremos nada por hablar.
—En esta ocasión.
—Nada hay mejor que ser dialogante. Con talante, sin enfado. Con acta de diputado.
—Hablaremos claro.
—Claro, hablaremos.


 La instancia
—Esta es la instancia, señor.
—¿…?
—La del pistolero que apostamos hace cuatro años junto a la cárcel por el tema del mafioso, ¿recuerda?
—¿Sigue ahí?
—El tipo se protege bien. Siempre camina rodeado de esbirros.
—¿Y…?
—No es el trato que hicimos con el director. Un cadáver sí, más no.
—Vaya contrariedad. Y el mafioso, ¿nunca hace de vientre?
—Las ventanas son demasiado altas.
—¿Y cómo se sube los pantalones?
—En cuclillas.
—¿Así? (El ministro hace el gesto de subirse los pantalones en cuclillas) ¡Difícil! ¿Y qué pide en la instancia el pistolero inútil?
—Nada, que le reconozcamos el trienio.


 Innovación
—Se acabó la desnudez.
—El sudor. La grasa.
—Pero…
—Se acabaron las dietas.
—Los sueños. Nunca más soñar con el cuerpo de otra.
—Pero… ¿No es muy caro?
—Muerte al envejecimiento, ¿tiene eso precio?
—Cristal líquido, una capa finísima que recubre la piel. ¿Puede ser eso barato?
—Y…
—Se acabaron las preocupaciones.
—La envidia. Los ansiolíticos.
—No sé… ¿Y funciona con…?
—Una pila de energía injertada en la piel. Microscópica.
—Seleccione un modelo en la pantalla. El cristal líquido lo convierte instantáneamente en su auténtico cuerpo, no el de carne y hueso.
—¿Y no hay un modelo más… más… económico?


Cuestiones de retórica
—¿No te preocupan esas chicas tan monas? ¿Cómo va a sentirse una bien si ellas existen? Ayer descubrí el antídoto, cuando explicaron la metonimia. ¿Recuerdas?
—Vagamente
—Mi error estaba en compararme con esas chicas monas de una manera absoluta cuando la belleza es metonímica. Lo que nos enamora de una persona es algo concreto.
—Los ojos.
—Y ese algo concreto permite afirmar que soy igual de bella.
—No te entiendo.
—Me puse a buscar en qué era yo más guapa que esas niñas. Y lo descubrí.
—¿En qué?
—En mi flequillo. Tengo el flequillo más gracioso y atractivo del mundo.


Escenas de la vida de Joaquim Maria Machado de Assis
—¿No vamos a salir nunca de São Cristóvão?
—Ya ha amanecido.
—Nos echarán.
—Un poco de paciencia caballeros. El motor flojea; zarpamos en cuanto lo arranquen.
—¿Y por qué no compran una barca nueva?
—Esperan que naufraguemos.
—Ya está, en marcha. Nos vamos. El Cais dos Franceses nos aguarda.
—Hace rato.
—Y ese mulato, ¿por qué no protesta? ¿No tiene sangre en las venas?
—Lee.
—Lee a la ida y lee a la vuelta. ¿Para qué lee tanto?
—Querrá ser alguien.
—¿Leyendo?
—Igual sólo aprende, es tartamudo.
—He oído que trabaja en una imprenta.
—¡Ah! Seguro que roba los libros.

Fábula pasada de moda
—No te entiendo, Polifemo, tu fealdad me produce náuseas. ¿Cómo te atreves a insinuar que lo inteligente es amarte?
—Eres tan bonita, Galatea, también cuando te enfadas. Pero si lo miras con calma verás que lo único pertinente es rendirte a mis brazos.
—¿Tus brazos llenos de pelos tiesos como los de un jabalí junto mi piel blanquísima? Son incompatibles.
—Te quiero, Galatea.
—Tu ojo lloriqueando sobre mis cabelles me repugna.
—Te adoro, Galatea. A diferencia de tu piel y de tus cabellos, que el viento arrastrará en breve, mi sentimiento será lo único eterno que la vida te ofrezca.


El asesor
—Proclamo... (¿Puedo lanzar ahora la proclama, verdad?)
—Claro, presidente. Es el momento.
—Proclamo la necesidad de un gobierno unido junto al pueblo que lo sostiene con su clamor unánime, sin disonancias, con el espíritu único del amor al bien y a la verdad, con la armonía del obelisco.
—(Chist, presidente, presidente.)
—(¿Qué?)
—(La proclama. Que le está saliendo un poco... digamos, no demasiado democrática.)
—(¿Ha de ser más democrática, cree?)
—(Tengo la impresión.)
—(Gracias. Empiezo de nuevo). Proclamo la necesitad de un gobierno unido con el pueblo que lo sostiene con el fruto unánime de las urnas, con el voto...


Luciérnaga
—No tengo paciencia ni edad para aprender a escribir todas las palabras, con la cantidad que hay; enséñame sólo las importantes.
—La escritura no funciona así, Xênia.
—No te rías, pánfila; aunque analfabeta, también yo fui jovencita y garbosa, ¿o es que crees que siempre anduve tan vieja?
—Es que se enseñan las letras, no las palabras.
—¿Y para qué sirven las letras si no es para escribir palabras?
—Pesada.
—Además, enseguida llegará un cliente y me dejarás a verlas venir; eres la preferida de la casa.
—Te haré caso. Empecemos: ¿cuáles es para ti la palabra más importante?
Pirilampo.



1985
 —Por favor, me da un cupón que acabe en 85.
—¿Ha de ser en 85?
—Sí, que acabe en 85.
—85... A ver qué encuentro. Aquí sale uno en 58 con olor a premio, ¿sirve?
—¡Qué gracioso! Nací ese año. El 58.
—Una buena razón.
—Prefiero que acabe en 85.
—Eso quiere decir que su razón es mejor.
—Bueno, es posible.
—¿Una razón mejor que la de haber nacido? ¿Puede existir?
—No creo que haya ninguna.
—¿Entonces? ¿58?
—Entonces: ¡85!
—¿Mejor que nacer?
—Nacer otra vez.
—¿Otra vez?
—No otra, la primera vez.
—Ahora lo entiendo. Pero en 85... nada.

Palestina
—Buen caballo. Y buen día, amigo.
—Trae las patas lastimadas. Este pedregal. Salud. Mañana calurosa.
—Como todas.
—¿Y sus cabras?
—Por ahí andan. Secas.
—¿No pacen bien?
—Lo que pueden. Cardos. La que tiene más suerte descubre una mata bajo las piedras.
—Mala tierra.
—No lo es. Es tierra del Señor.
—Abandonada.
—Vivimos de ella. Mi mujer. Cuatro hijos.
—Poca agua, mucho sol.
—¿Es eso lo que ve?
—¿Usted ve otra cosa cundo mira este montón de piedras?
—Va con los días. Unos imagino campos llenos de ovejas, caballos, árboles.
—¿Los otros?
—Un montón de huesos esparcidos por el arenal.

De lo trivial que no erosiona el olvido o “Tengo esa conversación clavada en la cabeza”
—¿Lorena? ¿Hablo con Lorena?
—Sí... Soy yo...
—No me conoces. Bueno, tal vez sí.
—¿Quién me llama?
—A quien conoces... A quien conoces bien es a mi marido.
—A mí no tienes que llamarme.
—¿Por qué no? ¿No compartimos algo últimamente?
—No tiene derecho a llamarme.
—¿Ah, no? ¿Y tú tienes derecho a hacer lo que haces?
—Por favor, basta ya. Voy a colgar.
—Eso mismo es lo que tenías que haber hecho antes. Antes de abrir las sábanas.
—Esta conversación no tiene sentido.
—¿Ah, no tiene sentido? ¿Y sí lo tiene que mandes a la mierda una familia?
—Cuelgo.


[2007-2009]

Galería de escritores imposibles



Arati responde
Con la mirada busca algo, a alguien, pero tropieza con un bloque de pisos: papel cuadriculado. «Hace demasiado calor», responde al fin Arati. Nélida, que le ha preguntado cómo se vive en su país, se queda contemplando la frase como si se tratara de un globo que asciende. «¿Cómo es el país donde te han llevado?», le preguntó la abuela meses atrás, cuando la visitaron. Recordaba el gesto de buscar algo con la mirada mientras la vaca chapoteaba en el barro. «Hace demasiado frío, abuela», respondió. Y la abuela acogió sus palabras con un abrazo y una pizquita de compasión.


Un manojillo de quebrantos
Cada sábado, sin falta. Con la misma ilusión por ganar los trescientos euros Bianca baja los escalones de la taberna. Cuando sube al entarimado, no ha de mirar la letra en el televisor. «Bianca, eres la voz más hermosa de Perugia» —le gritan. Y Bianca se ruboriza y piensa en los trescientos euros del premio semanal en el karaoke, que siempre ganan otros concursantes. «¿Por qué cambias la letra de las canciones, Bianca? Si no lo hicieras el premio sería tuyo. ¿Por qué no dices Quel mazzolin di fiori?» Y Bianca suspira: «Porque es más real  Quel mazzolin di fratti.»


Nocturno
El pálpito de la noche —un autobús que cruza lejos, el zumbido de un aparato a deshora, los pasos del vecino hacia el baño— acuna a Cintia cuando se acuesta sola. En las sábanas la ampara la sensación de lo recién lavado mientras el despertador juega a formar capicúas con las horas. La ausencia le da sentido a cada instante, escribe con los movimientos del cuerpo un relato sencillo que cada día le gusta más leer. De madrugada, cuando llegue alborotando la página, ebrio, macerado en humo de tabaco, tosa y tropiece entre balbuceos, la noche ateniense se volverá ilegible.


Torneo de ajedrez
No muchos, es cierto, pero sí hubo algunos ajedrecistas locales que analizaron durante algún tiempo, sin ningún resultado, los extraños movimientos que practicó en la última partida del campeonato Dmitriy Lévedev, aspirante al título regional. El sentido hermético de sus jugadas conducía al absurdo irremediablemente. El posterior suicidio del ajedrecista catalogó la enigmática partida como fruto de la demencia. Hoy la revista Шахматный турнир ha rechazado, por considerarlo irrespetuoso con su memoria, el artículo donde, tras desvelar el valor alfabético de las jugadas de Lévedev, descubro el siguiente mensaje: «Dasha, te quie». En este momento, el campeón clamó: «Jaque mate».


Destino
Al fracaso la gente se prepara a conciencia. Conozco el caso de Ezequiel Egea Erena que nació en enero, en Estépar, y siempre creyó que aquello era un signo del cielo. Cuando visitó Estremera decidió quedarse. Compró un piso en la calle del Eruelo trece, tercero tercera. En la calle de Enmedio salió otro más holgado por idéntico precio, pero al ser en el número ocho y cuarto, no lo quiso. Todo cuadró hasta el día de su boda; al ir a firmar los papeles descubrió su desgracia: el nombre de la novia elegida especialmente no era E... sino Helena.

  El astuto
«Jeeessiiica95, con tres es y tres íes y noventa y cinco; Jeee —tres es— ss —dos eses— iii —tres íes— noventa y cinco; Jeee…». La tres monedas de euro que acaba de sacar de debajo del armario tintinean en el bolsillo de Fahd. Baja la calle dando saltos y recitando de memoria: «Uve doble, uve doble, uve doble, fotolog punto com, barra. Jeee —tres es—…» Lo hace para que no se le olvide la dirección antes de llegar al Cíber de la plaza, como le ocurrió la vez anterior que en clase pudo captarla al vuelo. «Fotolog… Jeeessiiica95 —tres…»


Poesía urbana
¿Por qué compraba pinzas de colores si luego, cuando tendía, las sacaba de la cesta alargando el brazo hacia atrás, sin mirar siquiera un instante la que sus dedos seleccionaban?  A Gerôme le parecía la misma prosa de los anuncios, de los periódicos, de las novelas. Las palabras igualmente lanzadas al recipiente de la hoja sin ton ni son. El mismo caos que el tráfico en las avenidas de París. No tendía Gerôme por ayudar a su madre, sino para ofrecer poesía desde el patio de vecindad; soñaba que la armonía cromática entre pinzas y ropas encandilaba algún corazón desconocido.


Me desgarra el corazón
Llegaron a las puertas del recinto de la Alhambra una bochornosa mañana de verano. El guía les había dejado solos mientras retiraba las entradas. «Es muy bonita, ya verás», decía Brunhilde, animosa como siempre; «una ricura —subrayaba Mathilda con voz aflautada—, mira qué fotos en la guía». Helmuth insistía en su desánimo. No hay aquí dentro nada que me resucite, iba diciéndose camino del monumento, cuando al pasar junto a un abedul del jardín tuvo una idea que le rejuveneció. Sacó una navajilla y sobre la corteza grabó en cinco palabras sus obras completas: Das zerreißt mir das Herz.


El corrector
«Ningún escritor contemporáneo sabe escribir» —clamaba Ignacio Hechebendría a las enfermeras mientras repartía por la habitación folios de la novela cuyas pruebas de imprenta corregía. Acababa de cumplir 75 años, 50 de los cuales había dedicado a enmendar originales: era su argumento de autoridad. «Un premio Nobel, tres Cervantes, incontables Nacionales. Ninguno sabe escribir. El archicélebre Casín escribe osco, sin hache; y el académico Louroño en el aplaudido libro El desafuero escribe tres veces gorjear con dos ges». Se lo repetía a quien le escuchara, médicos, enfermeros o celadores. «Algún día escribiré un libro para contarlo» —fueron sus últimas palabras.


Episodio inédito en la obra de Joaquim Maria Machado de Assis
Sus dedos temblorosos rebuscan en la bolsa de cuero y una tras otra encuentran las tres monedas que deja sobre el platillo de porcelana. Tintinean. Igual que cada mañana, pero como si fuera la primera vez, advierte al servicio de que si aparecen los achaques vayan rápidamente en busca de su sobrina. Sobre la cómoda les deja el importe del billete de tranvía. Al anochecer, cuando regresa renqueante y exhausto a su estancia, las monedas han desaparecido. En otros tiempos, Carolina hubiera echado a todos los criados. Joaquim sonríe. Piensa que le sale barato: cada día compra un día más.


Variaciones sobre un tema de Blai Bonet
Un timbre amarillento devuelve su espesura de yeso que ha cuajado al rellano. Aquella pesadez blanca, húmeda, tiznada por voces distantes que atraviesan muros, esculpe cada movimiento. Los dos, Kenneth y Keegan, se miran a los ojos; tardan en abrir, y una mano se posa sobre la espalda, atrayéndolo con ternura hacia el pequeño fuego —apenas cuatro palos, hojas secas, unos cartones viejos— que se acababa de prender en aquel rincón de la noche. Si la ternura es la cara opuesta de la lujuria, cuando la moneda echa a rodar por el aire lo que quedará escrito siempre es incierto.


Århus
Sale del hotel el sábado al atardecer para dar una vuelta por la Ciudad Antigua. El camión con su mudanza no llega hasta el lunes; y el mismo lunes por la tarde se inaugura la oficina de la filial que le han encargado dirigir en Aarhus. El fin de semana es un cuenco vacío, se dice  Lennart Grønkjær, ansioso por resolver los problemas que se le vienen encima. «Tantas cosas por hacer y no poder adelantar nada hoy.» De plaza en plaza, deambula por calles solitarias como empujando el día fuera del tiempo: qué desperdicio de jornada para su currículum.



Caligrafía de la mañana
Sobre la acera  se lee la caligrafía de la mañana: las sombras de los árboles dejan estrechas franjas para que el cálamo de la luz trace sus efímeras inscripciones. Alguien, que se ha desprendido de un cigarrillo, inserta un humeante diacrítico entre la pureza de las líneas solares. Servilletas y pañuelos de papel arrugados conviven con las hojas de los plátanos, arremolinados por el viento de la víspera; se esparcen sobre los jeroglíficos matinales como signos de un humilde alfabeto que aguarda el final de las civilizaciones para imponer su pequeñez, su cualidad de hormiga gráfica, tan insignificante como perenne.




Es capaz de destrozar frases con los zarpazos gramaticales de su ruso. Nikita —le dicen— di tal palabra, y la repite para que se rían. Después sale corriendo y enlaza una pelota a sus pies. Cuando chuta la defensa rival se lanza al suelo para evitar encuentros desafortunados. El portero, una vez adivinada la trayectoria del cañonazo, se estira fotogénicamente hacia el lado opuesto. «Eres un poeta, Niñita». Todos, incluso él mismo, creían que su vitalidad no tenía fin hasta que alguien le susurró: «Oye, que Paola se ha enamorado de ti». Le alcanzó la melancolía; las defensas rivales respiraron.


Los tranvías
Desprecia los tranvías. Ohelah prefiere caminar durante horas por las calles de Estambul desde el supermercado donde trabaja. Soporta con paciencia los grupos de niños que le salen al paso para molestarla de algún modo, transige con los vendedores ambulantes que la asaltan en las aceras, procura no tropezar en el empedrado ni perderse por las callejas que toma para ir escribiendo con sus pasos, sobre un mapa imaginario, el nombre dulce del amado: AASHIQ. Tras rodear la plaza que dibuja la Q, se siente abandonada por la vida y espera a que el primer tranvía que pase la recoja.

Cuentos de amor
Frente a las iluminadas vitrinas donde las mujeres disimulan su tedio en los edificios del Barrio Rojo de Ámsterdam es fácil identificar la figura desmejorada del cuentista Peter van Naakt con una libretita en la mano. Creador de un código alfabético de desnudeces, acude diariamente a las calles del distrito para escribir al dictado de las ropas íntimas, tatuajes, teñidos y gestos de las prostitutas. Pese al interés que algunas revistas para hombres mostraron por publicar sus obras cuando un diario le entrevistó para la sección de Ocio, todas acabaron desestimándolo tras comprobar que se trataba de cuentos de amor.


Passer domesticus
Atléticos, los gorriones —humildes habitantes del cielo de la ciudad—dibujan rayotes sobre el vacío de la hora. Pían, y su piar desacompasado ocupa el hueco que dejan los esporádicos vehículos que circulan. Carecen de prestigio estos pajarillos feos, desconfiados, tristes. Ross camina por las aceras que el verano aletarga, busca el cielo entre los edificios por adivinar en sus posos las señales del día y los descubre, trazando diagonales entre azoteas con tanta indiferencia. Se dice: «Merecerían un buen poeta. De hecho, los dos lo mereceríamos. Los gorriones en busca de almas y yo detrás de un buen trabajo.»

El invierno
En las rodillas, sobre los hombros, hacia los brazos, el invierno escribe su prosa en los huesos del padre Slawoj. Las trizas de niebla le caligrafían la pierna, dentro del muslo. Aunque no será él quien pague la factura del gas este mes, ha apagado la calefacción una hora antes de partir. Aguarda en la rectoría junto a las maletas la llegada del taxi. Ha pinzado los extremos de la cremallera y se ha cerrado la chaqueta. Arranca unas cuantas borlas de lana y las reparte por la estancia, por corregir puntuación, acentos y diacríticos en la ortografía del frío.


Charcos
Al caminar por la avenida el paraguas —como celestina en pista de baile— empareja la mirada de Takuma  たくま con los charcos. Su intimidad crece alimentada por la lluvia. Le seduce la piel que motean círculos fugaces y también las impurezas que los charcos atesoran: hojas que amarillean y hojas secas, colillas blancas y colillas oscuras, pedacitos de celofán, papelillos arrugados de diversos tamaños, plásticos nómadas, una brizna de silencio y, cuando se inclina para observar a fondo sus secretos, la imagen de su rostro bajo el paraguas. Cada charco parece un pequeño recipiente de sílabas. Trata de llegar a diecisiete.


Poética: ¿cuántas palabras entran en un cuento de cien palabras?
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuna, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y una, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y una, cincuenta y dos, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y


Ventas
Se sienta en el escalón, bajo el porche de un café. El atadillo de paraguas lo deja apoyado cuidadosamente contra una columna. Ha de retirar las piernas para que aparque un coche cuyo conductor no quiere andar demasiado hasta la barra. En el pañuelo donde guarda las monedas cuenta el resultado de las dos ventas tras una mañana de caminar el barro de las calles de Duala. Victorine sabe que la jornada no le da para un refresco. Lo dibuja con un dedo sobre la arena y su imaginación se lo bebe. Luego, al levantarse, se golpea con el parachoques.

Luciérnaga
«No tengo paciencia para aprender a escribir todas las palabras. Con la cantidad de palabras que hay, enséñame sólo las importantes.» «Esto no funciona así, Xênia.» «No te rías, pánfila; aunque analfabeta, también yo fui jovencita y garbosa, ¿o es que crees que siempre anduve así de vieja?» «Es que se enseñan las letras, no las palabras.» «¿Y para qué sirven las letras si no es para escribir palabras?» «Pesada.» «Además, enseguida llegará un cliente y me dejarás a verlas venir; eres la preferida de la casa.» «Te haré caso. Empecemos: ¿cuáles es para ti la palabra más importante?» «Pirilampo

哑巴 (Yâ Bā. El mudo)
«¿Qué es eso?», preguntan a coro los tres compañeros del grupo ante la impenetrable grafía. Yâ Bā escribe debajo, en castellano, «poema». «Profe, Llabá ha escrito un poema». «Y ha escrito la palabra poema», se fija la profesora cuando pasa a su lado. «Llabá es un poeta». «Por eso nunca habla». «Y mira tan triste». «Llabá, ¿de qué es el poema?» Yâ Bā tuerce un poco los ojos y se esfuerza por no fijarlos en ningún lugar, pero no dice nada. Raquel sigue preguntando. Betty le pide la hoja del cuaderno. Yâ Bā la arranca. Se la entrega.


Pequeño cuento de Año Nuevo
Se levanta temprano para mirar el cielo. El día amanece nublado, metálico. No hay mañana más solitaria que la de Año Nuevo, piensa Ziza. Cree intuir —antes que ver— un pálido reflejo dorado entre las nubes grises. El sol que se abrirá paso en su vida; esas cursilerías la reconfortan. En la casa familiar le espera comilona y aburrimiento. Después quedará con las amigas del taller. Al cine. «Qué asco —redacta en su blog— igualito que si fuera el año pasado». Entre sus piernas pasa caracoleando un pececillo de plata. Reacciona rápido, lo aplasta con la zapatilla: Feliz año, bicho.



[2008]

Mondaduras (Adenda 03)

ÉTICA


La pureza es un helado de limón en la mano de una niña que corre calle abajo en busca de un amigo con quien compartirlo. Es el amigo que se da la vuelta al oír su nombre y en el gesto de aburrimiento dibuja de repente una sonrisa capaz de derretir todo un iceberg. Es el iceberg del polo sur que el cambio climático empuja a la deriva de los vientos, una montaña de fulgor blanco que añora el continente helado que lo vio partir. Es el helado de limón que los dos han compartido una vida en la memoria.


MORALIDADES


Lo que se dice dentro nada tiene que ver con lo que se oye fuera. Fuera está el ruido, la feria, tiovivo de las sensaciones que arrastra toda quietud hacia un destino incierto. Se une al griterío de la intemperie, a su sordera. La que otorga razones para abrir los ojos y querer oír el matiz de un sonido en la nube que se dibuja en el cielo. Lo que se oye fuera nada tiene que ver con lo que se ha dicho dentro. Dentro, el pecho alienta la pureza con la que las palabras son pronunciadas. Su cauta entrega.


METAFÍSICA


A veces, entre horarios exigentes y tiempos idénticos en metros y autobuses, durante días de una semana como cualquier semana en la laboriosa ciudad, a veces solo aportan novedad, mudanza, invención, sorpresa las palabras. Solo las palabras. Las que vuelan con las hojas en las calles donde sopla el viento. Las que uno se dice a sí mismo cuando se sueña. Las que quedan escritas en la servilleta de un restaurante tras salir por la puerta sin siquiera recordarlas. Las que susurra el atardecer desde las cañerías y el cableado telefónico que cruza las fachadas de los edificios, a veces.


FENOMENOLOGÍA


La escritura de la madrugada filtra una hebra de luz entre las consonantes; y las vocales, aún por despertar, se mueven inquietas en el pensamiento. El reflejo de las flores silvestres, que desde el sábado habitan un jarrón sobre la cómoda, avanza por el aire todavía en pijama. La ropa me espera engalanando una silla, que se mira en el espejo del armario y se ve como le gustaría aparentar siempre. Las aves continúan desaparecidas en el incógnito lugar donde pasan las noches y en un lejano hangar un conductor arranca el autobús de línea al que he de subir.


ESTÉTICA


El pianista multiplica sus dedos sobre las teclas y las notas dibujadas por solo dos manos ocupan en un instante detenido el hueco del teatro con mínimos gusanos luminosos. Ni un solo rincón queda sin la luz sonora de la música. Y una vez ensanchado el espacio, una vez vaciado el espacio de mero espacio, llaga la voz. Su temblor al vestir cada palabra. La inflexión que pide una consonante, las vocales. La dicción se tumba sobre la hierba de los oídos a contemplar el cielo de los significados incomprensibles. La voz, túnica que cubre el cuerpo de las palabras.

[Julio, 2018]

Hopperiana


01
El ademán administrativo de la farola encendida tramita con insectos el movimiento de la salamandra. Ufano de su geometría, el enladrillado de la tapia mal iluminada descredita la libertina idea de laberinto. En el círculo de maleza que se dibuja al pie, un roedor con mono de camuflaje juega al solitario y de vez en cuando lanza una carta con mohín irritado, sin que nadie sepa cómo le va la partida. A lo lejos, un perro le ladra a la luna. La oscuridad urde, aunque sin propósito. Nada existe más ajeno a la experiencia del vigilante nocturno que lo inesperado.

02
A sí misma se contempla en el reflejo de los cristales, larga melena. Con destellos de oro. Cuajada de grano. En la ladera bascula a capricho de la brisa. Se gusta, marea amarilla. Don. Cuarteada por el espejo de los vanos donde se mira, incapaces de captar su extensión, que es también la vastedad del verano. Hay gritos de chiquillería alrededor del estanque y una larga mesa con el mantel anudado a las cuatro esquinas. A sí misma se mima, sin descubrir por qué las ventanas permanecen cerradas. Ni por qué un rumor mecánico ahoga el canto de los pájaros.

03
Al levantarse de la silla frente al caballete, artista maduro y posiblemente impedido, el tiempo le habrá dado un codazo al bote de los morados derramando sobre el cielo el color que lo inflama. Cada día un poco más torpe, reflexiona, al alzar los ojos por encima de la alameda antes de echar la llave a la primera bomba de gasolina. Cada día un poco más qué, piensa frente a la segunda. Y ante la tercera se detiene. No han parado suficientes vehículos. Uno que ahora llenara el depósito compensaría la jornada. Aguarda, la vista en la carretera. Silencio. Oscurece.

04
El guante que se corresponde con la mano que sujeta el asa de la tacita de café no está sobre la mesa. Ni apretado en la mano izquierda, que permanece enguantada. En la cristalera la realidad se resume en el reflejo de la hilera de lámparas que iluminan el local. Un radiador de pared, junto a la puerta, se ve cuestionado al comprobar cómo la joven no se ha quitado el abrigo ni la pamela. El camarero, al otro lado del salón, la mira decepcionado. La muchacha observa la noche en su taza. Cuando la haya bebido, seguirá la noche.

05
Luz para insomnes, dicen. Tantos palés de ladrillos, la hormigonera sin descanso y la pericia de los albañiles para ir trazando un círculo que ascendiera al cielo. En la biblioteca pedí un volumen de arte babilónico. En verano colocan un ventilador delante de los anaqueles con los libros que nadie lee. Las páginas corren solas. Es como leer en un avión mientras me informaba sobre las grandes torres de babel. La nuestra, una vez alzada, se ha quedado muda. Solo la iluminan para los noctámbulos, que desde lejos no ven el farolillo que dejo encendido en el porche mientras duermo.

06
El oleaje quieto del terciopelo azul del telón y los flecos tan verdes como hieráticos observan. Mientras el operario no baje la palanca que oscurezca la sala y alce la que libera el escenario, la luz excesiva de la platea la convierte en involuntario teatro. Por los corredores avanzan actrices y actores a pesar suyo, concentrados en memorizar un número de asiento que conocen de memoria, empeñados en contrastarlo con la realidad, estudiosos del programa de mano. Personajes cabizbajos ante los ojos de las lámparas y el ojo del cíclope que ha de conmutar su pena durante hora y media.

07
Hay un violín oculto en el silencio de la noche dentro del pasaje subterráneo. Crepitan los tubos de calefacción al enfriarse. Un temblor metálico de persianas bajadas cruje cuando las roza una corriente. Nada oye quien camina, ensordecido por el eco de los pasos al golpear el pavimento. Suena un violín encubierto en el laconismo con el que el camarero del turno de noche vierte en el vaso con hielo un licor. Tampoco se percibe, ahogado por la plegaria que rezan, acodados en la barra, los escasos clientes. Una melodía que se olvida en el cenicero, junto a las colillas.

08
Farmacia de guardia en la avenida, un forúnculo de luz que irrita la piel de la noche. Ante su desvelo se arremolinan en la acera los indolentes que aborrecen el día y beben para que no amanezca nunca y los ansiosos que empuñan el buril de las horas hasta hendir otra muesca detrás de la puerta del tiempo. Los conductores disminuyen la velocidad al pasar frente a mujeres que les gritan las palabras de amor que solo conocen por las películas. El pintor insomne se aleja por una travesía lateral y en el cuaderno de hojas blancas escribe «Silbers Pharmacy».

[Julio, 2018]

Novi Sad Literatura Festival



Dietario de sensaciones 04



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El invierno dedica sus noches a la fabricación del blanco. En pleno dominio del negro nocturno, teje una sábana de blancura sobre el paisaje. Y cuando llega por fin la luz, su paleta de colores le resulta inútil. Ni puede pintar los árboles, que amanecen blancos; ni los campos, que se extienden blancos; ni los tejados, que lucen blancos. Solo se le permite gastar unas gotitas de marrón mezclado con una pizca de amarillo sobre los pájaros que sobrevuelan la blancura. La insistencia de la luz, sin embargo, con las horas, acaba imponiéndose y devuelve los colores a la costumbre.

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Todas las palabras son mágicas. O mejor será decir que son magos. Extraen del sombrero de unos sonidos la paloma blanca de un significado. Nada por aquí, nada por allá, dicen las palabras, y de repente sale de la nada una ristra de pañuelos anudados. Son las frases que descubren lo que existe. Que le dan sentido. Se mira a veces sin saber qué se ve, son las palabras las que le explican qué está viendo a la mirada. Uno va por la calle despistado y de pronto le dicen algo, sonríe y la piel de la realidad se estremece.

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La visita del viento estremece la superficie sosegada del cauce. Su fluir cotidiano, un ir yendo por los días ensimismado, tiembla de repente, se agita. Siente. El tiempo abandona su condición de túnel y la corriente, sin remedio, olvida su destino. Cuando la mano del viento roza su piel. Se remueve en el lecho. Vibra, se desorienta. Se daría la vuelta y regresaría a las fuentes para tumbarse en los prados de montaña a percibir el aliento de los bosques. Basta que el viento lo acaricie. La longitud se alza en una inflamación vertical que convierte el río en géiser.

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Hay un instante en el que la calma desciende sobre los cuerpos para abrigarlos y bajo su manto, mientras el sudor se funde con el sueño y las respiraciones se acompasan con el balanceo de dos actores camino del fundido final de la película, la noche susurra sonidos que parecen un bordado en la sábana del silencio. El sapo que croa en el estanque próximo. Una lechuza ulula en la nada. El ladrido enigmático de un perro. Son quizá palabras pronunciadas durante el día en un lugar lejano que llegan con atraso a los oídos, y cuyo significado desvela incógnitas.

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Se palpa los bolsillos por encima de la gabardina oscura, con la mirada revisa los lugares donde se suelen dejar los objetos —las llaves, el monedero, un pañuelo de seda— para asegurarse de que no se lleva nada consigo. Comprueba los cierres de la maleta donde ha guardado las telas negras con las que acostumbra a cubrir la realidad durante un tiempo. Ya está a punto para partir. Lo hará en el instante en el que una niña pizpireta entre dando saltos por la ventana y lo llene todo de color; todo, menos las pertenencias que sombría arrastra escaleras abajo.

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Un carro de heno detenido junto a las puertas del pajar. Los andares de realeza de un pavo que contempla escéptico la escena. El mugido interesado de la vaca al ver su enormidad. El vuelo ágil y asustado de los gorriones que picoteaban por la grupa. El paso filosófico del caballo hacia la valla donde se ha quedado el forraje. Revuelo de moscas alrededor de las ideas en movimiento. Ella, vestida con camisa de leñador y botas de montar; él, con chaleco de cuero y pantalón ajustado. El cielo azul de un set de rodaje. El Tiempo de las Baladas.

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Solo a través del frío el agua cobra forma. El calor, por el contrario, la anima a desaparecer, y desaparece. Las palabras son como el agua. La distancia las aquieta. Las ajusta a un molde. Enmudecen con el alejamiento. Y con el calor del abrazo de bienvenida se diluyen. Se evaporan. El cauce de las palabras es la conversación. Igual que el agua crea una corriente que aprovecha los desniveles para ir de un lugar a otro, las palabras, para viajar, utilizan a quienes charlan. Les acompañan. Pero agua y palabras aún tienen otro aspecto en común. Sacian la sed.

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Tierra que ampara. Oscura, húmeda. Las manos la han moldeado, no para cántaro. Para que cobije solo. Para que alimente. Sin nada más. Para que sea tierra, ella misma lo que ha sido siempre, ahora en el alféizar de una ventana. Quien le ha enseñado a la tierra lo que la tierra siempre ha sabido: a acoger. Los dos brotes han llegado deslucidos. Famélicos tal vez. Allí donde habían nacido, entre piedras, paseantes, tráfico, no llegarían lejos. Pero han tomado un autobús. Han caminado. Han subido escaleras. Un sueño. Y ahora se acuestan en la tierra que les han preparado.

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Las metáforas nacen en la piel. De la brisa húmeda que la ventana cuela. De una imagen que estremece recordar. De una caricia que se sintió durante un sueño. La piel da sentido a muchas palabras que prenden en las sensaciones del tacto. A otras que la cubren, en cantidad durante el invierno, con liviandad durante los días calurosos del verano. Y aun a términos que la explican, que la nutren, que la vivifican. Tantas palabras brotan de la fuente incesante de sensaciones que es la piel. Pero las decisivas, las que revive con mayor intensidad son, siempre, las metáforas.

50
La niebla oculta un horizonte de montañas, las azoteas, las calles. El cielo nublado ha convertido el sol en la piedra que cae al fondo de un río de aguas agitadas. Losas con las que cubren la arena de la plaza donde antes la chiquillería jugaba a pelota. Lo que no deja ver aquello que se sabe que está debajo. Ni oler, ni tocar, ni presentir. Está ahí, con una presencia ida. Con la voz ahora muda. Una noche que se ha quedado a vivir en horas diurnas. La ausencia. Un globo que se escapa de la mano del niño.

Jorge Gomes Miranda sobre «Antologia» en Público, de Oporto





Carlos Bessa sobre «Antologia» en el Expresso



José Luis García Martín sobre «Salobre» en El Cultural




«Lugares indómitos», de Fermín Herrero. Sobre «El pabellón dorado»

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