Miradas T4


40


El día del estreno ni siquiera llovió. Una tarde apacible. Daba gusto ir paseando por el parque. Tránsito escaso, entonces aquello me pareció buen augurio; cielo estrellado. Las luces sobre las cuatro puertas abiertas componían mi nombre, y en el rótulo brillaba: Astro desterrado. «Qué buen título», me dijo el empresario un día que le saludé de pasada. «Augura éxito», remató y se dio la vuelta. Es posible que estuviera riéndose de mí. A la hora, un día con el teatro cerrado hay más personas sentadas en la escalinata. Los cuatro gatos que fueron aplaudieron, pero no hubo segunda función.

41


¿O es que crees tú que yo había soñado ser como soy ahora? Vivir dentro de este malhumor constante y darle vueltas a la cabeza por ver si descubro en mí algo que reconozca como mío, una viruta donde permanezca el ápice de un deseo. Ya lo ves. La vida es una película que te dedican donde cualquiera, siempre que no sea una misma, es la protagonista. Para mí se han inventado los personajes secundarios, los de un único trazo, los que se olvidan rápido, los que se desprecian pronto. ¿O crees que a tu edad me soñaba como soy?

42


Quienes levantaron este muro que ahora nos protege nadie sabe dónde están. No porque un día partieran hacia una colonia, sino sencillamente porque su época ya ha pasado. De quienes lo derribarán un día, porque no hay obra humana que se sostenga en pie con el paso de las edades, por más que lo inquiera, nadie pronuncia una respuesta satisfactoria. Cuando se lo pregunto a los sabios, responden que su sabiduría solo alcanza la realidad. Pero si en el presente no se funde lo que ha sido con lo que tendrá que ocurrir, ¿qué extraño grano en las nalgas es?

43


Quién sabe por dónde andará. Se le hacía tan pequeño su cuarto, este patio donde había aprendido a caminar, las puertas de la casa, la calle que conduce a la plaza y la torre desde donde el sonido de las campanas describe con exactitud el vacío de cada una de las horas que retrata. Basta emprender camino en dirección opuesta al mar para que el mundo empiece a hablar. Pero también a discutir y a pelearse. De eso nos hemos protegido siempre en la comunidad. Paz a cambio de quietud. A su avidez nada de lo nuestro, ay, le servía.

44


He levantado tantas veces la copa de vino en este lugar que solo con entrar el brazo se alza, aunque no sujete nada entre los dedos. Tantos vítores he lanzado por los éxitos que alcanzaban los amigos que no bebían, tantas alegrías fomentaban la alegría esencial del vino en mis días. Que un día tuve que dejarlo para que no me abandonara a mí la vida. Ahora entro en la taberna y me sirven agua. Los colegas continúan mereciendo enhorabuenas que ya no sé si celebro. Y cuando al rato me voy, las calles siguen igual de anodinas que yo.

45


Como se desprende el humo de la llama e impregna las paredes con su halo de gélida negrura, así queda mi alma después de que al amor haya ardido con la estridencia y la intensidad de su brillo. Era mi cuerpo, al conocerle, una pila de leña seca sobre la que se sentó, distraído, a fumarse el tiempo. Una simple chispa, aquellas palabras que me dijo en latón que confundí con oro, bastaron para que prendiera la hoguera. Hay en el centro del erotismo una llamarada que parece tan consistente como los pilares del templo. Pero está hecha de aire.

46


Todos los trenes parten hacia el norte. Mi ciudad es un tope de vía. Detrás de la estación se alzan los astilleros y se extiende la playa. Más allá, un pueblo de pescadores cuyos hijos regentan pequeños comercios. Cuando llega un libro a la biblioteca, más perdido que orientado, y al abrirlo leo Londres o París o Chicago, no sé qué imaginar. Cierro los ojos y veo cruzar el Vaporcito por la bahía. No meto gran cosa en la maleta, para no arrastrar peso. Cuando creo que el tren no va a llegar nunca al andén, silba a lo lejos.

47


En ocasiones el viento arranca un pétalo a la flor más débil de la rama, y mientras el resto permanece en la corola, sujeto al círculo primordial, la ráfaga de repente lo eleva por encima de la planta y lo empuja para que recorra velozmente el espacio que dejan los frutales entre sí, y salte después sin ningún esfuerzo la empalizada del huerto y se aleje por senderos y campos aledaños que nunca había visto, hasta que la ventolera disminuye y el pétalo invierte su dirección y el aire lo deja caer, despacio, en dirección a las aguas del río.

48


Traqueteo con el bastón sobre los tablones y hasta los peces, por debajo, se asustan. También los pájaros que se esconden entre los árboles de la alameda, en la otra orilla, echan a volar por centenas cuando me oyen llegar. En casa me advierten que no cruce el puente, que no tengo edad, y a mí me repampinfla lo que me digan. La edad está en la cabeza, no en las piernas. Y ahora tengo tres puntos de apoyo, ¿de qué se quejan? He visto el río bajar con el cauce lamiendo las viguetas, ¿no voy a atravesarlo casi seco?

49


Pintora de nocturnos, la laguna refleja con exactitud el cielo en los días benignos del verano. Los montañeros se acercan hasta la orilla, pasean y desde aquí oigo cómo crujen los guijarros que van pisando. De vez en cuando alguno fuma y entre sus sombras con la mirada sigo un punto incandescente. Como una estrella que se hubiera escapado del lienzo. A veces me preguntan por parientes o amigos que han pernoctado en el refugio y siempre les digo que les pregunten a ellos por mí, que será más fácil. Se ríen y dan media vuelta para encarar el sendero.

50


No hay noches más hermosas que las de Vélez. Desde la costa llega la brisa salobre y desde la sierra desciende la fragancia de los sueños. Cuando mis dedos aprietan el lápiz y empiezan a garabatear palabras, siempre tengo doce años. Acabo de romper el celofán que envolvía el mundo y lo real brilla como un juguete nuevo. Como el agua de una fuente que brota en mitad de la montaña. Como la luz del verano cuando se tiende en el patio por las tardes a dormitar, un perro a los pies del limonero. Aunque esté lejos. Aunque sienta tristezas.

51


Ofrezco mi melena para que se pose sobre su ligereza, como si fuera yo una flor recién abierta, la mariposa. Me he quitado el alfiler que sujeta mis rizos, por si la asusta. Me quedaré quieta, como un rododendro a la sombra de una pared. La crencha que me peina será su alameda. Me miraré al espejo y dejaré que los colores del día me pinten con alegría en el gesto y una suave nota de luz en mi cabeza. El día que deje de sentirme naturaleza seré como mis padres, un armario viejo que solo atrae a las polillas.

52


La primera vez que oí el leve estrépito de un objeto metálico chocando contra las baldosas me alarmé. Pronto supe identificarlo. Es el dedal que usaba si cosía. Cada noche lo deja caer en cuanto sitúo mi sombra en el interior de la reja que custodia su ventana. Su saludo y el mío. A partir de él, aprendo a distinguir el crujido de los patrones, el rumor de las telas al desplegarse, el chasquido de las tijeras, el silbido al rasgarlas, el susurro de la aguja en el pespunte. Me habla cada uno de los sonidos que conforman su silencio.

53



La primera vez se me cayó al suelo. Salió del dedo disparado cuando, nerviosa, me di cuenta de que era él quien se había detenido al pie de la ventana. Le reconocí por su sombra, que no tuvo problemas para colarse entre los barrotes y posarse en el alféizar. Al oír el ruido, se quedó tenso, y luego se relajó. Ahora cada vez que aparece, mi dedal rueda por las baldosas y a veces hasta me pincho, porque sigo cosiendo, pero atenta solo a los sinuosos movimientos que percibo al otro lado y sé que me cuentan silencios que comprendo.

Eduardo Quina. Prólogo a la edición portuguesa de «Pássaros Extraviados»



Nota inútil: una poética de la fugacidad

 

Entre la bruma y el vuelo

Pájaros extraviados es un camino de despojamiento donde las palabras se convierten en sombras que hablan. Estamos ante una tesitura de lo efímero, de lo inestable, de aquello que se disuelve antes de concretarse en forma. Un libro que respira el instante y que con él se deshace, como el rastro de un pájaro en la niebla que se cierne en la inmanencia de la desaparición, en el límite del sentido, en el margen del mundo visible. Son poemas que no pretenden aprisionar la realidad, sino antes habitarla con la levedad de saber que todo es transitorio, y que el nombre es al final una especie de naufragio de quien escribe escuchando lo que no se ve y paciente con lo que no quiere poseer.

 

Entre el símbolo y la desposesión

El título anticipa, de forma clara, este desplazamiento metafísico, un enigma. No son simples pájaros, no son solo animales desorientados en su ruta, perdidos en su trayecto natural, en el orden del ser, sino pájaros extraviados, signos de un deambular existencial, no meramente geográfico. Existe en ellos un nomadismo que no es solo espacial, sino ontológico: están perdidos en el mundo, o quizá el mundo los haya perdido. Hay una transferencia de sentido, una ruptura con el orden natural, una negativa. Los pájaros no vagan solo por los cielos de forma caótica o desesperada, sino por las grietas del tiempo, entre los escombros de la memoria, en los intersticios de lo visible como forma de pérdida sensible del territorio en una poética de la fugacidad. Son símbolos del exilio del lenguaje, portadores de incerteza, imágenes aladas de lo que escapa a la lógica. Y el poeta, como aquel que los observa, no los fija, los sigue con la pupila ensanchada por la sorpresa: la mirada de quien sabe que ver es perder, y nombrar es ya traicionar.

 

El instante como revelación y suspensión

Todo ocurre en una delicada tensión entre lo concreto y lo abstracto, ente la imagen y su desaparición. El paisaje contemplativo, recóndito y sosegado, sirve de espejo a la interioridad diluida del poeta. Hay un lirismo contenido, casi ascético, que rechaza el exceso y la retórica, que se construye a partir de la atención radical al instante. Son pequeñas epifanías de lo efímero, revelaciones mínimas de lo que se insinúa en el intervalo de una ausencia. El vagar se convierte, de esta forma, en un modo de resistencia al sentido cerrado, a la lógica de la significación dominante.

         El tiempo, aquí, no es lineal ni narrativo: es una suspensión que brilla y desaparece antes de ofrecerse al discurso. Una fijación vibrante de un tiempo que emerge y se retrae: el espacio de una aparición. La contemplación y meditación del decir en la mirada sosegada sobre el instante, la penumbra, y la veneración.

 

Entre el silencio y el vacío

Desde un punto de vista filosófico, pájaros extraviados puede ser leído como un ejercicio de fenomenología poética. La atención al fenómeno, a lo que aparece, tal como aparece. Un resumen del significado que no se presenta como una verdad, un dogma. El saber poético es un saber del margen, del umbral, del intervalo. Es un saber que se sabe provisional, que no busca dominar, sino comulgar. Como si la poesía fuera una forma de escuchar al mundo y no un arte de la imposición de sentido. Se edifica en el silencio y en el asombro. El lenguaje poético funciona como medio de acceso a la realidad. Un acceso que no pretende dominar, clasificar o interpretar, sino solo acoger. El poeta se presenta, de este modo, como alguien que escucha más que habla, que observa más que juzga, y que se mantiene en estado de espera. Una espera sin expectativa, una especie de vigilancia poética. Un arte pictórico del verso a través de la reflexión en un impresionismo del paisaje interior. 

 

La naturaleza como reflejo de la alteridad

La naturaleza no es un escenario, sino un organismo sensible. No existen jerarquías entre lo humano y lo no humano. Antes hay simbiosis casi mística. Se advierte aquí una ética de la mirada: la contemplación como forma de respeto, el gesto poético como hospitalidad hacia lo que es otro. Cada poema se presenta como un espacio de acogimiento de la alteridad, no como objeto que ha de ser capturado, sino como presencia respetada en su transitoriedad. Hay una abertura del poema hacia la multiplicidad de sentidos a través de los que la obra dialoga con una tradición moderna y posmoderna de rechazo del discurso totalizante. No se escribe aquí para afirmar verdades, sino para registrar apariciones. La aparición, por naturaleza, no se prolonga: brilla y desaparece.

 

Deambular: seres que vuelan sin destino

Pájaros extraviados es también un tratado sobre la ausencia, enumera algunas de las afinidades artísticas y poético-literarias de Cilleruelo. Cada poema parece emerger de lo que no está. No se realizan aquí afirmaciones absolutas, sino preguntas que se insinúan como susurros. El texto no se encierra en sí mismo: se abre hacia el infinito de la lectura, hacia el abismo de lo no dicho. Y el lector, al adentrarse en ese espacio extraño, necesita también desprenderse de las armaduras de la comprensión lógica. El poeta casi no se impone: observa, camina, percibe, espera, en una actitud ética fundada en la hospitalidad del otro. Al mismo tiempo, el libro no abdica de la autoconciencia literaria. Existe en sus versos una consciencia clara del gesto poético, de la fragilidad del decir, de la imposibilidad de capturar el mundo. Esta dimensión metapoética no es un mero juego estético, sino un modo de convertir el poema en permeable a su propia quiebra. El poeta sabe que escribir es siempre perder, pero aun así escribe. Y quizá sea justamente en este reconocimiento del fracaso esencial del lenguaje donde su poesía encuentra una forma de belleza profunda y conmovedora, reinventándose a partir de esta escucha radical del mundo.

 

La fragilidad del instante

Al fin, los Pájaros extraviados quizá sean los propios poemas: vuelos breves, vagabundos, fragmentarios, que se pierden en el cielo del lenguaje, pero dejan tras de sí un rastro de luz tenue: la belleza de lo que no se puede retener: estamos ante un ejercicio de desaprendizaje del mundo, de aquello que se escribe en un pliegue entre lo que aparece y lo que se pierde. Antes que un poeta de imágenes, es un poeta de instantes. Un poeta de la ausencia presente. Un cartógrafo del extravío, alguien que acoge el deambular como modo de ser.

         En suma, estamos ante una «lección de extravíos» y, en el fondo, tal vez se haya equivocado el lector.


 Eduardo Quina

Prólogo a Pássaros Extraviados, Officium Lectionis, Oporto, 2026

[Traducción de JAC]


Sexto libro de odas


(1)


Con frecuencia he oído hablar de sacerdotes sin fe y de médicos que pierden la aptitud. No sé si mi caso resulta en algo similar. Soy orfebre. O lo fui durante años. Tuve un pequeño taller con una tienda minúscula. Pero un día aborrecí el oro. Sentía disgusto ante la plata. El lapislázuli ya no me encandilaba. Y tuve que abandonarlo porque los materiales que he empezado a utilizar para mis joyas —madera, pizarra, avellanas— carecen de prestigio. Ahora extiendo un trapo en el suelo y ordeno las piezas que nadie mira. Quizá sean los compradores quienes carezcan de vocación.

(2)


Hay un momento de la larga tarde del verano en el que la luz entristece. Aunque, por mi parte, me alegro. La mula, que ha pasado el rato rebañando hierbas entre arena reseca, comparte sentimientos con la claridad del aire. El carro, quieto bajo una sombra, sin embargo, está a punto de confirmar mis impresiones. Engancho el animal y solo con sus movimientos de ajuste los cascabeles empiezan a cantar. El camino de regreso a la aldea desoye cualquier pensamiento. Por más honda que asome la noche tras los montes por donde el sol se oculta, nada queda por decir.

(3)


Entre las piedras que trazan la circunferencia del pozo han prendido algunas matas que crecen muy finas y se estiran tratando de alcanzar el brocal, donde aún llega un ápice de luz. Cuando subo un cubo de agua, a veces su vaivén arranca una hoja que la humedad pega al zinc. Al alcanzar la altura de la polea, su verdor se ilumina con un rayo justo antes de que mis dedos la arranquen y la dejen caer al suelo, donde llega mariposeando como quien va donde no quiere ir. No puedo decir que no sepa que es mi exacto retrato.

(4)


Zumba el viento en la vela y la proa no teme a las olas que va cortando decidida con su impulso. Bajo el toldo que me cubre el cuerpo, mantengo aferrado el timón y miro a lo lejos la costa, indiferente, sin atender a nada en concreto. Los dos remos permanecen acosados en un lateral, ociosos como mis brazos. Ignoro qué pesca se dará hoy. De vez en cuando, el agua salpica sobre la madera como si tarareara una canción de juventud, de esas que se quedan en la cabeza sin que uno ni siquiera supiera que le habían gustado.

(5)


Mi padre trabajó en una estación que queda alejada de la ciudad que le da nombre. Ahí teníamos nuestra vivienda. Toda la gente que vi durante mi infancia estaba en tránsito. O esperaba para irse, o regresaba, también yéndose de inmediato. O se asomaba a la ventanilla para pedir que le llenara la cantimplora en el grifo del andén. Eran unos minutos efervescentes. Estruendo de locomotoras, precipitación de personas, voces, bultos, confusión. Después, la nada. Me hice una idea extraña de la vida de los demás, que solo duraba unos instantes. Nacían para esa vorágine y desaparecían después para siempre.

(6)


Llevo un tiempo discutiendo con él a diario. Se empeña en decirme, a cualquier hora en la que nos crucemos, que soy yo ese. Y me señala con el dedo, como hacían en la escuela los niños maleducados. Si lo sabré, que no soy yo quien se empeña en indicar. Le da lo mismo lo que le diga. Las pruebas que deje encima de la mesa. Aquellas pilas de fotografías en papel que lo demuestran. Ni las mira. Incluso algún recorte de periódico donde salgo especialmente favorecido. Nada, lo desprecia igual. Me desespera tanto su empecinamiento; ah, este maligno espejo.

(7)


Es quien deja la pelliza sobre el respaldo de la primera silla que encuentra al entrar, se despreocupa y corre a sentarse en la mesa que hay al fondo. Sonríe y baraja los naipes con la vista alzada mientras encara el rostro de quienes aún permanecen en pie, a su lado, dudando. Una lámpara industrial, que cuelga desde el techo hasta situarse justo encima del tapete verde, ilumina sus manos diestras y ágiles al mezclar las cartas, el resto de la habitación permanece en penumbra, no existe. La realidad se va reduciendo a una sola dimensión y un único instante.

Intemperies


uno


Tantas veces como he intentado escribir una simple palabra sobre la hosquedad de la roca, con el bolígrafo corriente que llevo en el bolsillo interior de la americana. Sobre las losas en el atrio de los edificios antiguos que visito. Sobre el asfalto de las avenidas, a la sombra de los plátanos, entre coche y coche aparcado. Aquello que en el papel tembloroso y efímero hubiera permanecido legible, la simple caligrafía de un vocablo que lo inmutable se niega a aceptar. Me agacho, fricciono con rabia, pero al levantarme nadie ha dejado ningún mensaje en la piedra. Sobre lo áspero.

dos


Entre los paneles de cañizo del techo se abre una grieta que encuadra, en un cachito del cielo nocturno, un puñado de estrellas de alguna galaxia. Tumbado sobre la alfombra de bambú, quien descansa permanece ajeno a la araña que acecha al insecto que pueda colarse por el orificio. Ulula una lechuza en algún rincón frondoso. Tampoco lo oye el durmiente. Lo mismo ocurre con las líneas que trazo a diario sobre la mesa de dibujo, ante una ventana que suelo mantener cerrada para evitar los sonidos urbanos. No me sirven para despertar en la cabaña junto a un bosque.

tres


Zarandea la puerta, hace temblar los cristales de la ventana, aúlla en los rincones como un animal enfurecido y si existe paso, revuelve cuanto encuentra. Las hojas del manuscrito sobre la mesa, convertidas en una nevada por toda la sala. Las ropas del día, que se doblan sobre el respaldo de una silla, dibujan cuerpos imposibles por el suelo. Los jarrones temen por su integridad. Los marcos con fotografías de recuerdo caen desmemoriados bocabajo, con el respaldo erguido como aleta de un tiburón asustado. Tanta ira que, en el momento en el que cesa la ventisca, no sirve para nada.

cuatro


Reventados los cojines, sucio, un sofá en mitad del vertedero se yergue como una desbaratada utopía. No hay ninguna lámpara encendida a un costado, con una mesita de madera debajo, ni un reposapiés con el mismo tapizado delante. Nadie suspira al sentarse, con la mano toma el libro que descansa en el lateral y estira las piernas. Quien camina entre bolsas de plástico y sacos de escombros tampoco se detiene. Desaparece tras un montículo. Se diría que cuando se le desprecia así, el sofá pierde su sentido, sin embargo, permanece erguido, honesto, ignora el abandono. Confía en el próximo caminante.

cinco


A veces la pluma de un cuervo aparece sobre el pedregal en el cauce seco. En el margen, entre los juncos, brillan tres solitarias margaritas amarillas. Como vecinas que han subido a la azotea en un día de sol, las nubes permanecen tendidas sobre una toalla blanca, adormiladas. Se compone la mañana con retales. Un vendedor del mercadillo con escaso género al que de pronto siento la necesidad de comprarle un significado. Le inquiero y con desgana me responde que ha agotado las existencias. Me agacho por elegir un guijarro como moneda para sufragar hoy el alumbrado de tales prodigios.

seis


De camino a alguna parte que no recuerdo, o quizá yendo a ningún lugar, lo veo a diario. Sobre un montículo, en mitad de un solar lleno de abandono. Ahora que lo pienso, el espacio es un cúmulo de contradicciones en las que tampoco reparo. Hay una verja metálica alrededor de la parcela, con una puerta sin cerradura ni candado, por la que nadie entra, ni siquiera para que el perro husmee un rato. Y sobre la elevación, un enorme panel publicitario. Anclajes sujetos a una placa de hormigón, iluminación superior y un tablero en blanco con la pintura cuarteada.

siete


He soñado que en un viaje a Verona compro en un librero anticuario un cuaderno desvencijado y comido por las polillas. Incluye en el abultado precio prolijas explicaciones sobre la antigüedad del objeto. También amplias conjeturas sobre el noble de la ciudad que fue su dueño. Sin ver el modo de acortarlas, me voy acostumbrando a la cifra que pide y no va a rebajar. He leído, al hojearlo, una fecha y un fugaz comentario, escritos ambos en inglés, que me han hecho temblar: «6 de febrero de 1594. Hoy cumple mi vida treinta años». El resto del cuaderno, vacío.

Quinto libro de odas


(1)


Le parece poco tal vez la arena prosaica del sendero y con un giro de riendas conduce al precioso alazán, cuyo sudor brilla con los rayos que la arboleda filtra, hacia la vegetación que crece pletórica en los márgenes. Espoleado por las botas del jinete, sus pezuñas pisotean plantas y flores, arranca pedazos de tierra tierna que se esparcen por la verdura ensortijados de raíces, asusta a flemáticos insectos que de repente huyen como disparos. Dicen que, enamorado, visita a la hija del vigilante del pantano, sin faltar ni un día. Si no rechaza pronto al pretendiente, arrasa nuestro paisaje.

(2)


Le llaman en la aldea el Guapo. No es que lo sea más que los demás, pero se esmera. Cuando una furgoneta levanta una polvareda en el camino, es a él a quien le trae un paquete. Una camisa, unos pantalones, un pullover. Hasta que no me lo explicó, nunca había sabido a qué se refería la gente cuando decía pullover. Lo mismo ocurre cuando nosotros decimos despique y los de ciudad no nos entienden. El Guapo pretende ser como ellos, empeñados en dejar memoria de sí mismos. Y nada hay más perecedero que verle pasar engalanado por la plaza.

(3)


De todos los lugares extraordinarios a donde he ido, quedándome la mayor parte de las veces boquiabierto ante tanta belleza, he vuelto. No se trata nunca de un ir al monte, al lago, al altiplano, sino solo de visitarlo. Llego, admiro y parto. Durante unas horas vivo en el espejismo de habitar el lugar distante. Por esta razón, recorro una y otra vez las calles de la ciudad que me acoge o repito el paseo por la misma vereda. No intento engañarme, sino sentir el espacio tal como lo ve quien transita a diario y sueña con conocer mi ciudad.

(4)


Me apetece bajar a la playa. El pueblo se construyó en la ladera por miedo a los piratas que infectaban la costa. Y ahí se ha quedado. Lo malo de tomar un vino en el chiringuito no es ir, sino volver. Se sale con una alegría que ignora el regreso. Pero choco de repente con la barra cegada por tablones y una cadena brillando en el atardecer. Solo me queda sentarme en la arena y tirar piedrecitas a las olas. Sin bebida, sin conversación, lanzo deseos al mar con la esperanza de quitármelos de encima para luego enfrentar la cuesta.

(5)


Cuenta que en aquel entonces comía piedras. Las retenía en la boca durante horas y así lograba, despacio, deshacer lo que los siglos habían juntado. Nadie le cree cuando lo explica, pero le escuchamos embobados. Alimentarse con rocas, insiste, es tan natural como comer hierbas. Aquí alguno le discute, pero enseguida le cede la razón. Y añade que aún, de vez en cuando, si se aburre cuando va de una población a otra, se echa un guijarro a la boca y lo chupetea como si fuera un caramelo. Y de nuevo nos camela y pide otra ronda que tampoco paga.

(6)


Que la casa donde se llama está vacía se sabe desde el instante mismo de golpear la puerta y percibir detrás del gesto una clara resonancia a hueco, seguida de un intenso silencio alrededor. Aun así, quien ha caminado hasta el lugar con la ilusión de un abrazo y quizá, también, de alzar una copa de vino por el encuentro, no puede asumir la idea de que frente a su propósito no haya nadie. E insiste. Y recibe el mismo retumbo y exacta desgastada quietud. Se da la vuelta. El cielo, nublado. La senda de regreso, fastidiosa. El ánimo, hirsuto.

(7)


El viejo aprendió a tocar la mandolina para animar las fiestas cuando era joven. Y con eso ya le basta. Se conforma con marear los tres únicos acordes que conoce. Va cambiando las letras, pero la melodía es siempre la misma. Cuando se olvida el instrumento en casa, alguien desde la puerta de la taberna asoma la cabeza y manda a un chaval cualquiera que vaya y lo traiga. El viejo ameniza las tardes y hace llorar a los de su quinta. A los demás nos atraviesa los tímpanos con inmisericordia. Menudo fastidio, sin el que sería más tedioso vivir.

LOS SUEÑOS DE GUERAU


SUEÑO 01


El techo sella pasos 
de alguien en otro piso
                               G de L.
 
Sé que estoy solo en casa porque me acompañan las tareas de quien habita el piso que hay sobre el mío. Me he sentado junto a la lámpara de pie, con un libro en la mano, y el punto en la misma página donde lo abandoné la víspera. Sobre mi cabeza, la métrica de los pasos, que levemente resuenan en el silencio, desgrana una difusa historia. Del cuarto a la sala, y de esta a la cocina. Y mientras permanezco quieto, se levanta mi pensamiento y recorre el pasillo que conozco en otro que desconozco. Exacta dramatización de mis irrealidades.


SUEÑO 02


Arañas el ocaso de amatista
                                        G de L

Un campo de lavanda, la luz del crepúsculo. Casulla púrpura en la sacristía. No son más que vocablos y al tiempo parecen espejos. Un cielo de verano intensamente morado. Nunca he conseguido saber qué dicen de mí. Qué cajón de la memoria abren para encontrar qué circunstancias. Y, sin embargo, trituro amatistas verbales para encerrarme dentro, rodeado de su desposesión, inerte como el deseo conyugal de una losa de granito. Ah, collar de palabras este y todos mis escritos, cómo añoran un cuello real que al llegar la noche, se lo desabroche con descuido y lo abandonde sobre una cómoda.


SUEÑO 03


Como el niño que quiere arrebatar la luna
                                                             G. de L

Ya madurará, le decía madre a padre cuando ambos se desesperaban ante mis impericias de niño seducido por lo evanescente. Ya le crecerá la mollera. Contemplaba la fruta madura en el cuenco del postre e imaginaba así mi final, como una saturación de textura, color y gusto. No es que lo pensara con estas palabras, sino que después, cuando adquirí los conceptos, seguía siendo el mismo. Y sin que exista ya quien pueda afearme el comportamiento, sigo sin haber aprendido las reglas de la vida adulta, ni las más obvias. Aunque ahora me toque a mí recriminármelo a mí mismo.


SUEÑO 04


Con aquella memoria he escrito un cuento
                                                                G.de L.
 
El tres de enero, de un año que confundo con otros, dormitando en un pajar oí un ruido afuera. Con el susto, agarré el macuto y quise incorporarme. La puerta se abrió antes de que lograra ponerme en pie. Quería salir volando y arranqué en cuclillas la carrera que detuve. No era un malhumorado campesino con un garrote quien me miraba. No había nadie. Quizá el viento la empujara. Vi entrar una luz que de inmediato vestí con un jersey de lana sobre una suave piel. Una voz sonó con dulzor. Un aroma a pan recién horneado que nunca percibí.


SUEÑO 05


Es un Guerau idéntico a mí cada persona
                                                            G. de L.
 
En el paso de peatones de una gran avenida comercial, cuando la mudanza de color –del rojo al verde se convierte en pistoletazo de salida, tantas personas que no soy yo me ven enfrente y avanzan hacia mí, que camino hacia ellas porque no soy ellas. En este momento, sus identidades y la mía parecen diáfanas. Pero en el centro de la avenida, cuando quienes se dirigen a calzadas opuestas se entreveran en resquicios que solo surgen para no colisionar unas con otras, en ese instante no puedo ya decir que no sea cualquiera de ellas, pues ignoro quién soy.


SUEÑO 06


Con un jersey precioso de flores y sortijas
                                                                G. de L.
  
La tarde se ensimisma y ya no atiende a tránsitos ni a necesidades. Han cerrado el súper y la ferretería, los niños han desertado del columpio, un taxi aguarda en una esquina un quimérico viajero que nunca soy yo. Qué poco dura así la tarde, aún húmeda de luminosidad y silencio, vestida de sport, con zapatillas ligeras y la melena recogida en una coleta. La hora se apropia de mis palabras y me ruega que la dibuje en el cuaderno como quien desde la soledad escribe una carta de amor e imagina, entre líneas, la conversación que solo amputada existe.


SUEÑO 07


Quien seré en el futuro me alborota
                                                    G. de L.
  
Nada hay en el paisaje que altere la ruta ferroviaria. Abstraída en su propia efervescencia mecánica, la locomotora transita indemne al fulgor exterior, aunque en su interior albergue una maleta de vendedor ambulante de miradas. Entre ellas, la mía. Cuando viajo, no sé muy bien dónde reposar el pensamiento. Con frecuencia abro un libro del mismo modo que el loro se sujeta a la única barra que cruza el breve espacio de su jaula. Eso es el presente. Pero resulta peor el futuro, que es donde se refugian los remordimientos y la pesadumbre por lo que ya no ocurrirá nunca.


SUEÑO 08


Un arlequín minúsculo patina en cada ojo
                                                               G. de L. 
 
Persianas de comercio, los párpados se abren a una hora y se cierran cumplida la jornada. Se construye el mundo a imagen del cuerpo mientras se explica que el modelo es el alma. De ahí que las encrucijadas de caminos sean el origen de tantas poblaciones, donde se plante una cruz, la vida parece a cobijo de la penosa condición de ser mortal. En algún momento no quise abrir los párpados solo para registrar en la caja las ganancias de lo mirado. Enganchar un cartel alquilándolos tampoco era la solución. En la pista de patinaje, una tarde invernal, descubrí otra.


SUEÑO 09


¿Endecasílabos o alejandrinos?
                                        G. de L.
  
-Lo que se dice una aventura.
-Diría sin dudarlo que épica.
-¿Épica? ¿Por qué?
-Sí, una gran aventura épica.
-Ni se me había ocurrido. Aunque pensándolo bien, mejor lírica.
-En absoluto. Lo que me has contado carece de lirismo.
-¿Nada?
-Sustancialmente nada.
-¿Hay más épica?
-Desde luego.
-Pues no recuerdo haberlo vivido así, épicamente.
-Estoy convencido.
-¿Cómo puedes estar seguro, si no fuiste tú quien la vivió?
-Pero me la has explicado.
-¿Épica?
-Sin duda.
-Pues, ¿sabes qué? Te la conté mal. En algo debí de equivocarme.
-Claro: en vivirla.
-¿Yo?
-Que te pasara a ti es echarla a perder.


SUEÑO 10


Quisiera ser como una breve senda
                                                G. de L. 
  
Que atraviesa la frondosidad de un bosque de castaños en verano. Que serpentea por la ladera de un monte de mediana altura. Que se estremece en la umbría gótica del encinar. Que circunda los campos de trigo recién segados. Que comunica, lejos de la carretera, pueblos vecinos. Que recorre el perímetro completo de un lago. Que conduce a los peregrinos cansados hasta el refugio. Que asciende hasta los picos más altos de la cordillera. Que entrega en cada recodo los secretos de la marisma. Que continúa la orientación de los acantilados desde su cresta sin asomarse nunca a su escarpe.

Miradas T3


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Para vestir santos. Es lo que decían los murmullos pronunciados para que no los oyera, aunque costara poco saber lo que insinuaban. Ni he vestido santos, ni he remendado calcetines de nadie. Habré escuchado runrunes al pasar, pero los prefiero a broncas y reprimendas. Es cierto que no ha existido un hombre y su apellido en mi vida. Y menos mal. Prefiero la diversidad de situaciones. Qué mal se entiende. Qué palabras más feas convoca. Se imponen desde el silencio con el que se pronuncian. Con el paso de las décadas, las desilusiones y los divorcios, han acabado llamándome señora.

34


Que los caminos que emprenda o concluya conozcan estas columnas no es un don. Don lo reciben los peregrinos si, con el manto hecho jirones, alcanzan a postrarse ante la piedra que les arrancó de su lugar. Don posee quien, ante la simple amapola mecida por el viento y descubierta en una azarosa mirada, adivina con optimismo signos del futuro. Mi pensamiento carece de las dádivas que enternecen el arduo empeño de quien camina. Me ampara la solidez marmórea de una casa y el tacto áspero de los muchos pergaminos que he leído. Y no consigo de ningún modo olvidar.

35


Mientras no desenrolle la carta que me deja camuflada entre las macetas del patio, no la he recibido. Luego, una vez leída, será imposible que el tiempo labre un cauce diferente a lo escrito. Antes es un simple papel, que puede pasar por una página arrancada a un folletín para envolver un arenque en el mercado. Y mientras no sea nada, podrá ser lo que desee mi pensamiento. Declarará que ha de venir y no que ha de partir; susurrará que busca mis labios en su almohada tras el toque de retreta, y no que empieza a olvidarse de mí.

36


Si no lo he dicho antes solo ha sido por miedo. Tampoco me preguntéis a qué. Ni a quién. Pánico, en general. El que se siente nada más abrir los ojos, de madrugada, y regrasa aún más punzante a la hora de acostarse. El que acecha en cualquier momento inesperado y de repente congela las palabras que debería haber pronunciado. Lo que no supe expresar. Callé. Negué. No sé si mentí. Después pensé que no declararlo era lo mismo que no haber ocurrido. Y perserveré en el silencio. Sé que no es lo que esperabais de mí. Ahora lo sé.

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Con qué descaro las palabras se comportan con los hechos. Incapaces de relacionarse de tú a tú, por la espalda los inflan o desinflan a su antojo. Y que el único propósito sea enmarañarlos para que no haya ocurrido lo que pasó, unas veces; o para que se dé por sentado lo que nunca tuvo lugar, otras. No sé para qué poseemos vista en los ojos si solo los orienta el habla. De qué me sirve mirar para no ver nada. Si al menos fuera sorda, podría disfrutar con lo incomprensible de cuanto acaece, pero que al menos ha sucedido.

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Cómo no supe advertirlo a tiempo. Luego, cuando todo se desató de manera tan desafortunada, qué fácil parecía haberlo previsto. Detener el curso de los hechos antes de que la furia los hubiera dominado por completo y el despeñarse por el acantilado de la vergüenza pública ya fuese, como cualquier accidente, irreversible. En mis manos tuve la opción y la oportunidad. La lectura de los signos lo hacía cada día más evidente, sin embargo, perseveré en el error y en la maldad, y ahora no dispongo de tela para otra túnica ni sé qué aducir en mi defensa.

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Desde que empecé a bailar no consigo detenerme. Sin frenos, cuesta abajo, dice padre, que todo lo contempla con las manos al volante. Que me aquiete, repite madre, como si estuviera en mis manos hacerle caso. Era una niña sosegada, lo recuerdo. Tal vez un poco pizpireta. Contemplativa. No porque lo fuera, sino porque aun no sabía quién era. Solo aguardaba. Como quien se detiene ante un semáforo en rojo, que diría padre. Así era antes de que me empujaran a salir a la pista en fiestas. Nunca había bailado y fue como si allí mismo me transformara en baile.