SUEÑO 01
El techo sella pasos
de alguien en otro piso
G de L.
Sé que estoy solo en casa porque me acompañan las tareas de quien habita el piso que hay sobre el mío. Me he sentado junto a la lámpara de pie, con un libro en la mano, y el punto en la misma página donde lo abandoné la víspera. Sobre mi cabeza, la métrica de los pasos, que levemente resuenan en el silencio, desgrana una difusa historia. Del cuarto a la sala, y de esta a la cocina. Y mientras permanezco quieto, se levanta mi pensamiento y recorre el pasillo que conozco en otro que desconozco. Exacta dramatización de mis irrealidades.
SUEÑO 02
Arañas el ocaso de amatista
G de L.
Un campo de lavanda, la luz del crepúsculo. Casulla púrpura en la sacristía. No son más
que vocablos y al tiempo parecen espejos. Un cielo de verano intensamente morado.
Nunca he conseguido saber qué dicen de mí. Qué cajón de la memoria abren para
encontrar qué circunstancias. Y, sin embargo, trituro amatistas verbales para
encerrarme dentro, rodeado de su desposesión, inerte como el deseo conyugal de una
losa de granito. Ah, collar de palabras este y todos mis escritos, cómo añoran un cuello
real que al llegar la noche, se lo desabroche con descuido y lo abandonde sobre una
cómoda.
SUEÑO 03
Como el niño que quiere arrebatar la luna
G. de L.
Ya madurará, le decía madre a padre cuando ambos se desesperaban ante mis impericias de niño seducido por lo evanescente. Ya le crecerá la mollera. Contemplaba la fruta madura en el cuenco del postre e imaginaba así mi final, como una saturación de textura, color y gusto. No es que lo pensara con estas palabras, sino que después, cuando adquirí los conceptos, seguía siendo el mismo. Y sin que exista ya quien pueda
afearme el comportamiento, sigo sin haber aprendido las reglas de la vida adulta, ni las
más obvias. Aunque ahora me toque a mí recriminármelo a mí mismo.
SUEÑO 04
Con aquella memoria he escrito un cuento
G.de L.
El tres de enero, de un año que confundo con otros, dormitando en un pajar oí un
ruido afuera. Con el susto, agarré el macuto y quise incorporarme. La puerta se abrió
antes de que lograra ponerme en pie. Quería salir volando y arranqué en cuclillas la
carrera que detuve. No era un malhumorado campesino con un garrote quien me
miraba. No había nadie. Quizá el viento la empujara. Vi entrar una luz que de
inmediato vestí con un jersey de lana sobre una suave piel. Una voz sonó con dulzor.
Un aroma a pan recién horneado que nunca percibí.
SUEÑO 05
Es un Guerau idéntico a mí cada persona
G. de L.
En el paso de peatones de una gran avenida comercial, cuando la mudanza de color
–del rojo al verde– se convierte en pistoletazo de salida, tantas personas que no soy yo
me ven enfrente y avanzan hacia mí, que camino hacia ellas porque no soy ellas. En
este momento, sus identidades y la mía parecen diáfanas. Pero en el centro de la
avenida, cuando quienes se dirigen a calzadas opuestas se entreveran en resquicios
que solo surgen para no colisionar unas con otras, en ese instante no puedo ya decir
que no sea cualquiera de ellas, pues ignoro quién soy.
SUEÑO 06
Con un jersey precioso de flores y sortijas
G. de L.
La tarde se ensimisma y ya no atiende a tránsitos ni a necesidades. Han cerrado el súper y la ferretería, los niños han desertado del columpio, un taxi aguarda en una esquina un quimérico viajero que nunca soy yo. Qué poco dura así la tarde, aún húmeda de luminosidad y silencio, vestida de sport, con zapatillas ligeras y la melena recogida en una coleta. La hora se apropia de mis palabras y me ruega que la dibuje en el cuaderno como quien desde la soledad escribe una carta de amor e imagina, entre líneas, la conversación que solo amputada existe.
SUEÑO 07
Quien seré en el futuro me alborota
G. de L.
Nada hay en el paisaje que altere la ruta ferroviaria. Abstraída en su propia efervescencia mecánica, la locomotora transita indemne al fulgor exterior, aunque en su interior albergue una maleta de vendedor ambulante de miradas. Entre ellas, la mía. Cuando viajo, no sé muy bien dónde reposar el pensamiento. Con frecuencia abro un libro del mismo modo que el loro se sujeta a la única barra que cruza el breve espacio de su jaula. Eso es el presente. Pero resulta peor el futuro, que es donde se refugian los remordimientos y la pesadumbre por lo que ya no ocurrirá nunca.
SUEÑO 08
Un arlequín minúsculo patina en cada ojo
G. de L.
Persianas de comercio, los párpados se abren a una hora y se cierran cumplida la jornada. Se construye el mundo a imagen del cuerpo mientras se explica que el modelo es el alma. De ahí que las encrucijadas de caminos sean el origen de tantas poblaciones, donde se plante una cruz, la vida parece a cobijo de la penosa condición de ser mortal. En algún momento no quise abrir los párpados solo para registrar en la caja las ganancias de lo mirado. Enganchar un cartel alquilándolos tampoco era la solución. En la pista de patinaje, una tarde invernal, descubrí otra.
SUEÑO 09
¿Endecasílabos o alejandrinos?
G. de L.
-Lo que se dice una aventura.
-Diría sin dudarlo que épica.
-¿Épica? ¿Por qué?
-Sí, una gran aventura épica.
-Ni se me había ocurrido. Aunque pensándolo bien, mejor lírica.
-En absoluto. Lo que me has contado carece de lirismo.
-¿Nada?
-Sustancialmente nada.
-¿Hay más épica?
-Desde luego.
-Pues no recuerdo haberlo vivido así, épicamente.
-Estoy convencido.
-¿Cómo puedes estar seguro, si no fuiste tú quien la vivió?
-Pero me la has explicado.
-¿Épica?
-Sin duda.
-Pues, ¿sabes qué? Te la conté mal. En algo debí de equivocarme.
-Claro: en vivirla.
-¿Yo?
-Que te pasara a ti es echarla a perder.
SUEÑO 10
Quisiera ser como una breve senda
G. de L.
Que atraviesa la frondosidad de un bosque de castaños en verano. Que serpentea por la ladera de un monte de mediana altura. Que se estremece en la umbría gótica del encinar. Que circunda los campos de trigo recién segados. Que comunica, lejos de la carretera, pueblos vecinos. Que recorre el perímetro completo de un lago. Que conduce a los peregrinos cansados hasta el refugio. Que asciende hasta los picos más altos de la cordillera. Que entrega en cada recodo los secretos de la marisma. Que continúa la orientación de los acantilados desde su cresta sin asomarse nunca a su escarpe.















































