Escrituras del barro

1

Cuando se han quedado vacías las butacas y el murmullo ambiental de quienes se levantan con pereza y frases entrecortadas en la boca se ha trasladado, por el corredor de acceso, a otros espacios que ya no están en la oscuridad del lugar que es otros lugares, entonces, solo entonces siento la voluntad de contemplar lo que aún no he visto. Y si tuviera una cámara, fotografiarlo. El suelo, con restos de palomitas y envoltorios. Las cortinas, deslucidas a la luz. El silencio, ahora carente de significados. El vacío, un recipiente que se lanza, conmigo dentro, al cubo de basura.

2


Las aceras no han vuelto a hablar conmigo desde que gasto calzado deportivo. Y de no oírlas me acostumbro a no transitar por las calles cuando camino. Avanzo como si lo hiciera absorto en el interior de los pensamientos, que, por otra parte, no soy consciente de tener. Debería llamar nubes a las calzadas que no se inmutan y vuelo a los desplazamientos, pero tal vez entonces no lograría expresarme con la claridad que siempre he subrayado como una virtud de la escritura. Y tampoco es cierto que sea de raíz ascética mi desaparición, quizá solo me afecte la sordera.

3


Dentro del tren de cercanías dominan los grises. El suelo gris, los plafones grises, el tintado de las ventanas gris. A veces los asientos son rojos, pero se perciben, por simpatía, también grises. Entre una parada y otra el mundo parece echarse a la carrera. El mundo es para algunos filósofos lo que manifiesta un sentido, y para otros lo visible de cuanto se ve. Nunca se ponen de acuerdo. Es una sensación estúpida ver perder el mundo. Luego, en las paradas se recupera. Hay casi tantos viajeros que entran como los que salen. Nadie está conforme con su destino.

4


De la vida en los bares he conocido el exterior. Lo poco que traslucen las cristaleras saturadas de pegatinas y carteles. No es algo ajeno a mí mismo, porque en todas las imágenes que capto de los interiores me veo a mí en medio, reflejado en el vidrio. Algo que no le ocurre a nadie entre los asiduos al local. No me miro al pasar, compruebo solo que me encuentro allí donde no estoy. Con esta satisfacción continúo mi paseo hasta el siguiente bar. No necesito entrar en ninguno para saber qué ocurre. La taxonomía es un conocimiento con límites.

5


En las afueras de la población, en un extremo del cementerio, han construido el recinto para las incineraciones. Las paredes de cristal permiten ver la cinta que transporta los ataúdes desde un extremo, donde los dejan los empleados, hasta el horno. Cuando las puertas se abren, el féretro desaparece, y al cerrarse se inicia la cremación. Las familias llegan en varios coches y se arremolinan frente a cristalera. Siguen la mecánica del proceso en silencio. Con brotes de emoción. Paso a veces por delante, pero solo miro hacia la chimenea del edificio, donde contemplo desescribirse en el aire una vida.

6


Mis estrategias a la hora de desplazarme en metro se limitan a elegir los vagones centrales, donde es más fácil encontrar asientos libres. Me gusta sentarme solo para leer. Por trayecto no suelo avanzar más de dos o tres páginas. Hay libros enteros que he completado así. Generalmente editados en octavo, de modo que pueda llevarlos en el bolsillo. Hay colecciones a las que estoy atento para reponer con otro título el concluido. La lectura tiene múltiples funciones y, entre tantas, esta me gusta especialmente: la capacidad de abstraer al lector de las circunstancias concretas del momento. Mandarlo de viaje.

7

Del televisor conozco la extensión geométrica de su negritud. Un rectángulo vacío. Con solo apretar un botón, incluso a distancia, se desbarata la percepción con un baile de formas y colores de la que es difícil huir, incluso cara a una pared, porque las imágenes llegan acompañadas por la fanfarria entera de los sonidos. Con imprimir una leve presión sobre una protuberancia mínima salta por los aires lo que existía. Los pensamientos, si asomaban, de inmediato desaparecen, diluidos en el torbellino que se fragua sobre la antigua oscuridad tibia. Se diría que su incesante despliegue solo pretende silenciar el silencio.