Quinto libro de odas


(1)


Le parece poco tal vez la arena prosaica del sendero y con un giro de riendas conduce al precioso alazán, cuyo sudor brilla con los rayos que la arboleda filtra, hacia la vegetación que crece pletórica en los márgenes. Espoleado por las botas del jinete, sus pezuñas pisotean plantas y flores, arranca pedazos de tierra tierna que se esparcen por la verdura ensortijados de raíces, asusta a flemáticos insectos que de repente huyen como disparos. Dicen que, enamorado, visita a la hija del vigilante del pantano, sin faltar ni un día. Si no rechaza pronto al pretendiente, arrasa nuestro paisaje.

(2)


Le llaman en la aldea el Guapo. No es que lo sea más que los demás, pero se esmera. Cuando una furgoneta levanta una polvareda en el camino, es a él a quien le trae un paquete. Una camisa, unos pantalones, un pullover. Hasta que no me lo explicó, nunca había sabido a qué se refería la gente cuando decía pullover. Lo mismo ocurre cuando nosotros decimos despique y los de ciudad no nos entienden. El Guapo pretende ser como ellos, empeñados en dejar memoria de sí mismos. Y nada hay más perecedero que verle pasar engalanado por la plaza.

(3)


De todos los lugares extraordinarios a donde he ido, quedándome la mayor parte de las veces boquiabierto ante tanta belleza, he vuelto. No se trata nunca de un ir al monte, al lago, al altiplano, sino solo de visitarlo. Llego, admiro y parto. Durante unas horas vivo en el espejismo de habitar el lugar distante. Por esta razón, recorro una y otra vez las calles de la ciudad que me acoge o repito el paseo por la misma vereda. No intento engañarme, sino sentir el espacio tal como lo ve quien transita a diario y sueña con conocer mi ciudad.

(4)


Me apetece bajar a la playa. El pueblo se construyó en la ladera por miedo a los piratas que infectaban la costa. Y ahí se ha quedado. Lo malo de tomar un vino en el chiringuito no es ir, sino volver. Se sale con una alegría que ignora el regreso. Pero choco de repente con la barra cegada por tablones y una cadena brillando en el atardecer. Solo me queda sentarme en la arena y tirar piedrecitas a las olas. Sin bebida, sin conversación, lanzo deseos al mar con la esperanza de quitármelos de encima para luego enfrentar la cuesta.

(5)


Cuenta que en aquel entonces comía piedras. Las retenía en la boca durante horas y así lograba, despacio, deshacer lo que los siglos habían juntado. Nadie le cree cuando lo explica, pero le escuchamos embobados. Alimentarse con rocas, insiste, es tan natural como comer hierbas. Aquí alguno le discute, pero enseguida le cede la razón. Y añade que aún, de vez en cuando, si se aburre cuando va de una población a otra, se echa un guijarro a la boca y lo chupetea como si fuera un caramelo. Y de nuevo nos camela y pide otra ronda que tampoco paga.

(6)


Que la casa donde se llama está vacía se sabe desde el instante mismo de golpear la puerta y percibir detrás del gesto una clara resonancia a hueco, seguida de un intenso silencio alrededor. Aun así, quien ha caminado hasta el lugar con la ilusión de un abrazo y quizá, también, de alzar una copa de vino por el encuentro, no puede asumir la idea de que frente a su propósito no haya nadie. E insiste. Y recibe el mismo retumbo y exacta desgastada quietud. Se da la vuelta. El cielo, nublado. La senda de regreso, fastidiosa. El ánimo, hirsuto.

(7)


El viejo aprendió a tocar la mandolina para animar las fiestas cuando era joven. Y con eso ya le basta. Se conforma con marear los tres únicos acordes que conoce. Va cambiando las letras, pero la melodía es siempre la misma. Cuando se olvida el instrumento en casa, alguien desde la puerta de la taberna asoma la cabeza y manda a un chaval cualquiera que vaya y lo traiga. El viejo ameniza las tardes y hace llorar a los de su quinta. A los demás nos atraviesa los tímpanos con inmisericordia. Menudo fastidio, sin el que sería más tedioso vivir.