Eduardo Quina. Prólogo a la edición portuguesa de «Pássaros Extraviados»



Nota inútil: una poética de la fugacidad

 

Entre la bruma y el vuelo

Pájaros extraviados es un camino de despojamiento donde las palabras se convierten en sombras que hablan. Estamos ante una tesitura de lo efímero, de lo inestable, de aquello que se disuelve antes de concretarse en forma. Un libro que respira el instante y que con él se deshace, como el rastro de un pájaro en la niebla que se cierne en la inmanencia de la desaparición, en el límite del sentido, en el margen del mundo visible. Son poemas que no pretenden aprisionar la realidad, sino antes habitarla con la levedad de saber que todo es transitorio, y que el nombre es al final una especie de naufragio de quien escribe escuchando lo que no se ve y paciente con lo que no quiere poseer.

 

Entre el símbolo y la desposesión

El título anticipa, de forma clara, este desplazamiento metafísico, un enigma. No son simples pájaros, no son solo animales desorientados en su ruta, perdidos en su trayecto natural, en el orden del ser, sino pájaros extraviados, signos de un deambular existencial, no meramente geográfico. Existe en ellos un nomadismo que no es solo espacial, sino ontológico: están perdidos en el mundo, o quizá el mundo los haya perdido. Hay una transferencia de sentido, una ruptura con el orden natural, una negativa. Los pájaros no vagan solo por los cielos de forma caótica o desesperada, sino por las grietas del tiempo, entre los escombros de la memoria, en los intersticios de lo visible como forma de pérdida sensible del territorio en una poética de la fugacidad. Son símbolos del exilio del lenguaje, portadores de incerteza, imágenes aladas de lo que escapa a la lógica. Y el poeta, como aquel que los observa, no los fija, los sigue con la pupila ensanchada por la sorpresa: la mirada de quien sabe que ver es perder, y nombrar es ya traicionar.

 

El instante como revelación y suspensión

Todo ocurre en una delicada tensión entre lo concreto y lo abstracto, ente la imagen y su desaparición. El paisaje contemplativo, recóndito y sosegado, sirve de espejo a la interioridad diluida del poeta. Hay un lirismo contenido, casi ascético, que rechaza el exceso y la retórica, que se construye a partir de la atención radical al instante. Son pequeñas epifanías de lo efímero, revelaciones mínimas de lo que se insinúa en el intervalo de una ausencia. El vagar se convierte, de esta forma, en un modo de resistencia al sentido cerrado, a la lógica de la significación dominante.

         El tiempo, aquí, no es lineal ni narrativo: es una suspensión que brilla y desaparece antes de ofrecerse al discurso. Una fijación vibrante de un tiempo que emerge y se retrae: el espacio de una aparición. La contemplación y meditación del decir en la mirada sosegada sobre el instante, la penumbra, y la veneración.

 

Entre el silencio y el vacío

Desde un punto de vista filosófico, pájaros extraviados puede ser leído como un ejercicio de fenomenología poética. La atención al fenómeno, a lo que aparece, tal como aparece. Un resumen del significado que no se presenta como una verdad, un dogma. El saber poético es un saber del margen, del umbral, del intervalo. Es un saber que se sabe provisional, que no busca dominar, sino comulgar. Como si la poesía fuera una forma de escuchar al mundo y no un arte de la imposición de sentido. Se edifica en el silencio y en el asombro. El lenguaje poético funciona como medio de acceso a la realidad. Un acceso que no pretende dominar, clasificar o interpretar, sino solo acoger. El poeta se presenta, de este modo, como alguien que escucha más que habla, que observa más que juzga, y que se mantiene en estado de espera. Una espera sin expectativa, una especie de vigilancia poética. Un arte pictórico del verso a través de la reflexión en un impresionismo del paisaje interior. 

 

La naturaleza como reflejo de la alteridad

La naturaleza no es un escenario, sino un organismo sensible. No existen jerarquías entre lo humano y lo no humano. Antes hay simbiosis casi mística. Se advierte aquí una ética de la mirada: la contemplación como forma de respeto, el gesto poético como hospitalidad hacia lo que es otro. Cada poema se presenta como un espacio de acogimiento de la alteridad, no como objeto que ha de ser capturado, sino como presencia respetada en su transitoriedad. Hay una abertura del poema hacia la multiplicidad de sentidos a través de los que la obra dialoga con una tradición moderna y posmoderna de rechazo del discurso totalizante. No se escribe aquí para afirmar verdades, sino para registrar apariciones. La aparición, por naturaleza, no se prolonga: brilla y desaparece.

 

Deambular: seres que vuelan sin destino

Pájaros extraviados es también un tratado sobre la ausencia, enumera algunas de las afinidades artísticas y poético-literarias de Cilleruelo. Cada poema parece emerger de lo que no está. No se realizan aquí afirmaciones absolutas, sino preguntas que se insinúan como susurros. El texto no se encierra en sí mismo: se abre hacia el infinito de la lectura, hacia el abismo de lo no dicho. Y el lector, al adentrarse en ese espacio extraño, necesita también desprenderse de las armaduras de la comprensión lógica. El poeta casi no se impone: observa, camina, percibe, espera, en una actitud ética fundada en la hospitalidad del otro. Al mismo tiempo, el libro no abdica de la autoconciencia literaria. Existe en sus versos una consciencia clara del gesto poético, de la fragilidad del decir, de la imposibilidad de capturar el mundo. Esta dimensión metapoética no es un mero juego estético, sino un modo de convertir el poema en permeable a su propia quiebra. El poeta sabe que escribir es siempre perder, pero aun así escribe. Y quizá sea justamente en este reconocimiento del fracaso esencial del lenguaje donde su poesía encuentra una forma de belleza profunda y conmovedora, reinventándose a partir de esta escucha radical del mundo.

 

La fragilidad del instante

Al fin, los Pájaros extraviados quizá sean los propios poemas: vuelos breves, vagabundos, fragmentarios, que se pierden en el cielo del lenguaje, pero dejan tras de sí un rastro de luz tenue: la belleza de lo que no se puede retener: estamos ante un ejercicio de desaprendizaje del mundo, de aquello que se escribe en un pliegue entre lo que aparece y lo que se pierde. Antes que un poeta de imágenes, es un poeta de instantes. Un poeta de la ausencia presente. Un cartógrafo del extravío, alguien que acoge el deambular como modo de ser.

         En suma, estamos ante una «lección de extravíos» y, en el fondo, tal vez se haya equivocado el lector.


 Eduardo Quina

Prólogo a Pássaros Extraviados, Officium Lectionis, Oporto, 2026

[Traducción de JAC]