Nota inútil: una poética de la fugacidad
Entre
la bruma y el vuelo
Pájaros
extraviados es un camino de despojamiento donde las palabras
se convierten en sombras que hablan. Estamos ante una tesitura de lo efímero,
de lo inestable, de aquello que se disuelve antes de concretarse en forma. Un
libro que respira el instante y que con él se deshace, como el rastro de un
pájaro en la niebla que se cierne en la inmanencia de la desaparición, en el
límite del sentido, en el margen del mundo visible. Son poemas que no pretenden
aprisionar la realidad, sino antes habitarla con la levedad de saber que todo
es transitorio, y que el nombre es al final una especie de naufragio de quien
escribe escuchando lo que no se ve y paciente con lo que no quiere poseer.
Entre
el símbolo y la desposesión
El título anticipa, de forma
clara, este desplazamiento metafísico, un enigma. No son simples pájaros, no
son solo animales desorientados en su ruta, perdidos en su trayecto natural, en
el orden del ser, sino pájaros
extraviados, signos de un deambular existencial, no meramente geográfico.
Existe en ellos un nomadismo que no es solo espacial, sino ontológico: están
perdidos en el mundo, o quizá el mundo los haya perdido. Hay una transferencia
de sentido, una ruptura con el orden natural, una negativa. Los pájaros no
vagan solo por los cielos de forma caótica o desesperada, sino por las grietas
del tiempo, entre los escombros de la memoria, en los intersticios de lo
visible como forma de pérdida sensible del territorio en una poética de la
fugacidad. Son símbolos del exilio del lenguaje, portadores de incerteza,
imágenes aladas de lo que escapa a la lógica. Y el poeta, como aquel que los
observa, no los fija, los sigue con la pupila ensanchada por la sorpresa: la
mirada de quien sabe que ver es perder, y nombrar es ya traicionar.
El
instante como revelación y suspensión
Todo ocurre en una delicada
tensión entre lo concreto y lo abstracto, ente la imagen y su desaparición. El
paisaje contemplativo, recóndito y sosegado, sirve de espejo a la interioridad
diluida del poeta. Hay un lirismo contenido, casi ascético, que rechaza el
exceso y la retórica, que se construye a partir de la atención radical al
instante. Son pequeñas epifanías de lo efímero, revelaciones mínimas de lo que
se insinúa en el intervalo de una ausencia. El vagar se convierte, de esta
forma, en un modo de resistencia al sentido cerrado, a la lógica de la
significación dominante.
El
tiempo, aquí, no es lineal ni narrativo: es una suspensión que brilla y
desaparece antes de ofrecerse al discurso. Una fijación vibrante de un tiempo
que emerge y se retrae: el espacio de una aparición. La contemplación y
meditación del decir en la mirada sosegada sobre el instante, la penumbra, y la
veneración.
Entre
el silencio y el vacío
Desde un punto de vista
filosófico, pájaros extraviados puede
ser leído como un ejercicio de fenomenología poética. La atención al fenómeno,
a lo que aparece, tal como aparece. Un resumen del significado que no se
presenta como una verdad, un dogma. El saber poético es un saber del margen,
del umbral, del intervalo. Es un saber que se sabe provisional, que no busca
dominar, sino comulgar. Como si la poesía fuera una forma de escuchar al mundo
y no un arte de la imposición de sentido. Se edifica en el silencio y en el
asombro. El lenguaje poético funciona como medio de acceso a la realidad. Un acceso
que no pretende dominar, clasificar o interpretar, sino solo acoger. El poeta
se presenta, de este modo, como alguien que escucha más que habla, que observa
más que juzga, y que se mantiene en estado de espera. Una espera sin
expectativa, una especie de vigilancia poética. Un arte pictórico del verso a
través de la reflexión en un impresionismo del paisaje interior.
La
naturaleza como reflejo de la alteridad
La naturaleza no es un escenario,
sino un organismo sensible. No existen jerarquías entre lo humano y lo no
humano. Antes hay simbiosis casi mística. Se advierte aquí una ética de la
mirada: la contemplación como forma de respeto, el gesto poético como
hospitalidad hacia lo que es otro. Cada poema se presenta como un espacio de
acogimiento de la alteridad, no como objeto que ha de ser capturado, sino como
presencia respetada en su transitoriedad. Hay una abertura del poema hacia la
multiplicidad de sentidos a través de los que la obra dialoga con una tradición
moderna y posmoderna de rechazo del discurso totalizante. No se escribe aquí
para afirmar verdades, sino para registrar apariciones. La aparición, por
naturaleza, no se prolonga: brilla y desaparece.
Deambular:
seres que vuelan sin destino
Pájaros
extraviados es también un tratado sobre la ausencia, enumera algunas
de las afinidades artísticas y poético-literarias de Cilleruelo. Cada poema
parece emerger de lo que no está. No se realizan aquí afirmaciones absolutas,
sino preguntas que se insinúan como susurros. El texto no se encierra en sí
mismo: se abre hacia el infinito de la lectura, hacia el abismo de lo no dicho.
Y el lector, al adentrarse en ese espacio extraño, necesita también
desprenderse de las armaduras de la comprensión lógica. El poeta casi no se
impone: observa, camina, percibe, espera, en una actitud ética fundada en la
hospitalidad del otro. Al mismo tiempo, el libro no abdica de la autoconciencia
literaria. Existe en sus versos una consciencia clara del gesto poético, de la
fragilidad del decir, de la imposibilidad de capturar el mundo. Esta dimensión
metapoética no es un mero juego estético, sino un modo de convertir el poema en
permeable a su propia quiebra. El poeta sabe que escribir es siempre perder,
pero aun así escribe. Y quizá sea justamente en este reconocimiento del fracaso
esencial del lenguaje donde su poesía encuentra una forma de belleza profunda y
conmovedora, reinventándose a partir de esta escucha radical del mundo.
La
fragilidad del instante
Al fin, los Pájaros extraviados quizá sean los propios poemas: vuelos breves,
vagabundos, fragmentarios, que se pierden en el cielo del lenguaje, pero dejan
tras de sí un rastro de luz tenue: la belleza de lo que no se puede retener:
estamos ante un ejercicio de desaprendizaje del mundo, de aquello que se
escribe en un pliegue entre lo que aparece y lo que se pierde. Antes que un
poeta de imágenes, es un poeta de instantes. Un poeta de la ausencia presente. Un
cartógrafo del extravío, alguien que acoge el deambular como modo de ser.
En
suma, estamos ante una «lección de extravíos» y, en el fondo, tal vez se haya equivocado
el lector.
Prólogo a Pássaros
Extraviados, Officium Lectionis, Oporto, 2026
[Traducción de JAC]
