Inocencias


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Por las noches dejo la guitarra tumbada en el sofá. Y cuando apago las luces, de madrugada, después de haber ensayado durante horas complicados arpegios, sé que la arropa el silencio que a mí me cierra los ojos. Mis amigos se ríen de mí cuando me ven conversar con ella. Dicen, ingenuos, que hablo solo. No hay día en el que entre en el sueño sin haber escuchado cómo sus cuerdas, rozadas quizá por una corriente de la casa, trazan algunas notas al azar. Aquellas desde las que, a la mañana siguiente, parto en la canción que empiezo a escribir.

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Inicio una partida de ajedrez contra mí mismo. El farol de la calle dibuja un bulto sobre la silla vacía donde ubico a mi contrincante. Las ranas cantan en la alberca. La noche todavía no ha acabado de poseerlo todo. Es el tiempo de regresar a casa. Algunas veces a esta hora cerraba las cortinas que ahora permanecen abiertas. Muevo las piezas con fidelidad académica, sigo las pautas de la salida que practico. Me defiendo, desde el lado opuesto, junto a la ventana, como si desconociera mi propia estrategia. Mientras se suceden los movimientos, decido qué sombra deseo encarnar hoy.

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El saco de grano que cargo a mis espaldas, ¿qué pensará de mí? La azada con la que lo esparzo, ¿qué espera de la vida? El gato que sale corriendo tras el amago de perseguirlo, cuando se tumbe a dormir en su rincón, ¿qué sueño no considerará satisfecho? La pareja de golondrinas que alimenta sus polluelos sobre la puerta del granero, ¿qué previsión tiene para su viaje de regreso en otoño? Al pedrusco que sujeta la cobertura del pozo, ¿qué recuerdos le atormentan cuando cae la noche? Quizá cavile demasiado y, tal como hago yo, nada se preocupe de nada.

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Dora la mañana la punta más alta en la copa de los árboles. También acaricia las almenas de la torre al pasar ante el viejo monasterio. Los guijarros del camino bostezan cuando avanzo, aún somnolientos. No alcanza la luz a mi sombrero, aunque oscile con los vaivenes, ni a los troncos que acarreo montaña abajo. Son los últimos que cortaron ayer los leñadores, mientras se les echaba la noche encima. Al partir, todavía duermen. No son como los pájaros. Cuando regrese, ya habrá otra pila esperándome. El sol no se descompasa, ya baña por entero los árboles y los prados.

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Es como la picadura de un insecto, el tedio. El cuerpo se resume en el punto donde la hinchazón escuece y así el alma deja de mirar lo que no sea su propia enfermedad. He detenido mi paseo en esta plazuela simpática, donde unos niños juegan a pelota y tratan de marcar goles acertando en el hueco de los bancos de madera. Y, sin embargo, me veo a mí mismo contemplando una anodina azotea, sin otro propósito que la tarde acabe cuanto antes. Como una mordedura de serpiente en el camino. Deja de existir el campo, su belleza resulta indiferente.

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Nunca se ha sentado en el banquillo el otoño, acusado de ser cómplice del invierno. La tarde en la que cierro la ventana de la cabaña y ajusto sus remaches tras meses siempre abierta, lo pienso. Un juicio al tiempo de los vientos gélidos, de las iracundas tormentas, de los cielos avaros en luz. Lo emprendería, si lo que estoy contemplando en las macetas vacías y en los parterres cubiertos de hojas secas no me prometiera volver a disfrutar del aroma de las flores y del canto de los pájaros. Sin dejarme pensar que un día no los veré llegar.

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Calle arriba, tras salir del telar, a nuestra hora, regresamos al barrio las tres del brazo. Soltamos de golpe los improperios que no nos hemos atrevido a decirle en la cara a la encargada y entre una imprecación y otra nos morimos, las tres, de la risa. Nos conocemos desde mozas y no existe entre nosotras ningún secreto. Todo nos lo contamos. Cuando una tiene un compromiso familiar, le prestamos la ropa que necesite. Se diría que tenemos un único traje de gala repartido entre las tres, y que a las tres nos sirve. Y siempre callamos que éramos cuatro.