Diario — 1944

(.)

…al oírlos acercarse salen corriendo de los pisos sin que nadie les avise y suben a la azotea. Media docena de muchachos, a veces más. El cabello, trasquilado por algún familiar, revuelto; los ojos, con el mohín de centinela bien aprendido. Ya por el ruido de los motores discuten los modelos. «Son Mustang», oigo que uno afirma. «Quia —le contradice otro—, suenan a Curtiss». Siempre hay quien prefiere la melancolía: «Una vez vi pasar un Lockheed». También yo, quise decirles, pero entre las nubes se afilaba el destello de la visión que ya les cegaba, y todavía sigo impresionado

(:)

…no tiene timbre y tampoco lo necesita. Le basta con llevar los guardabarros sueltos para que el soniquete lo anuncie. Recorre el ciclista las calles de los pueblos, sin importarle que haya barro o piedras por los caminos. Si llueve, extiende un chubasquero. Si arrecia el viento, se pone gorro de lana y un abrigo de soldado al que ha arrancado las insignias. Se detiene cuando susurran su nombre, que nadie más oye. Explica cuanto sabe del frente —noticias, bombardeos, fallecidos— y devora allí mismo, antes de volver a subirse a la bicicleta, el mendrugo que le entregan a cambio…

(:.)

…en la mañana primaveral, clara, mientras los vencejos trazan incansables sus ejercicios geométricos, una columna apretada y oscura, radicalmente negra, asciende. Su pedestal son las llamas que, tras la explosión, arden con intensidades rojizas y moradas desde los depósitos de la gasolinera. Ya en el cielo, el siniestro cilindro parece alcanzar la techumbre que sustenta y se disuelve sobre el lugar en un artesonado sombrío de pestilente neblina. Los habitantes salen apresurados a los balcones, aún vestidos con las túnicas blancas de la noche, se asoman a las ventanas, despeinados, legañosos, hipnotizados por el caótico canto de las sirenas municipales…

(::)

…su estela es negra. Nube oscura a ras del empedrado. Había sido de chapa blanca. Ha perdido también la calandra, los embellecedores de la óptica, el parachoques y los tapacubos. Antes parece el cadáver de una furgoneta, pero ruge el motor calle arriba, ensucia la calle y cuando llega a la plaza, al frenar de golpe, derrapa sobre la arenilla y las hojas secas que nadie limpia. Un tipo con el pecho descubierto y pantalones de soldado abre la portezuela trasera y arrastra fuera un cuerpo con las manos atadas a la espalda. Y ronchas en el rostro. Otro prisionero…

(::.)

…el ruido de los motores que cuartea el cielo nocturno trae también el olor del humo de lo que todavía no arde. Las calles de la ciudad, un montón de troncos apilados cuya densa humareda ennegrece la oscuridad con su presagio. Cuando hasta las piedras ardan y el estruendo de las bombas que ya han dejado de caer sea entonces el que permanece insistente en los oídos. Ninguna sensación coincide con su tiempo. Es el miedo lo que distorsiona las percepciones. Y es también la memoria la que crepita en los incendios. Un fuego que celebra lo prohibido: haber sobrevivido…

(:::)

…nada existe tan incapaz de guardar secretos como una escalera con peldaños de madera. Ni el paso a paso más discreto logra la mudez. Siempre suena un crujido que delata. Un rumor de vigas que suspiran al sentir un peso en el lomo. Es lo que me alerta del tránsito de vecinos a medianoche. En zapatillas. Si fuera uno, lo hubiera dejado correr como amores desesperados. Pero, ¿tantos al mismo tiempo? Me atrevo a salir. En un rellano inferior advierto un reflejo tenue. Una puerta abierta. Y al fondo, en penumbra, una voz. Avanzo. Allí todos, alrededor de la radio…

(:::.)

…de madrugada llegan. El estertor de motores al apagarse hace temblar los cristales. Ni una voz. Las voces amanecen con el día. Cuatro empleados en camiseta de tirantes azul oscuro salen del remolque y empiezan a descargar bultos. Tras la ventana ante la plaza vacía no existe otro entretenimiento. En la arena trazan un círculo de estacas que clavan a golpe de mazo. Luego suenan alarmas y a prisa cubren con lonas los caballos de madera, el camión de bomberos, un descapotable y un tanque sin cañón. Los aviones llegan por el cielo y se van. Como hará el carrusel…