Modelo


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Quien levanta la vista para no ver el suelo cuando se ata el cordón del zapato no soy yo, aunque los signos que anudo en cada frase lo simulen. He de confesar, antes, que soy quien ha franqueado la puerta y, porque conoce los cielos, camina con los ojos fijos en las baldosas del corredor principal. En sus grietas y erosiones trata de descifrar vestigios del tiempo. Quien ha de volver a cruzar la doble puerta, en camino inverso, cuando haya concluido la visita. Pero en este momento soy quien con la mirada busca ensanchar lo que encierra un paréntesis.


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El graznido de las ocas navega río abajo ante la indiferencia de la superficie. El piar matutino de los vencejos provoca destellos en los cristales cuyo significado nadie parece comprender. El ladrido de los perros al caer la noche, cuando los árboles saltan a sus sombras. El croar de las ranas en las inmediaciones de la charca sobre la que transitan las nubes. El zumbido de las abejas ante el que las flores dejan traslucir embeleso. Todo lo que ha quedado fuera del cubículo de las palabras se expande sin su compromiso, que tampoco pueden suscribir manos, labios ni respiración.


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Líneas que cruzan otras líneas en hermético trazo perpendicular. Es la imagen de la escritura del tiempo, personaje ya adulto y con tendencia al desorden que así redacta sus designios en un cuaderno escolar. Se leen también en el diario de cuanto no quisiera tener que decir y me veo impelido a hacer en disposición tan paralela como lo son los días. Una frase bajo la anterior, encajadas en la horma de la página con el mismo martillo que usa el herrero para construir impedimentos. Las sombras rectas sobre el lomo de las palabras. Nada que escape a los trazados.


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Pertenecer al lugar al que no se pertenece no exime de nada, porque la «pertenencia» no es asunto que tenga que ver con la naturaleza, ni siquiera con la vida material. Es una idea que se entrega en el mismo envoltorio que aquello que puede ser descrito, en interesada confusión. Y como los productos pasados de fecha o sometidos a una temperatura inadecuada, cuando se abren han perdido forma y consistencia. No pertenecer al lugar al que cree uno que pertenece expide el aroma de la tristeza en cada mirada no reconocida. El pensamiento acaba por confundirse con sus miedos.

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En la Modelo, edificio de la antigua prisión de la ciudad cuyo cometido ha caducado y en su lugar alberga hoy un recorrido histórico que puede ser transitado, las rejas que se alzan en las bocas de cada una de sus seis galerías radiales, y que obviamente aislaban en su sector a los reclusos que se alojaban, en este momento imposibilitan el acceso de los visitantes a las zonas que no admiten visitas. Barrotes que impedían salir, ahora impiden entrar. Contrariado por la disposición, contemplo las galerías clausuradas desde el centro panóptico como carcelero que vigilara el vacío ahí prisionero.


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Hay algo obsceno en una cerradura exterior. No es su literalidad de cierre, que —por cierto— solo inspira satisfacción cuando se abre. Es la idea de que una persona deje encerrada a otra que a su vez carece de modo de salida. Lo obsceno parece el dominio sobre las vidas ajenas. Hay una institución creada para justificarlo que se denomina «justicia», pero sus designios son conceptuales y no alcanzan a las cerraduras que los concretan, aquellas que solo permiten abrir desde el mundo. Hay algo obsceno en una cerradura que no se puede subvertir: convierte los sueños en algo inverosímil.


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Nada queda en silencio cuando callan las puertas, los corredores, las ventanas, los enrejados. Nada permanece en quietud cuando se apagan las bombillas, los focos, las linternas, los días. Nada revierte en una nada, un utópico no oír, no ver, no alentar pesadillas. En el aire pesa el resuello de las respiraciones. Por el suelo se derrama el resplandor que cuela desde su altura el ventanuco. Se mantiene, un manantial que no conoce sequía, el caudal de movimiento más pernicioso, ese parloteo insolente y enloquecido del pensamiento. La noche se transforma en predicador que actúa al contrario de cuanto sermonea.


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Desde el enlucido en la pared, llena de torpezas. El vacío del hueco vacío que le corresponde. El óxido del camastro por cubrir. La suciedad del cristal en la ventana, que la luz reproduce sobre las baldosas del suelo. Desde la nada se construyen los días. Se sienta en el suelo por demostrarse sumido en el abatimiento. Cómo desentenderse de aquello que no ve cuando mira es un primer no saber. Hay otros. Si se acostumbrará a los rostros que intimidan por desconocidos. A las sombras que provoca la iluminación eléctrica. A la ausencia de discurso cuando busque hablar consigo.


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Donde no he estado nunca, no solo también me veo, sino que en ese encierro permanezco. Lo compruebo ante mi sombra, que salta en cuanto puede para impregnar, como suyos, los espacios que me son ajenos. Ni yéndome se va, la elástica y la sutil. Se desprende de las transparencias de mi memoria y por sí sola reconstruye quien hubiera sido de haberse cruzado por delante un día que no viví. Y me provoca con el disfrute de su abandono. Que desazón el no saber, dentro de un instante, si sigue siendo mío o ha regresado quien no quise ser.