Dietario de sensaciones 06




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Sobre el tronco caído en un claro del bosque, escondido tras un frondoso arbusto, soy tronco. Inmóvil, silencioso, casi invisible. Observo la llegada de los pájaros a comer el revuelto de grano que les he traído. Se acercan de dos en dos, de cuatro en cuatro. Otros, solitarios. Trazan círculos nerviosos alrededor del montoncito que he dejado en el nudo de un árbol. De repente, uno se atreve. Se acerca, con el pico sujeta un pedazo y sale volando. Contemplo extasiado la danza de herrerillos, petirrojos, mirlos… Tejen en el bosque una red de movimientos y sonidos que me atrapa.

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Las hojas. Dicharacheras, coquetas. Se visten de verde para los días luminosos. Bailan con cualquier ritmo que les ofrezca la orquesta del viento. Se multiplican. Durante las largas mañanas del verano se entretienen haciendo dibujos sobre el suelo. Siempre el mismo dibujo y a cada momento plasmado en un lugar diferente. Es su pequeño milagro anticientífico: logran que sea el sol quien vaya dando vueltas a su alrededor, como si fuera un admirador más. Como quien las estudia. Las acaricia y luego guarda una entre las páginas del libro que camina en el macuto. Las hojas. Con sus viejas canciones.

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Detrás de las palabras, de su combinación armónica de sílabas y de ideas, existe una partitura. Escrita, como todas, en un sobrio pentagrama. Cinco alambres tensos sobre un patio de baldosas de tierra cocida. Por las mañanas, la luz aprende ahí la lección de las paralelas. Y a veces alguien sujeta bocabajo piezas de ropa equilibristas que se balancean poco o mucho conforme el viento de la tarde sople o ruja. Cuando nadie usa las cinco líneas, una bandada de gorriones se detiene en los alambres. Uno aquí y otro allá. Componen una instantánea casual que se contempla en silencio.

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En su piano el amanecer interpreta, en una esquina del cuarto, una pieza solitaria que nadie escucha, atento cada cual a sus propios sueños. El anochecer, sin embargo, dirige una gran orquesta en un fastuoso teatro, decenas de músicos vestidos con uniformes de colores brillantes frente a una multitud dispuesta a lanzar sus bravo en cuanto el director cierre el puño, la música cese de repente y deje su eco prendido en las cortinas de terciopelo. El amanecer llega despacio, coloca la partitura en el atril y apenas se oyen las notas cuando empieza a salpicarlas. Mientras el público duerme.

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Las máquinas hablan para sentirse hablar. Son seres ensimismados. No lograron aprender música porque jamás han oído nada que no sea ellas conversando consigo mismas. Desconocen lo que es un lamento, una caricia, un silencio, aquello que necesita ser escuchado. De ahí que sean tan cargantes como las personas que las imitan, las que solo hablan para oírse. También máquinas. Lo que define una máquina, la incapacidad para detenerse a apreciar el canto de un pájaro, el batir de una ola sobre la arena, la sinfonía estival de los grillos. Quien no ha oído la pinaza crujir bajos sus pasos.

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Nunca se acaba de jugar. Un día, tan lejano como incomprensible, alguien les llamó para el baño, la cena, el sueño e interrumpieron plaza, columpios, pilla-pilla… con un extraño malhumor que hoy se llamaría desolación. El día que se quedó sin tiempo sigue ahí, en la memoria de lo olvidado; quiere continuar en la niña y en el niño que con cara seria tuvieron que abandonar el paraíso. Niña y niño que recuperan de repente la antigua sonrisa del rostro, la utopía del tiempo de juego infinito, cuando echando a correr una al otro grita A que no me pillas.

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Aquí y allá. Como manchas en el uniforme de un soldado descuidado crecen desperdigadas. Desprecian la firmeza y el valor de lo dorado, prefieren la textura suave de un pañuelo de seda. Se dejan mecer por la brisa y que la brisa gobierne sus rumbos. Allá y aquí, carecen de orden, de sentido, de dibujo. Viven entre los demás y no buscan afines para afirmarse consecuentes. Son casuales, esporádicas, leves, intermitentes, cariñosas. Desprecian el control del territorio, solo ponen acentos que endulzan su pronunciación. Los pintores paisajistas las aman. Dejan caer una gota roja en el lienzo, nace una amapola.

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Corren. Su único propósito es correr. Kilómetros y kilómetros en un campo de hierba al que algún labrador mira con la desconfianza del despilfarro. Van detrás de una pelota, que corre más que nadie porque siempre va por delante, aunque carezca de piernas. Hay unos cuantos que no paran, pero hay otros que están sentados. Aunque gritan más. Especialmente cuando la bola es cazada por una red gigante que hay a ambos lados del baldío. Lo observo a lo lejos. Sin excesiva atención. Es como un decorado navideño que sigue sobreviviendo en enero. Tanto movimiento reconozco que hipnotiza. Da sueño.

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Una infusión de destellos dorados. Diáfana. Humeante. El tintineo de una cucharilla. La noche interpreta la melodía del silencio en un piano cuyas teclas se encuentran dispersas por el interior de los cuerpos. Una gota de miel se diluye en el líquido con movimientos de buceador. Los objetos cuelgan ingrávidos en el aire justo en el instante en el que se detiene el tiempo para que un sorbo acaricie los labios y los conquiste la suavidad del sabor. Cuando vuelve la taza a la mesa regresan las cosas a los soportes que las sostienen y el pianista inicia una sonata.

70
La tarde se sienta en un banco del paseo cuando se ve a sí misma desvalida. «Me canso», se dice para justificar que no sigan llegando a todas partes sus dorados de orfebrería. Y cuando se ha sentado, la dama de la noche lo aprovecha para cubrir con su túnica la realidad. Lo hace subrepticiamente. Aún a la tarde le queda un ápice de fuerza y quiere levantarse. La sangre se le agolpa en la cabeza, con el esfuerzo, y el cielo se torna malva. Es cuando la tomo del brazo y la acompaño mientras se marcha despacio cielo adentro.