Diario — 2044

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…con mochilas escolares a la espalda y el uniforme desajustado del final de la jornada, en contra de su costumbre silenciosos, se escabullen camino de la plataforma de aires acondicionados en la cubierta del edificio. Nadie sabe cómo han conseguido la llave de la puerta que, a veces, por descuido dejan a su espalda entreabierta. Desde ahí, aún más cauto que ellos, me asomo a observarlos. Solo se sientan en círculo y se quitan la mascarilla. Ni siquiera hablan entre sí, pero se miran intensamente y con el dorso de la mano se acarician unos a otros las mejillas reveladas…

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…Por el carril de mono-conductores acumula insultos y agravios, también algún golpe. Tampoco los peatones le quieren ver por el suyo y si se asoma por la calzada de los vehículos, la policía lo detiene de inmediato. Por su vía le adelantan patinetes y ciclos electromagnéticos a velocidades que estremece ver cómo lo dejan atrás. Pero le gusta pedalear. Como en otras épocas olvidadas hacían los ciclistas. Los niños lo señalan con el dedo cuando lo ven pasar, las madres se carcajean con gesto de suficiencia y alguna abuela sonríe con nostalgia. Es un negacionista del progreso, dicen, un anacronismo…

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…Los aviones municipales descargan sobre los chalets de las afueras su enorme barriga, un azote de agua que derriba las palmeras encendidas y al caer de golpe convierte en géiseres las piscinas privadas. Nadie queda en los porches donde arden tumbonas y muebles de teca, ni en las neblinosas calles de las urbanizaciones. Hace horas que los habitantes han huido en lujosos coches, a veces, cuando solo había dos en casa, por separado: el hombre conduciendo el deportivo; la mujer, el 4x4. Los bomberos atraviesan los jardines con largas mangueras, sus pesadas botas hunden en la tierra las flores ahumadas…

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…Se sabe que el interior está ocupado porque de vez en cuando alguien, posiblemente un familiar o un conocido, se acerca con un embalaje hermético y lo abandona junto a la puerta. O porque el servicio de distribución aparece y desaparece. Pocas noticias más circulan sobre el asunto. Un sistema de radiación bloquea puerta y vanos. Tampoco sé con exactitud cómo y quién entra los paquetes que dejan en el exterior. No hay vigilancia ni informan a los vecinos. En general son pisos desocupados que una mañana aparecen sitiados y, se supone, con un prisionero que nadie ha visto llegar…

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…Se parece a la felicidad contemplada en un holograma. La luz risueña de los días dulces. Las sonrisas. Es lo que ve quien observa sin fijarse en nada más. El cuello erguido, el pecho inflado. Y cuando el fotógrafo dice «Buena», aunque apague el foco que entregaba suavidad a la escena, continúan las sonrisas. Unas frente a otras, aunque delante no haya nadie, pese a que los ojos se hayan marchitado antes de posar. Sonrisas. Lo que se mira cuando la vista no encuentra las manos. Crispadas, clavándose las uñas en los dedos, desgarrando, para que no asome, el miedo…

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…«No, no sé nada de conflictos bélicos. Ni quiero saberlo. No me diga nada. Prefiero no enterarme» —se me ocurre hacerle un comentario trivial a la vecina con la que coincido en el ascensor directo, por decir algo, y casi tengo que abandonar el cubículo por la ranura de climatización con su enfado—. «Ya tengo programado mi servicio de noticias para que me entregue solo las que sigo. No quiero saber nada de seres malvados, de crímenes abyectos ni de países descarriados. Prefiero ahorrármelo. Ya tengo suficiente con el parte diario de mascotas abandonadas. No se imagina qué desgracias»…

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…En la última feria que recuerdo solo paseaban entre las atracciones viejos cuyos achaques les impedían acceder a su niñez. Aun así, se empeñaban en pagar el ticket del carrusel para que girase unas cuantas vueltas, aunque fuera lleno de niños imaginarios, los que no hacían cola ante la taquilla ni frente al puesto —la cubeta llena de inmundicias— del algodón de azúcar. Tampoco lo conseguían porque nadie les aceptaba ya los billetes que se negaron a entregar en las oficinas bancarias. Los empleados dormitaban en los autos de choque y se comían a puñados las golosinas de la tómbola…