40
El día del estreno ni siquiera llovió. Una tarde apacible. Daba gusto ir paseando por el parque. Tránsito escaso, entonces aquello me pareció buen augurio; cielo estrellado. Las luces sobre las cuatro puertas abiertas componían mi nombre, y en el rótulo brillaba: Astro desterrado. «Qué buen título», me dijo el empresario un día que le saludé de pasada. «Augura éxito», remató y se dio la vuelta. Es posible que estuviera riéndose de mí. A la hora, un día con el teatro cerrado hay más personas sentadas en la escalinata. Los cuatro gatos que fueron aplaudieron, pero no hubo segunda función.
41
¿O es que crees tú que yo había soñado ser como soy ahora? Vivir dentro de este malhumor constante y darle vueltas a la cabeza por ver si descubro en mí algo que reconozca como mío, una viruta donde permanezca el ápice de un deseo. Ya lo ves. La vida es una película que te dedican donde cualquiera, siempre que no sea una misma, es la protagonista. Para mí se han inventado los personajes secundarios, los de un único trazo, los que se olvidan rápido, los que se desprecian pronto. ¿O crees que a tu edad me soñaba como soy?
42
Quienes levantaron este muro que ahora nos protege nadie sabe dónde están. No porque un día partieran hacia una colonia, sino sencillamente porque su época ya ha pasado. De quienes lo derribarán un día, porque no hay obra humana que se sostenga en pie con el paso de las edades, por más que lo inquiera, nadie pronuncia una respuesta satisfactoria. Cuando se lo pregunto a los sabios, responden que su sabiduría solo alcanza la realidad. Pero si en el presente no se funde lo que ha sido con lo que tendrá que ocurrir, ¿qué extraño grano en las nalgas es?
43
Quién sabe por dónde andará. Se le hacía tan pequeño su cuarto, este patio donde había aprendido a caminar, las puertas de la casa, la calle que conduce a la plaza y la torre desde donde el sonido de las campanas describe con exactitud el vacío de cada una de las horas que retrata. Basta emprender camino en dirección opuesta al mar para que el mundo empiece a hablar. Pero también a discutir y a pelearse. De eso nos hemos protegido siempre en la comunidad. Paz a cambio de quietud. A su avidez nada de lo nuestro, ay, le servía.
44
He levantado tantas veces la copa de vino en este lugar que solo con entrar el brazo se alza, aunque no sujete nada entre los dedos. Tantos vítores he lanzado por los éxitos que alcanzaban los amigos que no bebían, tantas alegrías fomentaban la alegría esencial del vino en mis días. Que un día tuve que dejarlo para que no me abandonara a mí la vida. Ahora entro en la taberna y me sirven agua. Los colegas continúan mereciendo enhorabuenas que ya no sé si celebro. Y cuando al rato me voy, las calles siguen igual de anodinas que yo.
45
Como se desprende el humo de la llama e impregna las paredes con su halo de gélida negrura, así queda mi alma después de que al amor haya ardido con la estridencia y la intensidad de su brillo. Era mi cuerpo, al conocerle, una pila de leña seca sobre la que se sentó, distraído, a fumarse el tiempo. Una simple chispa, aquellas palabras que me dijo en latón que confundí con oro, bastaron para que prendiera la hoguera. Hay en el centro del erotismo una llamarada que parece tan consistente como los pilares del templo. Pero está hecha de aire.
46
Todos los trenes parten hacia el norte. Mi ciudad es un tope de vía. Detrás de la estación se alzan los astilleros y se extiende la playa. Más allá, un pueblo de pescadores cuyos hijos regentan pequeños comercios. Cuando llega un libro a la biblioteca, más perdido que orientado, y al abrirlo leo Londres o París o Chicago, no sé qué imaginar. Cierro los ojos y veo cruzar el Vaporcito por la bahía. No meto gran cosa en la maleta, para no arrastrar peso. Cuando creo que el tren no va a llegar nunca al andén, silba a lo lejos.
47
En ocasiones el viento arranca un pétalo a la flor más débil de la rama, y mientras el resto permanece en la corola, sujeto al círculo primordial, la ráfaga de repente lo eleva por encima de la planta y lo empuja para que recorra velozmente el espacio que dejan los frutales entre sí, y salte después sin ningún esfuerzo la empalizada del huerto y se aleje por senderos y campos aledaños que nunca había visto, hasta que la ventolera disminuye y el pétalo invierte su dirección y el aire lo deja caer, despacio, en dirección a las aguas del río.
48
Traqueteo con el bastón sobre los tablones y hasta los peces, por debajo, se asustan. También los pájaros que se esconden entre los árboles de la alameda, en la otra orilla, echan a volar por centenas cuando me oyen llegar. En casa me advierten que no cruce el puente, que no tengo edad, y a mí me repampinfla lo que me digan. La edad está en la cabeza, no en las piernas. Y ahora tengo tres puntos de apoyo, ¿de qué se quejan? He visto el río bajar con el cauce lamiendo las viguetas, ¿no voy a atravesarlo casi seco?
49
Pintora de nocturnos, la laguna refleja con exactitud el cielo en los días benignos del verano. Los montañeros se acercan hasta la orilla, pasean y desde aquí oigo cómo crujen los guijarros que van pisando. De vez en cuando alguno fuma y entre sus sombras con la mirada sigo un punto incandescente. Como una estrella que se hubiera escapado del lienzo. A veces me preguntan por parientes o amigos que han pernoctado en el refugio y siempre les digo que les pregunten a ellos por mí, que será más fácil. Se ríen y dan media vuelta para encarar el sendero.
50
No hay noches más hermosas que las de Vélez. Desde la costa llega la brisa salobre y desde la sierra desciende la fragancia de los sueños. Cuando mis dedos aprietan el lápiz y empiezan a garabatear palabras, siempre tengo doce años. Acabo de romper el celofán que envolvía el mundo y lo real brilla como un juguete nuevo. Como el agua de una fuente que brota en mitad de la montaña. Como la luz del verano cuando se tiende en el patio por las tardes a dormitar, un perro a los pies del limonero. Aunque esté lejos. Aunque sienta tristezas.
51
Ofrezco mi melena para que se pose sobre su ligereza, como si fuera yo una flor recién abierta, la mariposa. Me he quitado el alfiler que sujeta mis rizos, por si la asusta. Me quedaré quieta, como un rododendro a la sombra de una pared. La crencha que me peina será su alameda. Me miraré al espejo y dejaré que los colores del día me pinten con alegría en el gesto y una suave nota de luz en mi cabeza. El día que deje de sentirme naturaleza seré como mis padres, un armario viejo que solo atrae a las polillas.
52
La primera vez que oí el leve estrépito de un objeto metálico chocando contra las baldosas me alarmé. Pronto supe identificarlo. Es el dedal que usaba si cosía. Cada noche lo deja caer en cuanto sitúo mi sombra en el interior de la reja que custodia su ventana. Su saludo y el mío. A partir de él, aprendo a distinguir el crujido de los patrones, el rumor de las telas al desplegarse, el chasquido de las tijeras, el silbido al rasgarlas, el susurro de la aguja en el pespunte. Me habla cada uno de los sonidos que conforman su silencio.
53
La primera vez se me cayó al suelo. Salió del dedo disparado cuando, nerviosa, me di cuenta de que era él quien se había detenido al pie de la ventana. Le reconocí por su sombra, que no tuvo problemas para colarse entre los barrotes y posarse en el alféizar. Al oír el ruido, se quedó tenso, y luego se relajó. Ahora cada vez que aparece, mi dedal rueda por las baldosas y a veces hasta me pincho, porque sigo cosiendo, pero atenta solo a los sinuosos movimientos que percibo al otro lado y sé que me cuentan silencios que comprendo.













