Reflejos

1

Tras el zumbido del reloj, breves movimientos en la cama, rumor de sábanas al acoger conciencias que despiertan. La persiana vibra con el impulso del viento al amanecer. Bisbiseo entre voces que se hablan muy cerca. Murmullo de zapatillas donde viajan cuerpos. El grifo, que dirige la orquesta del agua, da leves toques de batuta sobre el atril. Suena el entusiasta aplauso del café cuando empieza a hervir. El cazo con leche se sienta sobre los dedos del fogón. La ropa se despliega para adaptarse a los cuerpos la mar de contenta. Cerrada, una puerta se va a quedar sola.

2

Una fogata que alimentan ramas de un árbol caído en mitad del bosque. Ante las llamas, las manos extendidas recogen su calor. La luz se advierte concentrada solo en desvelar la verdad de los ojos que miran. La certeza se asienta en el crepitar de lo que arde. Sendas mantas cubren las espaldas de quienes la rodean. El invierno no transige. El olor de la pieza de carne que están asando se esparce por el claro y se pierde en la oscuridad. La noche es un río detenido. El destino, un dado que aún sigue dando vueltas en el aire.

3

La tipografía iluminada del bar nocturno esparce pigmentos rojizos sobre la melena de quienes, en pie sobre la acera, charlan. Azules difuminados en la ropa que ha extraviado los colores, algún amarillo que dibuja brillos desparejados en lo oscuro. De repente, la magia cromática desaparece. El dueño, a continuación, impulsa la persiana con un estruendo que zanja la conversación, y con un crujido seco cierra el candado. La noche se espesa sobre los bultos que permanecen donde estaban, ahora en la condición de sombras. Solo de vez en cuando, si los faros de un automóvil los encaran, cobran momentánea realidad.

4

La hiedra que asciende por la tapia como un vestido de invierno asiste desinteresada a la charla del encuentro casual. Está acostumbrada a los sonidos. Hay pájaros que se emboscan entre sus ramas al atardecer, antes de acabar sus cánticos. Menos costumbre tiene del humo del cigarrillo que uno de los dos bultos ha encendido. Lo ha extraído del paquete, que ofrece compartir. La otra persona lo rechaza con un movimiento de cabeza. La llama del mechero, un corazón diminuto, ha brillado lo justo. Alzan los brazos al conversar. Solo la enredadera de las flores blancas sabe de qué hablan.

5

Por debajo de la gabardina, abotonada, una cenefa de la bata de andar por casa y la caña de algodón aterciopelado del pijama. Confía en no cruzarse con nadie, pero siempre hay alguien que al pasar baja los ojos y sonríe por dentro al descubrir la bola de plumas sobre el empeine de la zapatilla. En la negrura de la bolsa de basura, la luna. Es lo que ve desde la ventana del autobús la mujer que regresa del turno de tarde en la caja. La ha visto también en el cartelón de un anuncio y estampada en un escaparate.

6

En invierno, el turno de noche concluye antes que la oscuridad. En el momento de salida de los operarios, a la puerta de la fábrica acuden las luciérnagas que ya se han extinguido en los bosques. Diminutas bolas de fuego que aumentan su incandescencia a cierta altura y luego, al descender, se debilitan. Con un paso más apresurado llegan los empleados del primer turno. Apenas bultos que se apresuran ante quienes continúan fumando, sin prisa por regresar. Un cruce de trenes en una estación, mientras aguarda el más lento en el andén secundario, el rápido circula en persecución del destino.

7

Los constructores de piscinas suelen sentarse a media mañana en el borde, con el papel de estraza que envuelve el bocadillo en las manos y las piernas al aire. Durante media hora. Al sol, si es en invierno. Dejen en un costado una cerveza, que van bebiendo de sorbo en sorbo. Lanzan después los envoltorios y botellines al saco donde se acumulan los escombros que extraen para crear el vacío que necesita una piscina para existir. Cuando los bañistas se sienten en el borde, sus piernas permanecerán sumergidas. Y tampoco podrán comer junto al agua porque las normas lo impiden.

8

Dibuja con negros. Matiza con grises. El blanco no rayado simula los movimientos. Le gustan las capas. Por los pliegues y, sobre todo, por la sensación de frío que transmite. Y también de inseguridad, pero fuera de la capa, en los lugares donde la mirada, pájaro que ha perdido el norte, trata de posarse sin conseguirlo. Resbala. Dos bultos, tres. Transitan por una angosta cañada. Fisuras blancas sobre la superficie cubierta a carboncillo evocan el reflejo, gélido, de la luna, en lo más alto. Con los dedos, impregnados de polvo, oscurece el contorno del dibujo. Con una chincheta lo cuelga.