Tercer libro de odas


(1)

Si me afeas que compre jarrones y muebles de segunda mano, qué me dirás cuando sepas que adquiero retratos antiguos, y no solo por el marco o la maestría del fotógrafo. Me cuesta horrores impregnar a los nuevos con el aura que me gusta apreciar en los objetos. Enseguida olvido en qué ciudad los he comprado, quién me hacía sonreír cuando llegaron a mi vida y eso los convierte en extraños. Los antiguos, incluso rostros de personas de otra época, exhalan recuerdos por todas partes, que me confortan sin que importe que no los conozca ni sepa a quién pertenecieron.

(2)

Después de pensarlo durante un tiempo he recapacitado y creo que no es un delirio, como lo consideraba, que uno mantenga animadas conversaciones con su sombra. Hablar con árboles, abrazarlos, sentir su energía parece actitud más sensata, pero sobrelleva una incomodidad esencial. Hay que desplazarse siempre a un lugar. Hablar con pájaros ofrece el inconveniente opuesto, echan a volar y se llevan lo que uno les ha contado a nunca se sabe dónde. Charlar con la propia sombra resulta algo arduo en verano, pero muy agradable en días invernales, y tiene una ventaja indiscutible, ninguna controversia acaba luego en separación.

(3)

He salido al escenario en una única ocasión que quiero recordar ahora. El teatro, lleno de butacas recubiertas de polvo. Unos amigos que me acompañaban se sentaron en las primeras filas, sin pensar en sus abrigos, para luego aplaudirme. Por los cristales rotos del edificio abandonado entraba la luz hasta las tablas, elegí un rayo de sol para situar los ojos como si me deslumbrara un foco. Y así, entre jirones de telón y maderas levantadas, representé ante el vacío un monólogo que había aprendido de niño en la escuela. Todo era tan real que solo pude considerarlo un debut.

(4)

De niño correteaba por la explanada, al otro lado de la estación, donde han construido los bloques. De aquel entonces sé lo que cuenta madre. Ninguna actividad me retenía cuando llegaba un tren. Corría, aunque jugara a pelota, y me enganchaba a los barrotes de la valla para verlo desde cerca. Poco tiempo después clausuraron la línea, que la maleza cubre casi al completo. Del pueblo se sale en autobús. Con frecuencia voy a la capital solo para subirme en un tren cualquiera y en la parada siguiente saltar al andén, como si llegara por primera vez a mi vida.

(5)

Cuando llega a la aldea, el otoño trae bien doblado dentro de un hatillo cuanto el vivalavirgen del verano abandona de cualquier manera el momento en el que dando un portazo se va con sus fiestas a otra parte. Un hilo de humo sobre los rastrojos. Una pirámide de balas de paja. Trenzas que cuelgan en las ventanas con frutos que se adensan. Rumor de reses en el establo. Ladridos de perro a lo lejos. Goteo de un grifo que no cierra. Se sienta junto a su cabaña y con paciencia troncha una a una la extensión de los días.

(6)

Al alcanzar la cima deslumbra contemplar el paisaje vuelto del revés, reflejado con fidelidad en el lago. Sé que también la luna se asoma a su espejo cada noche que consigue saltar la cerca de las nubes. Lo visita para sentirse segura de su belleza. Los arroyos jalean con alegría la escena. El viento añade oscilación de baile. Cuando me siento en una piedra, con la cantimplora en la mano, me admira que todo se revele ante mí como presencia. Y me apena que, por ser caminante, tenga que levantarme y continuar la senda que se adentra en el bosque.

(7)

Le desmelena el viento. Un mechón blanco se divierte dando saltas sobre la frente. No lo retira porque necesita las dos manos para sujetar la recia caña, que se dobla como un junco. La madera cruje con sus movimientos. Alguno de sus huesos hace coros. Si eso le asustara no hubiera salido de madrugada a pescar. El día en el que no se le enreda un remo entre los carrizos, las algas complican el avance de la barca por el río. El aire le hincha la camisa y el esfuerzo las venas. El pez conoce su edad y la reta.

Los mensajes callados


uno


Que lee, me dice, uñas. Tanto las que ha lavado el agua como aquellas que están de moda, decoradas con esmalte. No le creo. En absoluto. ¿Qué sentido tiene que la existencia escriba en un lugar que continuamente crece y cada poco se va cortando? Insiste para que abandone mi mano sobre las suyas. Como veo que por detrás se ríe de su propia ocurrencia, mientras trata de mantenerse serio, accedo. Susurra algo sobre unas «hermosas uñas» mientras aprovecho para leer las suyas, comidas a dentelladas por un carácter, da la impresión, exaltado. Compruebo mi error. Nada permanece en silencio.

dos


No creo que lo peor que pueda ocurrir sea un día primaveral de niebla. Densa, temible, heladora. Recuerdo a padre maldiciendo al cielo glacial. Reniegos que me hacen dudar entre sentidos, ¿lo que hay detrás del aire impenetrable comprende los insultos? Teme por los brotes tiernos en los frutales, pero a mí solo me interesan las experiencias de vacío que aletargan la mirada. Empezó cuando era niño. Cansado de árboles y peñascos, en la escuela de repente veía cómo la niebla dibujaba cientos, miles de ventanas iluminadas en una noche de rascacielos neoyorkinos. Como en el cartel de una película.

tres


La gallina que ha saltado la empalizada se mueve, inquieta, hacia un lado y hacia otro. Trata de regresar al corral, pero no sabe cómo. Recorre con dudas el perímetro. Asciende luego por el talud lateral, rodea los árboles como buscando un consejo de su quietud. Cacarea de modo lastimoso, perdiendo la voz. Mira desconcertada el mundo al que sin darse cuenta y sin quererlo ha llegado. Escucha, a lo lejos, el esbozo de canto con el que el gallo transmite su presencia, y eso parece ponerla más nerviosa. Nunca se ha sentido tan sola y, de repente, tan incomprensible.

cuatro


Si tuviera que dibujarlo, como cuando se es niño y lo pensado se expresa con monigotes y rayas, retrataría un viejo escriba, sentado a una mesa de madera recia, frente a un cartapacio antiguo y con los dedos impregnados de tinta. Así mostraría la idea de tiempo. Su pasar es tan legible como la caligrafía. Nada transcurre sin un signo. Traza rugosidades y estrías sobre la piel de los cuerpos. Sombras en los objetos. Incluso hendiduras en las piedras. Nada escapa a su escritura física, constante, delatora. Enfrente se le opone un término imposible de leer. Impenetrable. Hueco. Lo eterno.

cinco


El sol dorado de la tarde, cuando consigue colarse entre los árboles de la plaza, vivifica las paredes de los edificios antiguos y les proporciona un efímero atractivo en el que, por otra parte, nadie repara. A mí me gusta alzar la mirada a esa hora por ver cómo los tristes desconchados y las griegas fugazmente bailan en una fiesta de etiqueta. Disfruto también si el sol besa los cristales de las ventanas y provoca destellos en el aire. A veces tropiezo con una persiana echada e imagino dentro los ojos del huésped recluido que se ha quedado sin paisaje.

seis


Era un campo en el páramo al que los vecinos llamaban desierto. Padre no quiso venderlo y cuando faltó nadie se avino a comprarlo. Ahí está. Nunca dio nada. Si chuto una piedra cualquiera con el pie, donde caiga se queda esperando a que regrese para encontrarla en el mismo lugar. Sea unos días, o unos años. A eso los habitantes de la zona se refieren como una ruina. Un suelo apelmazado que deja escapar el agua y lo manda hacia los regatos secos. Con el tiempo he encontrado sentido a su terquedad. El único espacio alrededor que cultiva silencio.

siete


Tras esta puerta cerrada hace décadas, un amasijo de residuos secos por zócalo y ciudad de telarañas sus cristales, sigue vendiendo colonias y peines una mujer menuda que adoraba lucir vestidos de colores chillones. El calificativo es de mi madre, porque solo recuerdo haberlos visto de lejos. Mi altura entonces no servía para remontar la del mostrador. Encarado a esa nada con paciencia aguardaba a que una mano rescatara la mía y me devolviera a la calle. Dentro, la viudita, como la llamaban, y mi madre no paraban de reírse y llamarse guapas. Y a mí, nadie me hacía caso.

Segundo libro de odas


(1)

No existe gallo que suba a un alto para anunciar el día, eso lo sé desde el principio. En su lugar hay quienes hacen oídos sordos a su despertador mientras atraviesa techos y paredes dispuesto a impedir el sueño a todos menos a su dueño. Tampoco sé por dónde se mueve la luna, porque mi ventana solo alberga una esquina de cielo donde nunca ocurre nada. Que me acostumbrara es lo que me decían. Al salir miro en dirección al castillo, pero no hay castillo, únicamente veo bloques y bloques. Ni una sola urraca vuela delante para llevarse las culpas.

(2)

Sé que un día dejaré de acudir al puerto los días en calma. No está lejos, cuatro travesías y una avenida. Aun en invierno, me gusta sentarme en un noray y que su humedad traspase la tela del pantalón y alcance la piel. En casa me lo recriminan, lo sé, pero con lo desagradable de la sensación regresa el tiempo en el que lo sentía dentro del barco, con el viento azotándome el rostro. Mientras pueda, he de venir cada mañana para ver zarpar las tripulaciones. Luego, en la taberna, almuerzo. En seco. Es lo que gano con la pérdida.

(3)

Lo cuentan las flores, incluso las que nacen en los taludes. Lo recuerda el cielo diáfano de las madrugadas. Los pájaros la proclaman sin acusar cansancio en sus esfuerzos. Y cuando salgo a recorrer algún camino, incluso balan con alegría las ovejas que descubren en una mata medio seca entre piedras un festín. Lo leo por todas, pero no se lo aprenden mis ojos tristes, mi sonrisa ausente. Hay en la pena una hondura que ahoga cualquier imagen. Quien se encarama en el brocal de un pozo tampoco consigue ver el agua. Y solo logra escucharla si lanza una piedra.

(4)

«Antes» decía con frecuencia hablara de lo que hablase. Mi palabra favorita, aunque si alguien me lo pregunta le diré que es «presente» mi elección. «Éramos», repetía. No porque me gustara ese verbo insípido, sino por la sílaba esdrújula. Suena bien. Tiene hondura. Diría incluso que posee dualidad. Lo pronuncio y casi en relieve surgen del aire dos cuerpos que caminan de la mano. Dos sonidos que se acompasan. Dos colores que combinan. Siempre he pensado que lo valioso es el «ahora». Aunque, por más que insista, no dejo de ver hojas secas arrastradas por el viento en la calzada.

(5)

A la hora en la que el panadero saca la última hornada de la noche, pensando ya en irse a casa, tan enharinado como la mañana de invierno, ya estoy en la puerta esperando junto al helor, con las orejas tiesas, la nariz colorada. Si llorase de frío, las lágrimas al instante se transformarían en perlas heladas sobre mis mejillas, como las de una virgen. Voy dando saltitos sobre las losas del zaguán mientras la dependienta coloca el pan en las repisas. ¿Hay algo mejor que abrazar una hogaza recién salida del horno? Regreso a casa un día de primavera.

(6)

Detrás de la casa que acabo de alquilar hay un huerto. El dueño anterior guardaba en un rincón cañas para las tomateras y una vieja mesa donde preparar semilleros. La tierra aún parece un niño recién peinado por su madre. Los vecinos me auguran exquisitos calabacines, como los que les regalaba quien ya no está. Me sacio con tan poco en las comidas que no sé qué haría con una producción tan extensa. He decidido que voy a plantar, en lugar de patatas y judías, crisantemos. Me alimenta más el color que las verduras. Más las ausencias que el presente.

(7)

Como asustado por un ruido al otro lado de la ventana, el arroyo se ha echado por los hombros una capa de neblina y así cubierto asoma por la puerta de la mañana. Al acercarme, le tranquilizo. No vengo a reclamar afrenta alguna, ni traigo exigencias en mi paseo. Parece que mis palabras lo tranquilizan y cuando su voz cantarina me alcanza, ya se ha disipado la nube que lo cubría. Me siento sobre una piedra, en la orilla, y contemplo su imaginación incansable en los reflejos que bailan sobre la superficie. Qué contento está de irse, permaneciendo aquí conmigo.

Miradas T2


21


Ay del día que nieve en Córdoba. Una nevada alpina, rotunda, glacial, inapelable. La aguardo desde hace siglos, como un devoto. Incluso me da igual la muchacha o el muchacho, su pericia o sus ganas de hacer reír, que quiera subirse sobre los hombros de otro, que lo alce, que sitúe sus brazos a la altura de esta ausencia que padezco. Tenga entonces la destreza que sepa, obre con esmero sobre el muñón de nieve fresca, moldee los ojos que tuve, la boca que supo decir lo que ahora solo pienso y la nariz de la que tantos se carcajearon.

22


No me voy. Tampoco tengo interés en despreciarte. No sé de quién eres súbdito, a quién rindes tributo. De ti no sé nada. Desconozco tus razones, los motivos para situarte donde te has colocado para hacerme hablar. No tengo por qué encaminarme a otro lugar. Este ha sido mi sitio durante mucho tiempo. Le tengo aprecio a esta plaza. Al frío que hace en invierno. A los gritos que se profieren en las madrugadas de julio. Es lo que ha quedado y estoy conforme con su nada. Ni se me ocurre emprender la conquista de otra memoria. A mi edad.

23


Estaba seguro de que algo mío quedaría en mi retrato. Ya lo había probado casi todo y en diversas combinaciones, desde las confesiones de un desmemoriado hasta los autorretratos de un desconocido. Es lo que caracteriza la literatura si no se la toma en serio. Permite ir pasando de juego en juego. Pero cuando uno se ha cansado de divertirse y se sienta en verano bajo el toldo de un bar a tomar un refresco, algo ha de permanecer a flote en la conciencia para no verse desaparecer como las burbujas de una bebida efervescente abandonada antes de ser consumida.

24


Que no soporte el silencio en la expresión de mi rostro deberías comprenderlo, igual que no te sorprende que pase por la calle alguien discutiendo sin nadie a su lado. O esos pesados que pierden el tiempo tarareando las melodías más infames. Utilizo este término a propósito, porque hay quien me lo aplica, sin saber nada de mí, sin siquiera preguntarse por qué razón ando gritando a todas horas con las intervenciones que le hago a mi piel y a mis órganos. Por qué me produce tanta repugnancia el vacío con el que me miran los asustadizos de gesto redundante.

25


Crece. Pero no como la tormenta sobre la cresta de la montaña alta. Tampoco como el arroyo cuando las aguas desbordan el cauce durante el aguacero. Crece con mayor lentitud. Un árbol que todavía es un retoño entre las piedras. Una flor aún por abrir, camuflada con las matas. Le veo crecer día a día como todo lo que emerge de la tierra, y me siento tierra, hondura cuyos secretos ni yo misma conozco. Me basta con verlo cada vez un poco más alto, las palabras algo mejor pronunciadas. La voz más suya. El silencio de arena húmeda, más mío.

26


Nada que no haya vivido. Es cuanto le digo a la pluma mientras su ombligo reposa en el tintero colmándose de palabras. Un ventanuco vierte una claridad delicada que se remansa sobre la hoja del pliego. Me aguarda su extensión vacía, lo sé porque al mirarla sueño con una escritura armoniosa, de mar en calma, diáfana para los ojos que han de leerla a través de su celosía, igual que en la mirada se conocen las intenciones que el habla silencia. Nada que no nazca de verdad, le repiten mis dedos al sujetar el cálamo con presión. Únicamente luz oscura.

27


Por el camino, abrupto, pedregoso, ni se me ocurre pensarlo. Tengo las piernas acostumbradas a las pendientes morales. Los brazos, diestros en el impulso del cuerpo. Avanzo rápido. Evito las conjeturas. Me basta con concentrarme en el ascenso. El repecho final lo asumo con entrega y no pierdo el paso del pastor que me guía, con extrañeza aún de que alguien quiera perderse en alturas inclementes sin ir tras una cabra extraviada. No miro hacia abajo ni presiento lo que he de ver, permanezco atento a la agreste senda. Solo cuando alcancemos la cima, abriré los ojos. Y el pensamiento.

28


Qué vómito de muertes asola Tebas. Ríos de sangre de una única sangre. El aire transparente de estos campos, el sol que hace reír al agua en cada aljibe, el trino desacompasado de tantos pájaros que resulta imposible memorizar sus nombres. Qué repugnancia de vísceras rodando por la arena. Y quien aún lo oye no puede verlo, huecas las cuencas de sus ojos. La ciudad serena, alboroto de carretas en días de mercado, gentío a las puertas del teatro. Cómo amaba el silencio cuando la guardia cierra las siete puertas y solo llegan noticias del cielo estrellado. Qué letal dilema.

29


El río no se detiene por nada. No es como nosotros, animales asustadizos ante algo que ocurre, tan incomprensible de repente. El río continúa su tránsito desentendido, hacia un lugar lejano que no hemos visto nunca. Tanto le da que nos bañemos dando gritos o que regresemos secos y aburridos a casa. Que haga sol o que llueva. Cómo me gustaría haber sido río aquella mañana de verano. Nos habíamos desvestido deprisa, ávidos por lanzarnos desde la piedra hacia el centro de la poza. Reíamos, cantábamos. Al río le daba igual. Tan indiferente como siguió después de que hubiera ocurrido.

30


No es mariposa, tampoco es murciélago, porque no vuela. Es vuelo en sí misma, fuente de un caño que rocía con múltiples sentidos. También se puede afirmar que es río por su fluir, sin ser de agua ni ser de piedra. En su ser de casi nada la densidad se la otorga la lejanía desde donde la alcanza lo que sea que anude en cada tramo con los dedos. Avanza con el silencio de un repique oído en las afueras. Por más vestida que parezca, es desnudez pura. Se manifiesta como instante del lugar y tiembla como casa del tiempo.

31


¿La realidad, dices? No me hagas reír. ¿Qué brazo tiene la realidad, qué espada sujeta, con qué agallas la maneja, qué furia le imprime su fuerza devastadora? Ah, la realidad, la realidad… Un simple artificio de las saturnales. Esperanza de los paniaguados. Comidilla de filósofos. He visto como los flojos de cintura se acogen a su nombre igual que sacerdotes del templo a la divinidad que les da de comer. No hay realidad que valga, solo existe la voluntad de la daga prendida al arnés. Cuando su filo roza el frágil cuello de quien impide que mi antojo se cumpla.

32


¿Callármelo, dices? Cómo voy a entregar al embozado y pérfido silencio lo que acaba de ocurrir en el presente de hoy, no en el presente de lo que nunca ocurre. ¿Es que imaginas siquiera por un instante que lo que una mujer vive y goza al vivirlo por ser una mujer merece ser sepultado sin piedad en el olvido de las catacumbas? Ya ves. Ni lo sueñes. He de proclamarlo en el foro, alzada sobre una tribuna, como emperador que recibe las legiones después de una victoria. ¿Es que no sabes quién soy? Pues escucha: ¡Soy Sulpicia y estoy enamorada!

El río


/1

La corriente ata un lazo en torno al pilar del puente al pasar. Argollas que los alpinistas abandonan en la pared del pico que escalan. El flotador que olvida en la arena el niño que ha aprendido a nadar. Pienso en los círculos que la memoria no retiene. El globo que se suelta de la mano para ver cómo se aleja hacia lo alto, arrastrado por la brisa. De repente me he puesto a buscarlo, allí donde podría haber caído. Entre la maleza de algún descampado o sobre la aspereza del asfalto en cualquier avenida de salida de la ciudad.

/2

Junto al estrépito de las aguas bajan desde las montañas, arrastrados por la corriente, también algunos silencios. Se acodan a mi lado en la baranda donde contemplo el río. Y sin que me dé cuenta, me han despeinado. Mentiría si digo que trato de escucharlos. Sé que me rondan, se adensan o diluyen, según, no soy capaz de establecer las reglas que cumplen. Quisiera que continuaran hacia el estuario y si entonces se remansan, con quedarme en el puente y dejar que la melodía me arrulle me bastaría. Bajan con lo que se pierde, pero no dudan, se quedan conmigo.

/3

Has perdido tu color, río, te digo desde lo alto del paseo sin esperar ninguna respuesta, y tal vez por esta certidumbre, continúo echándote en cara la opacidad con la que transitan tus aguas. Las veo tan distintas al cauce donde me bañaba de niño, en una pequeña playa, muy cerca de un terreno de ribera que pertenecía a mi abuelo. Solo nos daban miedo las pozas, recodos donde la corriente se remolinaba con violencia y era capaz de tragarse un árbol. Y sin esperarla, escucho tu respuesta en cuanto me descuido: Tu cabello, entonces, era mucho más oscuro, ¿no?

/4

La soledad de donde procedo un día me abandonó en el lecho de un arroyo seco. Fue una tarde antigua, lo recuerdo por el estilo de las columnas que sostenían las nubes en el cielo. Me había deslizado hasta lo profundo del cauce en busca de un sentido para lo que me proponía describir. Y al encontrarlo, allí agazapado entre unas piedras que tuve que remover, inmediatamente imaginé a cuántos podría interesar mi hallazgo. Con qué sonrisa de satisfacción aquella multitud recibiría mi descubrimiento. Salí del pozo y ya no la vi. Y no supe cómo proceder ante tanta compañía.

/5

—Hoy atraviesas un puente. 
—¿Por debajo o por encima? 
—Aquí el único que lo cruza por debajo soy yo, no trates de confundirme. 
—Has empezado tú. 
—Claro, no es mi aniversario. Vivo cruzando puentes constantemente. Pero este es solo para ti. 
—No me lo recuerdes. 
—Vaya, ¿y a dónde dices que va el camino al otro lado? 
—Al mismo sitio que tú. Al mar. 
—Te gustan las metáforas, ¿eh? 
—Esta es antigua. 
—¿Y qué? ¿Qué piensas? ¿Último puente? 
—Cuando se seque el cauce podré cruzarlo por debajo, como tú. 
—No fantasees. 
—Mientras tú fluyas, yo tranquilo, encima todo es puente.

/6

Desde aquí no hay vistas sobre los tejados de las casas, pero los imagino ondulados, como un muchachote recién peinado por su madre. Tampoco consigo ver las chimeneas que escriben en el efímero papel de la luz durante las tardes de invierno. De todo me hago una idea, sin embargo. Es mi manera de contemplar lo que no se me muestra. Miro los álamos alineados en la ribera y presiento en su quietud la torre de la iglesia y el mirador del palacio. En realidad, qué poco importa lo que vea o deje de ver, si el contarlo es desvariar.

/7

Tantas veces como he soñado convertirme en el pilar que sostiene el arco de medio punto por donde transcurre el puente, sobre todo en días de ventisca, ninguna me ha hermanado ni un ápice con la piedra. Mejor así, me consuelo, porque de ser pilar soñaría con transformarme en transeúnte y ver qué hay más allá, en la plaza, donde me han dicho que montan puestos de alimentos en días de mercado. Es algo que podría hacer ahora, sin que me costara demasiado. Cuantos cruzan el puente no van a otra parte. El único fiel a su sueño soy yo.

Primer libro de odas


(1)

Ah el tiempo en el que los cuerpos iban envueltos en túnicas que el viento alborotaba y las canciones expandían los secretos. Para ir al teatro bastaba con calzarse las sandalias y atar su lazo en lo alto de la pantorrilla. La escuela era un patio con un olivo y una fuente que administraba los silencios. Lo que valía la pena ser leído se enroscaba y era fácil transportarlo en una mano si la tarde era benigna. La playa era un lugar solitario donde al oscurecer, entre las dunas, la vegetación exhalaba suspiros. Una oda era el compendio del mundo.

(2)


Los nombres de aquellos que un día se marcharon solos al amanecer, con un hatillo al hombro y poca comida dentro, los seguimos recordando, pronunciándolos en cualquier conversación, hasta que empiezan a desgastarse, igual que ocurre con sus rostros, o se confunden con los de quienes habían partido antes y ya no conseguíamos distinguir unos de otros. Pero algo en la memoria los mantiene ahí, a pesar de los años, y si un día, en una calle, alguien se cruza con un mozalbete de ciudad y le mira a los ojos, sabe quién es el padre y cuándo se fue.

(3)


Pintor paisajista, el río se sienta en la silla de tijera de su cauce, la paleta en una mano y el pincel en la otra, a retratar cuanto permanece inmóvil a su alrededor. La arboleda, el puente de piedra, las nubes ociosas en los días de sol. Elige los colores en el repertorio de la primavera. Los unta con cuidado y al extenderlos sobre el lienzo jaspeado de su corriente le colma la búsqueda de plenitud. Hay quien piensa que es un espejismo, una forma de engañarse. Que siempre algo acaba por irse. O él o el día. Yo no.

(4)


Al pueblo solo de vez en cuando se acercaba algún automóvil. El autobús de línea y el camión de reparto venían a su hora el día que tocaba. Desde el mirador no costaba adivinar cada una de las visitas por la polvareda que levantaban en el camino de ascenso. La de los vehículos más veloces, aunque fueran más pequeños, era mayor que la de los grandes. La llegada de algún forastero despertaba la intriga de los vecinos y en el desconocimiento prendían las conjeturas. Las de los demás. Las mías se desataban cuando la arena permanecía intacta en el suelo.

(5)


De las tardes de aquellos sábados de bonanza en el espigón prefiero no acordarme. Nos sentábamos en las sillas plegables. Las olas se aproximaban a las rocas algo tímidas, pero con constancia. A veces me asustaba que rebotaran entre dos piedras y el sonido se alzara desde algún agujero como un eco que llegaba de lejos. La caña, erguida, permanecía impasible la mayor parte del tiempo, que daba la impresión de no existir. O al menos hasta el latigazo enloquecido del carrete. Que hubieran picado era el acontecimiento. Un resorte repentino nos sacudía. Chillaba. A eso lo llamábamos ser felices.

(6)


Ahora no negaré que durante toda mi adolescencia fantaseara, desde que una novia de mi hermano mayor me pusiera al día, con el lugar propicio donde aquello tan trascendente iba a acontecer. Aunque fueran muchas las posibilidades imaginadas entonces, y que ahora habré ya olvidado, lo cierto es que nunca me detuve a soñar que ocurriera donde pasó. Habíamos quedado los dos solos a una hora determinada en el parque, junto a la vieja muralla. Llegué antes y por bromear me escondí en un recoveco que forma el muro junto a la torre. Y allí apareció él, encantado de encontrarme.

(7)


Veo ponerse el sol, cuando no hay nubes, detrás de las montañas y aunque vaya atareada, como una niña pequeña me quedo pasmada contemplándolo. Una bola de fuego que se esconde para que no la encuentre. Un lingote de metal candente que se enfría igual que la sopa que no quería comer. Sin tener sentimientos religiosos, mirarlo así detenida en mitad de la calle, con esa profusión de reflejos y colores por el cielo, quizá sea una forma de rezar. Hace siglos que el sol no es un dios, pero pienso en mis padres fallecidos y continúa siendo una metáfora.

CITA


*

Cada maceta en el patio es una cita del jardín que no existe en la ciudad. Un breviario idéntico al que el viejo párroco tenía a mano para resolver cualquier disputa de fe. También la belleza ejerce su doctrina en las miradas y los campos silvestres, allí donde no los cultivan, su metafísica. Así, del gran poema épico solo permanece, con suerte, un par de versos en la memoria, que repiten quienes nunca los leyeron en el original. Cualquier flor o fruta evoca el vergel donde se sueña la vida, sin creérselo del todo, solo como quien entona una canción.

**

No hay peor error que el de confundir una cita con una historia. Ni se parece a un capítulo. Tampoco posee la arrogancia de un fragmento. Es un contenido que no implica nada. Sin compromiso el amor actúa como un rito sin creencia. Mejor practicarlo al modo de los hombres de mi familia, que nada más salir el cura, se deslizaban hacia la puerta de la iglesia y enseguida encendían un cigarrillo. Quizá de este modo se excusaban ante lo invisible. Es lo mismo que practican las palabras en una cita, salen a fumar cuando se les exige un significado.

***

Nada hay que tema más el extraño que una citación. Conoce la lengua que se habla, pero nunca consigue entender qué le dicen las frases que lee. Le recuerda los crípticos mensajes del evangelio, una cadena de parábolas que solo comprende el oficiante, aunque luego, al explicarlo en la homilía, tampoco aclare nada. Esta incertidumbre lo convierte, sin embargo, en más atento a cuanto ocurre a su alrededor y en más despierto ante las singularidades del lugar que dice que le acoge, no porque le acoja, sino porque no le queda más remedio que engañarse continuamente para evitar los requerimientos.

****

Qué difícil resulta destrenzar el silencio que emana de la pared y de los muros. Ni siquiera un furtivo dibujo consigue moldear un pensamiento diferente. Y, sin embargo, con qué sencillez se impone el lodo de la rutina y hasta parece que dé lo mismo un grito que una canción. La que cantábamos en el coro, de niños, los domingos. Repeinados, aromas de colonia a granel, corbatas con elástico, mano quieta sobre una mancha de helado en la chaqueta para que no lo viera el coadjutor que lo dirige. Qué oscuridad en medio del claro día que la mirada contempla.

*****

No hay pesetas que basten para sufragar una trova que alcanza el corazón y se aloja en la memoria junto al acto penitencial, el credo, el padrenuestro o la plegaria eucarística. Pero qué feo sería pagar por unos versos por sentirse poseedor de la belleza. Si algún día lograra escribirlos yo, con mi torpeza habitual para todo lo que se considere estudios, difícilmente existiría otra razón para hacerme tan feliz. En ocasiones, mientras arreglo con las manos un desajuste mecánico o engarzo las piezas de un engranaje, me quedo pensativo. Ah, si aquellos metales sueltos fueran palabras en una frase.